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COMIDA OFRECIDA POR EL SANTO PADRE A LOS POBRES
QUE LAS MISIONERAS DE LA CARIDAD
ASISTEN EN LAS COMUNIDADES ROMANAS
CON OCASIÓN DEL I CENTENARIO DEL NACIMIENTO
DE LA BEATA MADRE TERESA DE CALCUTA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Atrio de la Sala Pablo VI
Dom
ingo 26 de diciembre de 2010

 

Queridos amigos:

Me alegra estar hoy con vosotros y dirijo mi cordial saludo a la reverenda madre general de las Misioneras de la Caridad, a los sacerdotes, a las religiosas, a los hermanos contemplativos y a todos vosotros aquí presentes para vivir juntos este momento fraterno.

La luz del Nacimiento del Señor llena nuestro corazón de la alegría y la paz que anunciaron los ángeles a los pastores de Belén: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2, 14). El Niño que vemos en la cueva es Dios mismo que se ha hecho hombre para mostrarnos cuánto nos quiere, cuánto nos ama: Dios se ha hecho uno de nosotros, para acercarse a cada uno, para vencer el mal, para liberarnos del pecado, para darnos esperanza, para decirnos que nunca estamos solos. Siempre podemos acudir a él, sin miedo, llamándolo Padre, con la seguridad de que en todo momento, en toda situación de la vida, incluso en las más difíciles, él no nos olvida. Debemos decirnos con mayor frecuencia: Sí, Dios cuida de mí, me ama, Jesús ha nacido también para mí; siempre debo tener confianza en él.

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que la luz del Niño Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre ilumine nuestra vida para transformarla en luz, como vemos de modo especial en la vida de los santos. Pienso en el testimonio de la beata Teresa de Calcuta, un reflejo de la luz del amor de Dios. Celebrar el centenario de su nacimiento es motivo de gratitud y de reflexión para un renovado y gozoso compromiso al servicio del Señor y de los hermanos, especialmente de los más necesitados. El Señor mismo, como sabemos, quiso pasar necesidad. Queridas hermanas, queridos sacerdotes y hermanos, queridos amigos del personal, la caridad es la fuerza que cambia el mundo, porque Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 7-9). La beata Teresa de Calcuta vivió la caridad con todos sin distinción, pero con preferencia por los más pobres y abandonados: un signo luminoso de la paternidad y de la bondad de Dios. Supo reconocer en cada uno el rostro de Cristo, al que amaba con todo su ser: al Cristo que adoraba y recibía en la Eucaristía seguía encontrándolo por los caminos y las calles de la ciudad, convirtiéndose en «imagen» viva de Jesús que derrama sobre las heridas del hombre la gracia del amor misericordioso. La respuesta a quien se pregunta por qué la madre Teresa se hizo tan famosa es sencilla: porque vivió de modo humilde y oculto, por amor y en el amor de Dios. Ella misma afirmaba que su premio más grande era amar a Jesús y servirlo en los pobres. Su figura pequeña, con las manos juntas o mientras acariciaba a un enfermo, un leproso, un moribundo, un niño, es el signo visible de una vida transformada por Dios. En la noche del dolor humano hizo brillar la luz del Amor divino y ayudó a muchos corazones a encontrar la paz que sólo Dios puede dar.

Demos gracias al Señor porque en la beata Teresa de Calcuta todos hemos visto cómo puede cambiar nuestra vida cuando se encuentra con Jesús; puede llegar a ser para los demás reflejo de la luz de Dios. A muchos hombres y mujeres, en situaciones de miseria y sufrimiento, ella les dio el consuelo y la certeza de que Dios no abandona nunca a nadie. Su misión sigue a través de aquellos que, aquí como en otras partes del mundo, viven su carisma de Misioneros y Misioneras de la Caridad. Es grande nuestra gratitud, queridas hermanas, queridos hermanos, por vuestra presencia humilde, discreta, oculta a los ojos de los hombres, pero extraordinaria y preciosa para el corazón de Dios. Al hombre, que a menudo busca felicidades ilusorias, vuestro testimonio de vida le muestra dónde se encuentra la verdadera alegría: en compartir, en dar, en amar con la misma gratuidad de Dios que rompe la lógica del egoísmo humano.

Queridos amigos, sabed que el Papa os ama, os lleva en su corazón, os estrecha en un abrazo paterno y reza por vosotros. ¡Muchas felicidades! Gracias por haber querido compartir la alegría de estos días de fiesta. Invoco la protección materna de la Sagrada Familia de Nazaret, que hoy celebramos —Jesús, María y José—, y os bendigo a todos vosotros y a vuestros seres queridos.

 

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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