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VISITA PASTORAL A TURÍN

 ENCUENTRO CON LOS ENFERMOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Iglesia de la Pequeña Casa de la Divina Providencia-Cottolengo
Domingo 2 de mayo de 2010

(Vídeo)

 

Señores cardenales;
queridos hermanos y hermanas:

Deseo expresaros a todos mi alegría y mi agradecimiento al Señor, que me ha traído hasta vosotros, a este lugar, donde de tantos modos y según un carisma particular se manifiestan la caridad y la Providencia del Padre celestial. Nuestro encuentro sintoniza muy bien con mi peregrinación a la Sábana Santa, en la que podemos leer todo el drama del sufrimiento, pero también, a la luz de la resurrección de Cristo, el pleno significado que asume para la redención del mundo. Agradezco a don Aldo Sarotto las significativas palabras que me ha dirigido: a través de él mi agradecimiento se extiende a quienes trabajan en este lugar, la Pequeña Casa de la Divina Providencia, como quiso llamarla san José Benito Cottolengo. Saludo con reconocimiento a las tres familias religiosas nacidas del corazón de Cottolengo y de la «creatividad» del Espíritu Santo. Gracias a todos vosotros, queridos enfermos, que sois el tesoro precioso de esta casa y de esta Obra.

Como quizá sabéis, durante la audiencia general del pasado miércoles, junto a la figura de san Leonardo Murialdo presenté también el carisma y la obra de vuestro fundador. Sí, él fue un verdadero paladín de la caridad, cuyas iniciativas, como árboles frondosos, están ante nuestros ojos y bajo la mirada del mundo. Releyendo los testimonios de la época, vemos que no fue fácil para Cottolengo comenzar su empresa. Las numerosas actividades de asistencia presentes en el territorio a favor de los más necesitados no bastaban para sanar la plaga de la pobreza que afligía la ciudad de Turín. San Cottolengo intentó dar una respuesta a esta situación, acogiendo a las personas con dificultades y privilegiando a quienes otros no acogían ni cuidaban. El primer núcleo de la Casa de la Divina Providencia no tuvo una vida fácil y no duró mucho tiempo. En 1832, en el barrio de Valdocco, vio la luz una nueva estructura, también con la ayuda de algunas familias religiosas.

San Cottolengo, aunque en su vida pasó por momentos dramáticos, mantuvo siempre una serena confianza frente a los acontecimientos; atento a captar los signos de la paternidad de Dios, reconoció en todas las situaciones su presencia y su misericordia y, en los pobres, la imagen más amable de su grandeza. Lo impulsaba una convicción profunda: «Los pobres son Jesús —decía—; no son una imagen suya. Son Jesús en persona y como tales hay que servirlos. Todos los pobres son nuestros dueños, pero estos que son tan repugnantes al ojo material son nuestros máximos dueños, son nuestras verdaderas perlas. Si no los tratamos bien, nos echan de la Pequeña Casa. Ellos son Jesús». San José Benito Cottolengo sintió el impulso de comprometerse por Dios y por el hombre, movido en lo profundo del corazón por la palabra del apóstol san Pablo: «La caridad de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). Quiso traducirla en entrega total al servicio de los más pequeños y olvidados. Principio fundamental de su obra fue, desde el inicio, el ejercicio de la caridad cristiana con todos, que le permitía reconocer en cada hombre, aunque estuviera al margen de la sociedad, una gran dignidad. Había comprendido que quien sufre y padece rechazo tiende a encerrarse, a aislarse y a manifestar desconfianza hacia la vida misma. Por eso, hacerse cargo de tantos sufrimientos humanos significaba, para nuestro santo, crear relaciones de cercanía afectiva, familiar y espontánea, dando vida a estructuras que pudieran favorecer esta cercanía, con el estilo de familia que sigue existiendo todavía hoy.

Para san José Benito Cottolengo recuperar la dignidad personal quería decir restablecer y valorar todo lo humano: las necesidades fundamentales psico-sociales, morales y espirituales, así como la rehabilitación de las funciones físicas y la búsqueda de un sentido para la vida, llevando a la persona a sentirse todavía parte viva de la comunidad eclesial y del tejido social. Estamos agradecidos a este gran apóstol de la caridad porque, visitando estos lugares, encontrando el sufrimiento diario en los rostros y en los miembros de tantos hermanos y hermanas nuestros acogidos aquí como en su casa, experimentamos el valor y el significado más profundo del sufrimiento y del dolor.

Queridos enfermos, vosotros realizáis una obra importante: viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo. Ofreciendo nuestro dolor a Dios por medio de Cristo, podemos colaborar en la victoria del bien sobre el mal, porque Dios hace fecundo nuestro ofrecimiento, nuestro acto de amor. Queridos hermanos y hermanas, todos los que estáis aquí, cada uno según lo que le corresponde: no os sintáis extraños al destino del mundo; más bien sentíos teselas preciosas de un hermosísimo mosaico que Dios, gran artista, va formando día tras día, también mediante nuestra contribución. Cristo, que murió en la cruz para salvarnos, se dejó clavar en aquel madero para que de ese signo de muerte floreciera la vida en todo su esplendor. Esta Casa es uno de los frutos maduros nacidos de la cruz y de la resurrección de Cristo, y manifiesta que el sufrimiento, el mal, la muerte no tienen la última palabra, porque de la muerte y del sufrimiento puede resurgir la vida. Lo ha testimoniado de modo ejemplar uno de vosotros, a quien quiero recordar: el venerable fray Luigi Bordino, estupenda figura de religioso enfermero.

Así pues, en este lugar comprendemos mejor que, si Cristo en su Pasión asumió la pasión del hombre, nada se perderá. El mensaje de esta solemne ostensión de la Sábana Santa: «Passio Christi, Passio hominis», se comprende aquí de modo particular. Pidamos al Señor crucificado y resucitado que ilumine nuestra peregrinación cotidiana con la luz de su Rostro; que ilumine nuestra vida, el presente y el futuro, el dolor y la alegría, las fatigas y las esperanzas de toda la humanidad. Invocando la intercesión de María Virgen y de san José Benito Cottolengo, os imparto de corazón a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, mi bendición: que os conforte y os consuele en las pruebas y os obtenga toda gracia que viene de Dios, autor y dador de todo don perfecto. Gracias.

 

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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