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VIAJE
APOSTÓLICO A MADRID
CON OCASIÓN DE LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
18-21 DE AGOSTO DE 2011
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
Aeropuerto internacional Barajas de Madrid
Domingo 21 de agosto de 2011
Majestades,
Distinguidas Autoridades nacionales, autonómicas y locales,
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española,
Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado,
Amigos todos:
Ha llegado el momento de despedirnos. Estos días pasados en Madrid, con
una representación tan numerosa de jóvenes de España y todo el mundo, quedarán
hondamente grabados en mi memoria y en mi corazón.
Majestad, el Papa se ha sentido muy bien en España. También los jóvenes
protagonistas de esta Jornada Mundial de la Juventud han sido muy bien
acogidos aquí y en tantas ciudades y localidades
españolas, que han podido visitar en los días previos a la Jornada.
Gracias a Vuestra Majestad por sus cordiales palabras y por haber
querido acompañarme tanto en el recibimiento como, ahora, al despedirme. Gracias
a las Autoridades nacionales, autonómicas y locales, que han mostrado con su
cooperación fina sensibilidad por este acontecimiento internacional. Gracias a
los miles de voluntarios, que han hecho posible el buen desarrollo de todas las
actividades de este encuentro: los diversos actos literarios, musicales,
culturales y religiosos del «Festival joven», las catequesis de los Obispos y
los actos centrales celebrados con el Sucesor de Pedro. Gracias a las fuerzas de
seguridad y del orden, así como a los que han colaborado prestando los más
variados servicios: desde el cuidado de la música y de la liturgia, hasta el
transporte, la atención sanitaria y los avituallamientos.
España es una gran Nación que, en una convivencia sanamente abierta,
plural y respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma
profundamente religiosa y católica. Lo ha manifestado una vez más en estos días,
al desplegar su capacidad técnica y humana en una empresa de tanta trascendencia
y de tanto futuro, como es el facilitar que la juventud hunda sus raíces en
Jesucristo, el Salvador.
Una palabra de especial gratitud se debe a los organizadores de la Jornada:
al Cardenal Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos y a todo el
personal de ese Dicasterio; al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio María
Rouco Varela, junto con sus Obispos auxiliares y toda la archidiócesis; en
particular, al Coordinador General de la Jornada, Monseñor César
Augusto Franco Martínez, y a sus colaboradores, tantos y tan
generosos. Los Obispos han trabajado con solicitud y abnegación en sus diócesis
para la esmerada preparación de la Jornada, junto con los sacerdotes,
personas consagradas y fieles laicos. A todos, mi
reconocimiento, junto con mi súplica al Señor para que bendiga sus afanes
apostólicos.
Y no puedo dejar de dar las gracias de todo corazón a los jóvenes por
haber venido a esta Jornada, por su participación alegre, entusiasta e intensa.
A ellos les digo: Gracias y enhorabuena por el testimonio que habéis dado en
Madrid y en el resto de ciudades españolas en las que habéis estado. Os invito
ahora a difundir por todos los rincones del mundo la gozosa y profunda
experiencia de fe vivida en este noble País. Transmitid vuestra alegría
especialmente a los que hubieran querido venir y no han podido hacerlo por las
más diversas circunstancias, a tantos como han rezado por vosotros y a quienes
la celebración misma de la Jornada les ha tocado el corazón.
Con vuestra cercanía y testimonio, ayudad a
vuestros amigos y compañeros a descubrir que amar a Cristo es vivir en plenitud.
Dejo España contento y agradecido a todos. Pero sobre todo a Dios,
Nuestro Señor, que me ha permitido celebrar esta Jornada, tan llena de gracia y
emoción, tan cargada de dinamismo y esperanza. Sí, la fiesta de la fe que hemos
compartido nos permite mirar hacia adelante con mucha confianza en la
providencia, que guía a la Iglesia por los mares de la historia.
Por eso permanece joven y con vitalidad, aun
afrontando arduas situaciones. Esto es obra del Espíritu Santo, que hace
presente a Jesucristo en los corazones de los jóvenes de cada época y les
muestra así la grandeza de la vocación divina de todo ser humano. Hemos podido
comprobar también cómo la gracia de Cristo derrumba los muros y franquea las
fronteras que el pecado levanta entre los pueblos y las generaciones, para hacer
de todos los hombres una sola familia que se reconoce unida en el único Padre
común, y que cultiva con su trabajo y respeto todo lo que Él nos ha dado en la
Creación.
Los jóvenes responden con diligencia cuando se les propone con sinceridad y
verdad el encuentro con Jesucristo, único redentor de la humanidad. Ellos
regresan ahora a sus casas como misioneros del Evangelio, «arraigados y
cimentados en Cristo, firmes en la fe», y necesitarán ayuda en su camino.
Encomiendo, pues, de modo particular a los Obispos, sacerdotes, religiosos y
educadores cristianos, el cuidado de la juventud, que desea responder con
ilusión a la llamada del Señor. No hay que desanimarse ante las contrariedades
que, de diversos modos, se presentan en algunos países. Más fuerte que todas
ellas es el anhelo de Dios, que el Creador ha puesto en el corazón de los
jóvenes, y el poder de lo alto, que otorga fortaleza divina a los que siguen al
Maestro y a los que buscan en Él alimento para la vida. No temáis presentar a
los jóvenes el mensaje de Jesucristo en toda su integridad e invitarlos a los
sacramentos, por los cuales nos hace partícipes de su propia vida.
Majestad, antes de volver a Roma, quisiera asegurar a los españoles que
los tengo muy presentes en mi oración, rezando especialmente por los matrimonios
y las familias que afrontan dificultades de diversa naturaleza, por los
necesitados y enfermos, por los mayores y los niños, y también por los
que no encuentran trabajo. Rezo igualmente por los jóvenes de España. Estoy
convencido de que, animados por la fe en Cristo, aportarán lo mejor de sí mismos,
para que este gran País afronte los desafíos de la hora presente y continúe
avanzando por los caminos de la concordia, la solidaridad, la justicia y la
libertad. Con estos deseos, confío a todos los hijos de esta noble tierra a la
intercesión de la Virgen María, nuestra Madre del Cielo, y los bendigo con afecto.
Que la alegría del Señor
colme siempre vuestros corazones. Muchas gracias.
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
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