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CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL

VIGILIA CON OCASIÓN
DEL ENCUENTRO INTERNACIONAL DE SACERDOTES

DIÁLOGO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON LOS SACERDOTES

Plaza de San Pedro
Jueves 10 de junio de 2010

Imágenes de la celebración

 

América

Pregunta: Santo Padre, soy José Eduardo Oliveira Silva y vengo de América, en concreto de Brasil. La mayoría de los aquí presentes estamos comprometidos en la pastoral directa, en la parroquia, y no sólo con una comunidad, pues a veces somos párrocos de varias parroquias, o de comunidades particularmente extensas. Con toda la buena voluntad, tratamos de proveer a las necesidades de una sociedad muy cambiada, que ya no es completamente cristiana, pero nos damos cuenta de que no basta con «hacer». ¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?

Respuesta: Queridos amigos, ante todo quiero expresar mi gran alegría porque se han reunido aquí sacerdotes de todas partes del mundo, en el gozo de nuestra vocación y en la disponibilidad a servir al Señor con todas nuestras fuerzas, en nuestro tiempo. Respecto a la pregunta: soy perfectamente consciente de que hoy en día es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de cristiandad antigua; son cada vez más extensas las parroquias, las unidades pastorales... Es imposible conocer a todos, es imposible cumplir todas las tareas que uno se esperaría de un párroco. Y así, realmente, nos preguntamos a dónde ir, como usted ha dicho. Pero ante todo quiero decir: sé que hay muchos párrocos en el mundo que realmente dedican todas sus energías a la evangelización, a la presencia del Señor y de sus sacramentos, y a estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados de Cristo, quiero decir un gran «gracias» en este momento. He dicho que no es posible hacer todo lo que se desea, todo lo que quizá habría que hacer, porque nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada. Yo pienso que lo más importante es que los fieles puedan ver que este sacerdote no desempeña sólo un «oficio», haciendo horas de trabajo, y luego está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado de Cristo, que lleva dentro el fuego del amor de Cristo. Si los fieles ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no puede hacer todo, aceptan sus limitaciones y ayudan al párroco. Me parece que este es el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente una persona llamada por el Señor; está lleno de amor por el Señor y por los suyos. Si es así, se entiende y se puede ver también la imposibilidad de hacerlo todo. Por tanto, la primera condición es estar llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser. Luego hay que escoger, tener prioridades, ver lo que es posible y lo que es imposible. Diría que las tres prioridades fundamentales las conocemos: son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo la dominical, en la medida de lo posible, para todos, y celebrarla de modo que sea realmente el acto visible de amor del Señor por nosotros. Después, el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: del diálogo personal hasta la homilía. El tercer punto es la «caritas», el amor de Cristo: estar presentes para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados; hacer realmente presente el amor del Buen Pastor. Y luego, otra prioridad muy importante es la relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se entregó totalmente, y que nos dice a todos los sacerdotes: «No descuides tu propia alma: si descuidas tu propia alma, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por lo tanto, también para ti mismo, para tu alma, debes tener tiempo», o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, es condición para nuestro trabajo por los demás. Y la oración no es algo marginal: precisamente rezar es «oficio» del sacerdote, también como representante de la gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo para rezar. La oración personal, sobre todo el rezo de la liturgia de las Horas, es alimento fundamental para nuestra alma, para toda nuestra acción. Y, por último, reconocer nuestras limitaciones, abrirnos también a esta humildad. Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos están «estresados», quieren hacerlo todo, y el Señor les dice: «Venid también vosotros aparte, para descansar un poco» (cf. Mc 6, 31). También esto es trabajo —diría— pastoral: encontrar y tener la humildad, la valentía de descansar. Por lo tanto, pienso que el celo por el Señor, el amor al Señor, nos muestra las prioridades, las opciones; nos ayuda a encontrar el camino. El Señor nos ayudará. ¡Gracias a todos vosotros!

África

P.: Santidad, soy Mathias Agnero y vengo de África, en concreto de Costa de Marfil. Usted es un Papa teólogo, mientras que nosotros, cuando lo logramos, apenas leemos algún que otro libro de teología para la formación. Sin embargo, nos parece que se ha creado una fractura entre teología y doctrina y, aún más, entre teología y espiritualidad. Se siente la necesidad de que el estudio no sea totalmente académico sino que alimente nuestra espiritualidad. Sentimos esta necesidad de modo especial en el ministerio pastoral. A veces la teo-logía no parece tener a Dios en el centro y a Jesucristo como primer «lugar teológico», sino que parece seguir más bien los gustos y las tendencias generalizadas; y la consecuencia es la proliferación de opiniones subjetivas que permiten que se introduzca, también en la Iglesia, un pensamiento no católico. ¿Cómo evitar desorientarnos en nuestra vida y en nuestro ministerio, cuando es el mundo el que juzga la fe y no viceversa? ¡Nos sentimos «descentrados»!

