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CONCLUSIÓN DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE LA CURIA ROMANA

PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Capilla "Redemptoris Mater"
Sábado 27 de febrero de 2010

 

Queridos hermanos;
querido don Enrico: 

En nombre de todos los aquí presentes quiero darle las gracias de todo corazón a usted, don Enrico, por estos ejercicios, por el modo apasionado y muy personal con el que nos ha guiado en el camino hacia Cristo, en el camino de renovación de nuestro sacerdocio.

Usted escogió como punto de partida, como trasfondo siempre presente, como punto de llegada —lo hemos visto ahora— la oración de Salomón por "un corazón que escucha". En realidad me parece que aquí se resume toda la visión cristiana del hombre. El hombre no es perfecto en sí mismo; el hombre necesita la relación; es un ser en relación. Su cogito no puede cogitare toda la realidad. Necesita la escucha, la escucha del otro, sobre todo del Otro con mayúscula, de Dios. Sólo así se conoce a sí mismo, sólo así llega a ser él mismo.

Desde mi lugar, aquí, siempre he visto a la Madre del Redentor, la Sedes Sapientiae, el trono vivo de la sabiduría, con la Sabiduría encarnada en su seno. Y como hemos visto, san Lucas presenta a María precisamente como mujer de corazón a la escucha, que está inmersa en la Palabra de Dios, que escucha la Palabra, la medita (synballen), la compone y la conserva, la custodia en su corazón. Los Padres de la Iglesia dicen que en el momento de la concepción del Verbo eterno en el seno de la Virgen el Espíritu Santo entró en María a través del oído. En la escucha concibió la Palabra eterna, dio su carne a esta Palabra. Y así nos dice lo que es tener un corazón a la escucha.

Aquí María está rodeada de los padres y las madres de la Iglesia, de la comunión de los santos. Y así vemos y hemos entendido precisamente en estos días que en el yo aislado no podemos escuchar realmente la Palabra:  sólo en el nosotros de la Iglesia, en el nosotros de la comunión de los santos.

Y usted, querido don Enrico, nos ha mostrado, ha dado voz a cinco figuras ejemplares del sacerdocio, comenzando por san Ignacio de Antioquía hasta el querido y venerable Papa Juan Pablo II. Así realmente hemos percibido de nuevo lo que quiere decir ser sacerdote, convertirse cada vez más en sacerdotes.

También ha destacado usted que la consagración se orienta a la misión, está destinada a convertirse en misión. En estos días, con la ayuda de Dios, hemos profundizado en nuestra consagración. Así queremos afrontar ahora con nuevo valor nuestra misión. Que el Señor nos ayude. Gracias don Enrico por su ayuda.

 

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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