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VIAJE APOSTÓLICO
A PORTUGAL
EN EL 10° ANIVERSARIO DE LA BEATIFICACIÓN
DE JACINTA Y FRANCISCO, PASTORCILLOS DE FÁTIMA
(11-14 DE MAYO DE 2010)
CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS
CON SACERDOTES,
RELIGIOSOS, SEMINARISTAS Y DIÁCONOS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Iglesia de la Santísima Trinidad - Fátima
Miércoles 12 de mayo de 2010
Queridos hermanos y hermanas
“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer [...]
para que recibiéramos el ser hijos adoptivos” (Ga 4, 4.5). La plenitud de
los tiempos llegó, cuando el Eterno irrumpió en el tiempo: por obra y gracia del
Espíritu Santo, el Hijo del Altísimo fue concebido y se hizo hombre en el seno
de una mujer: la Virgen Madre, tipo y modelo excelso de la Iglesia creyente.
Ella no deja de generar nuevos hijos en el Hijo, que el Padre ha querido como
primogénito de muchos hermanos. Cada uno de nosotros está llamado a ser, con
María y como María, un signo humilde y sencillo de la Iglesia que continuamente se ofrece como esposa en las manos de su Señor.
A todos vosotros, que habéis entregado vuestras vidas a Cristo, deseo expresaros
esta tarde el aprecio y el reconocimiento de la Iglesia. Gracias por vuestro testimonio a menudo silencioso y para nada fácil; gracias por
vuestra fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. En Jesús presente en la Eucaristía, abrazo a mis hermanos en el sacerdocio y el diaconado, a las consagradas y
consagrados, a los seminaristas y a los miembros de los movimientos y de las
nuevas comunidades eclesiales aquí presentes. Que el Señor recompense, como sólo
Él sabe y puede hacerlo, a todos los que han hecho posible que nos encontremos
aquí ante Jesús Eucaristía, en particular a la Comisión Episcopal para las Vocaciones y los Ministerios, con su Presidente, Mons. Antonio
Santos, al que agradezco sus palabras llenas de afecto colegial y fraterno
pronunciadas al inicio de estas Vísperas. En este “cenáculo” ideal de fe que es
Fátima, la Virgen Madre nos indica el camino para nuestra oblación pura y santa
en las manos del Padre.
Permitidme que os abra mi corazón para deciros que la principal preocupación de
cada cristiano, especialmente de la persona consagrada y del ministro del Altar,
debe ser la fidelidad, la lealtad a la propia vocación, como discípulo que
quiere seguir al Señor. La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del
amor; de un amor coherente, verdadero y profundo a Cristo Sacerdote. “Si el
Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la
inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido
contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una
religiosidad superficial” (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 31).
Que, en este Año Sacerdotal que mira ya a su fin, descienda sobre todos vosotros
abundantes gracias para que viváis el gozo de la consagración y testimoniéis la
fidelidad sacerdotal fundada en la fidelidad de Cristo. Esto supone
evidentemente una auténtica intimidad con Cristo en la oración, ya que la
experiencia fuerte e intensa del amor del Señor llevará a los sacerdotes y a los
consagrados a corresponder de un modo exclusivo y esponsal a su amor.
Esta vida de especial consagración nació como memoria evangélica para el pueblo
de Dios, memoria que manifiesta, certifica y anuncia a toda la Iglesia la radicalidad evangélica y la venida del Reino. Por lo tanto, queridos
consagrados y consagradas, con vuestra dedicación a la oración, a la ascesis, al
progreso en la vida espiritual, a la acción apostólica y a la misión, tended a la Jerusalén celeste, anticipad la Iglesia escatológica, firme en la posesión y en la contemplación amorosa del Dios
Amor. Este testimonio es muy necesario en el momento presente. Muchos de
nuestros hermanos viven como si no existiese el más allá, sin preocuparse de la
propia salvación eterna. Todos los hombres están llamados a conocer y a amar a
Dios, y la Iglesia tiene como misión ayudarles en esta vocación. Sabemos bien que Dios
es el dueño de sus dones, y que la conversión de los hombres es una gracia. Pero
nosotros somos responsables del anuncio de la fe, en su integridad y con sus
exigencias. Queridos amigos, imitemos al Cura de Ars que rezaba así al buen Dios:
“Concédeme la conversión de mi parroquia, y yo acepto sufrir todo lo que tu
quieras durante el resto de mi vida”. Él hizo todo lo posible por sacar a las
personas de la tibieza y conducirlas al amor.