R.: Gracias. Usted toca un problema muy difícil y doloroso. Existe realmente una teología que quiere ser sobre todo académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado. San Buenaventura en su tiempo ya distinguió entre dos formas de teología; dijo: «Existe una teología que viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominarlo todo, hacer que Dios pase de sujeto a objeto que nosotros estudiamos, mientras que debería ser sujeto que nos habla y nos guía». Existe realmente este abuso de la teología, que es arrogancia de la razón y no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo. Por otra parte, existe una teología que quiere conocer más por amor al amado; estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo. En realidad, las tentaciones hoy son grandes; sobre todo, se impone la llamada «visión moderna del mundo» (Bultmann, «modernes Weltbild»), que se convierte en el criterio de lo que sería posible o imposible. Y así, precisamente con este criterio de que todo es como siempre, de que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo, se excluye la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe. ¿Qué hacer? Yo diría primero de todo a los teólogos: sed valientes. Y quiero dar sinceramente las gracias a los numerosos teólogos que hacen un buen trabajo. Existen los abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo existen numerosos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se alimentan de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar a fin de que la fe esté presente en nuestro tiempo. A estos teólogos quiero decir un gran «gracias». Y diría a los teólogos en general: «¡No tengáis miedo de este fantasma de la cientificidad!». Yo sigo la teología desde 1946; comencé a estudiar teología en enero de 1946 y, por consiguiente, he visto casi tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y más tarde en los años sesenta y ochenta eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, han quedado anticuadas y ya no valen. Muchas de ellas casi parecen ridículas. Por lo tanto, hay que tener la valentía de resistir a la aparente cientificidad, de no someterse a todas las hipótesis del momento, sino pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y nos abre el acceso a la verdad. Sobre todo, también, no pensar que la razón del positivismo, que excluye lo trascendente —lo considera inaccesible— es la razón verdadera. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente. Nosotros, los teólogos, debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener la valentía de ir, más allá del positivismo, a la cuestión de las raíces del ser. Esto me parece sumamente importante. Por consiguiente, hay que tener la valentía de la razón grande, amplia, tener la humildad de no someterse a todas las hipótesis del momento, vivir de la gran fe de la Iglesia de todos los tiempos. No existe una mayoría contra la mayoría de los santos: la verdadera mayoría son los santos en la Iglesia y debemos orientarnos hacia los santos. A los seminaristas y a los sacerdotes les digo lo mismo: pensad que la Sagrada Escritura no es un libro aislado, sino que vive en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y garantiza la presencia de la Palabra de Dios. El Señor nos ha dado la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente. Tengamos confianza en este Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa, que nos representa la presencia de la Palabra. Y luego, tengamos también confianza en la vida de la Iglesia y, sobre todo, debemos ser críticos. Ciertamente la formación teológica —esto lo quiero decir a los seminaristas— es muy importante. En nuestro tiempo debemos conocer bien la Sagrada Escritura, también contra los ataques de las sectas; debemos ser realmente amigos de la Palabra. Debemos conocer también las corrientes de nuestro tiempo para poder responder razonablemente, para poder dar —como dice san Pedro— «razón de nuestra fe». La formación es muy importante. Pero también debemos ser críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que hay que mirar también a los teólogos y las teologías. El Papa Juan Pablo II nos dio un criterio absolutamente seguro en el Catecismo de la Iglesia católica: aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver a dónde va una teología aceptable o no aceptable. Por tanto, recomiendo la lectura, el estudio de este texto, y así podemos avanzar con una teología crítica en el sentido positivo, es decir, crítica contra las tendencias de moda y abierta a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo.

Europa

P.: Santo Padre, soy Karol Miklosko y vengo de Europa, en concreto de Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la santa misa me encuentro a mí mismo y entiendo que allí encuentro mi identidad, la raíz y la energía de mi ministerio. El sacrificio de la cruz me revela al Buen Pastor que da todo por su rebaño, por cada oveja, y cuando digo: «Este es mi Cuerpo ... Esta es mi Sangre» entregado y derramada en sacrificio por vosotros, comprendo la belleza del celibato y de la obediencia, que libremente prometí en el momento de la ordenación. Aunque con las dificultades naturales, mirando a Cristo, el celibato me parece obvio, pero me deja trastornado leer tantas críticas mundanas a este don. Le pido humildemente, Padre Santo, que nos ilumine sobre la profundidad y el sentido auténtico del celibato eclesiástico.

R.: Gracias por las dos partes de su pregunta. La primera muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda muestra todas las dificultades en las cuales nos encontramos en nuestro tiempo. Es importante la primera parte, es decir: el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración diaria de la santa Eucaristía; y aquí son centrales las palabras de la consagración: «Este es mi Cuerpo... Esta es mi Sangre»; es decir: hablamos in persona Christi. Cristo nos permite usar su «yo», hablamos en el «yo» de Cristo, Cristo nos «atrae a sí» y nos permite unirnos, nos une a su «yo». Y así, mediante esta acción, este hecho de que él nos «atrae» a sí mismo, de modo que nuestro «yo» queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su sacerdocio; así él es siempre realmente el único Sacerdote y, sin embargo, está muy presente en el mundo, porque nos «atrae» a sí mismo y así hace presente su misión sacerdotal. Esto significa que somos «incorporados» en el Dios de Cristo: esta unión con su «yo» es la que se realiza en las palabras de la consagración. También en el «yo te absuelvo» —porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados— es el «yo» de Cristo, de Dios, el único que puede absolver. Esta unificación de su «yo» con el nuestro implica que somos «incorporados» también en su realidad de resucitado, avanzamos hacia la vida plena de la resurrección, de la cual Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida «nueva», en la cual ya estamos más allá del matrimonio (cf. Mt 22, 23-32). Es importante que nos dejemos penetrar siempre por esta identificación del «yo» de Cristo con nosotros, por este ser «llevados» hacia el mundo de la resurrección. En este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendemos este tiempo y avanzamos, y así «atraemos» nuestra persona y nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la nueva y verdadera vida. Por tanto, el celibato es una anticipación que hace posible la gracia del Señor que nos «atrae» a sí hacia el mundo de la resurrección; nos invita siempre de nuevo a trascender nuestra persona, este presente, hacia el verdadero presente del futuro, que se convierte en presente hoy. Y este es un punto muy importante. Un gran problema de la cristiandad del mundo de hoy es que ya no se piensa en el futuro de Dios: parece que basta el presente de este mundo. Queremos tener sólo este mundo, vivir sólo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro significa precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que debemos vivir ya como presente. Por tanto, vivir testimoniando la fe: si creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida en Cristo, en la vida futura, afrontemos ahora las críticas mundanas de las cuales usted ha hablado. Es verdad que para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no cuenta, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. Y eso no debería ser así. En cierto sentido, esta crítica permanente contra el celibato puede sorprender, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse. Pero el no casarse es algo fundamentalmente muy distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir sólo para uno mismo, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de mantener la vida en una plena autonomía en todo momento, decidir en todo momento qué hacer, qué tomar de la vida; y, por tanto, un «no» al vínculo, un «no» a lo definitivo, un guardarse la vida sólo para sí mismos. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un «sí» definitivo, es un dejar que Dios nos tome de la mano, abandonarse en las manos del Señor, en su «yo», y, por tanto, es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este «no», de esta autonomía que no quiere crearse obligaciones, que no quiere aceptar un vínculo; es precisamente el «sí» definitivo que supone, confirma el «sí» definitivo del matrimonio. Y este matrimonio es la forma bíblica, la forma natural del ser hombre y mujer, fundamento de la gran cultura cristiana, de grandes culturas del mundo. Y, si desapareciera, quedaría destruida la raíz de nuestra cultura. Por esto, el celibato confirma el «sí» del matrimonio con su «sí» al mundo futuro, y así queremos avanzar y hacer presente este escándalo de una fe que basa toda la existencia en Dios. Sabemos que junto a este gran escándalo, que el mundo no quiere ver, existen también los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: «No viven realmente sobre el fundamento de Dios». Pero ¡hay tanta fidelidad! Precisamente las críticas muestran que el celibato es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo. Pidamos al Señor que nos libre de los escándalos secundarios, para que haga presente el gran escándalo de nuestra fe: la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Cristo Jesús.

Asia

P.: Santo Padre, soy Atsushi Yamashita y vengo de Asia, en concreto de Japón. El modelo sacerdotal que Su Santidad nos propuso en este Año, el cura de Ars, ve en el centro de la existencia y del ministerio la Eucaristía, la Penitencia sacramental y personal y el amor al culto, celebrado dignamente. Llevo en los ojos los signos de la austera pobreza de san Juan María Vianney y, a la vez, de su celo por las cosas preciosas para el culto. ¿Cómo vivir estas dimensiones fundamentales de nuestra existencia sacerdotal, sin caer en el clericalismo o alejarnos de la realidad, cosa que hoy el mundo no nos permite?