Hay una solidaridad profunda entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo: no
es posible amarlo sin amar a sus hermanos. Juan María Vianney quiso ser
sacerdote precisamente para la salvación de ellos: “Ganar la almas para el buen
Dios”, declaraba al anunciar su vocación con dieciocho años de edad, así como
Pablo decía: “Ganar a todos los que pueda” (1 Co 9,19). El Vicario
general le había dicho: “No hay mucho amor de Dios en la Parroquia, usted lo pondrá”. Y, en su pasión sacerdotal, el santo párroco era
misericordioso como Jesús en el encuentro con cada pecador. Prefería insistir en
el aspecto atrayente de la virtud, en la misericordia de Dios, en cuya presencia
nuestros pecados son “granos de arena”. Presentaba la ternura de Dios ofendida.
Temía que los sacerdotes se volvieran “insensibles” y se acostumbraran a la
indiferencia de sus fieles: “Ay del Pastor -advertía- que permanece en silencio
viendo cómo se ofende a Dios y las almas se pierden”.
Amados hermanos sacerdotes, en este lugar especial por la presencia de María,
teniendo ante nuestros ojos su vocación de fiel discípula de su Hijo Jesús,
desde su concepción hasta la Cruz y después en el camino de la Iglesia naciente,
considerad la extraordinaria gracia de vuestro sacerdocio. La fidelidad a la
propia vocación exige arrojo y confianza, pero el Señor también quiere que
sepáis unir vuestras fuerzas; mostraos solícitos unos con otros, sosteniéndoos
fraternalmente. Los momentos de oración y estudio en común, compartiendo las
exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de
vuestra existencia. Cuánto bien os hace esa acogida mutua en vuestras casas, con
la paz de Cristo en vuestros corazones. Qué importante es que os ayudéis
mutuamente con la oración, con consejos útiles y con el discernimiento. Estad
particularmente atentos a las situaciones que debilitan de alguna manera los
ideales sacerdotales o la dedicación a actividades que no concuerdan del todo
con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Por lo tanto, asumid como una
necesidad actual, junto al calor de la fraternidad, la actitud firme de un
hermano que ayuda a otro hermano a “permanecer en pie”.
Aunque el sacerdocio de Cristo es eterno (cfr. Hb 5,6), la vida de los
sacerdotes es limitada. Cristo quiere que otros, a lo largo de los siglos,
perpetúen el sacerdocio ministerial instituido por Él. Por lo tanto, mantened en
vuestro interior y en vuestro entorno la tensión de suscitar entre los fieles
-colaborando con la gracia del Espíritu Santo- nuevas vocaciones sacerdotales.
La oración confiada y perseverante, el amor gozoso a la propia vocación y la
dedicación a la dirección espiritual os ayudará a discernir el carisma
vocacional en aquellos que Dios llama.
Queridos seminaristas, que ya habéis dado el primer paso hacia el sacerdocio y
os estáis preparando en el Seminario Mayor o en las Casas de Formación
religiosa, el Papa os anima a ser conscientes de la gran responsabilidad que
tendréis que asumir: examinad bien las intenciones y motivaciones; dedicaos con
entusiasmo y con espíritu generoso a vuestra formación. La Eucaristía, centro de
la vida del cristiano y escuela de humildad y de servicio, debe ser el objeto
principal de vuestro amor. La adoración, la piedad y la atención al Santísimo
Sacramento, a lo largo de estos años de preparación, harán que un día celebréis
el sacrificio del Altar con verdadera y edificante unción.
En este camino de fidelidad, amados sacerdotes y diáconos, consagrados y
consagradas, seminaristas y laicos comprometidos, nos guía y acompaña la Bienaventurada Virgen María. Con Ella y como Ella somos libres para ser santos; libres para ser
pobres, castos y obedientes; libres para todos, porque estamos desprendidos de
todo; libres de nosotros mismos para que en cada uno crezca Cristo, el verdadero
consagrado al Padre y el Pastor al cual los sacerdotes, siendo presencia suya,
prestan su voz y sus gestos; libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús
muerto y resucitado, que permanece con nosotros hasta el final de los siglos y
se da a todos en la Santísima Eucaristía.
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana
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