R.: Gracias. Su pregunta es: cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, extraños a la vida cotidiana de las demás personas. Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes de todos los siglos, también hoy; por eso, es muy importante encontrar el modo verdadero de vivir la Eucaristía, que no es estar cerrados al mundo, sino precisamente estar abiertos a las necesidades del mundo. Debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo, deja —como dice la carta a los Filipenses— su propia gloria, sale y desciende hasta ser uno de nosotros, y se rebaja hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2). La aventura del amor de Dios, que deja, se despoja de sí mismo para estar con nosotros, y esto se hace presente en la Eucaristía; el gran acto, la gran aventura del amor de Dios es la humildad de Dios que se entrega a nosotros. En este sentido hay que considerar la Eucaristía como el entrar en este camino de Dios. San Agustín dice en el libro X del De Civitate Dei: «Hoc est sacrificium christianorum: multi unum corpus in Christo», es decir: el sacrificio de los cristianos es estar unidos al amor de Cristo en la unidad del único cuerpo de Cristo. El sacrificio consiste precisamente en salir de nosotros mismos, en dejarnos atraer en la comunión del único pan, del único Cuerpo, y entrar de este modo en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de la liberación de mi «yo»: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, la Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. De este modo debemos entender la Eucaristía, que es precisamente lo contrario del clericalismo, del encerrarse en sí mismos. Pensemos también en la madre Teresa, verdaderamente el ejemplo grande en este siglo, en este tiempo, de un amor que se despoja de sí mismo, que abandona todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas cercanas a la muerte y se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados. Pero la madre Teresa, que nos dio este ejemplo, y la comunidad que sigue sus huellas, suponía siempre como primera condición de una fundación suya la presencia de un sagrario. Sin la presencia del amor de Dios que se da no habría sido posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden cumplir hoy este gran acto de amor, esta apertura a todos. En este sentido, diría: vivir la Eucaristía en su sentido originario, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda tentación de clericalismo.

Oceanía

P.: Santo Padre, soy Anthony Denton y vengo de Oceanía, de Australia. Esta noche aquí somos muchísimos sacerdotes. Pero sabemos que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varias partes del mundo, nos espera una disminución, incluso brusca. ¿Qué hacer que sea realmente eficaz para las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, lo que de grande y bello hay en ella, a un joven de nuestro tiempo?

R.: Gracias. Realmente usted toca de nuevo un problema grande y doloroso de nuestro tiempo: la falta de vocaciones, a causa de la cual hay Iglesias particulares que corren el peligro de secarse, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás sacramentos. ¿Qué hacer? Es grande la tentación de ocuparnos nosotros del asunto, de transformar el sacerdocio —el sacramento de Cristo, el ser elegido por él— en una tarea normal y corriente, en un «oficio» que tiene un horario, y por lo demás uno se pertenece sólo a sí mismo; convirtiéndolo así en una vocación como cualquier otra: haciéndolo accesible y fácil. Pero esta es una tentación que no resuelve el problema. Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos espera a Samuel para el necesario sacrificio a Dios. Y cuando Samuel, en el momento esperado, no llega, él mismo ofrece el sacrificio, aun sin ser sacerdote (cf. 1 S 13); piensa que así puede resolver el problema, que naturalmente no resuelve, porque se asume él la responsabilidad de lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente según el modo de Dios. Así, también nosotros, si desempeñáramos sólo una profesión como los demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que da sólo Dios, que puede venir solamente de su vocación y no de nuestro «hacer», no resolveríamos nada. Con más razón debemos —como nos invita el Señor— pedir a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios, para que nos dé vocaciones; pedir con gran insistencia, con gran determinación y también con gran convicción, porque Dios no se cierra a una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como Saúl, más tiempo del que nosotros habíamos previsto. Este me parece el primer punto: alentar a los fieles a tener esta humildad, esta confianza, esta valentía de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes. Además de este, creo que hay otros tres puntos. El primero: cada uno de nosotros debería hacer lo posible por vivir su propio sacerdocio de tal modo que resulte convincente, de tal manera que los jóvenes puedan decir: esta es una verdadera vocación, se puede vivir así, así se hace algo esencial por el mundo. Pienso que ninguno de nosotros se habría hecho sacerdote si no hubiera conocido sacerdotes convincentes en los cuales ardía el fuego del amor de Cristo. Por tanto, este es el primer punto: intentemos ser nosotros mismos sacerdotes convincentes. El segundo punto es que debemos invitar, como ya he dicho, a la iniciativa de la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con fuerza, con decisión. El tercer punto: tener la valentía de proponer a los los jóvenes la idea de que piensen si Dios los llama, porque con frecuencia una palabra humana es necesaria para abrir la escucha a la vocación divina; hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir. En el mundo de hoy casi parece excluido que madure una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que se muestre la belleza de la fe, en los que se vea que este es un modelo de vida, «el» modelo de vida y, por tanto, ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia —la comunidad en parroquia— u otros contextos donde realmente estén rodeados de fe, de amor a Dios, y así puedan estar abiertos a fin de que la vocación de Dios llegue y los ayude. Por lo demás, demos gracias al Señor por todos los seminaristas de nuestro tiempo, por los jóvenes sacerdotes, y recemos. El Señor nos ayudará. Gracias a todos.

 

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