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AUDIENCIA EN EL 75 ANIVERSARIO DEL MARTIRIO
DEL BEATO CEFERINO GIMÉNEZ MALLA

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL PUEBLO GITANO

Aula Pablo VI
Sábado 11 de junio de 2011

 

Venerados hermanos,
queridos hermanos y hermanas:

¡El Señor esté con vosotros!

Es para mí una gran alegría encontrarme con vosotros y daros una cordial bienvenida, con ocasión de vuestra peregrinación a la tumba del apóstol Pedro. Doy las gracias al arzobispo monseñor Antonio Maria Vegliò, presidente del Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes, por las palabras que me ha dirigido también en vuestro nombre y por haber organizado el evento. Extiendo asimismo la expresión de mi gratitud a la Fundación «Migrantes» de la Conferencia episcopal italiana, a la diócesis de Roma y a la Comunidad de San Egidio, por haber colaborado en la realización de esta peregrinación y por lo que hacen diariamente en favor de vuestra acogida e integración. Un «gracias» particular a vosotros, por haber dado vuestros testimonios, realmente significativos.

Habéis llegado a Roma de todas partes de Europa para manifestar vuestra fe y vuestro amor a Cristo, a la Iglesia —que es una casa para todos vosotros— y al Papa. El siervo de Dios Pablo VI dirigió a los gitanos, en 1965, estas inolvidables palabras: «Vosotros en la Iglesia no estáis al margen, sino que, de alguna manera, estáis en el centro. Vosotros estáis en el corazón de la Iglesia». También yo hoy repito con afecto: ¡Estáis en la Iglesia! Sois una porción amada del pueblo de Dios peregrino y nos recordáis que «aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14). También a vosotros ha llegado el mensaje de salvación, al que habéis respondido con fe y esperanza, enriqueciendo la comunidad eclesial con creyentes laicos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos gitanos. Vuestro pueblo ha dado a la Iglesia el beato Ceferino Giménez Malla, de quien celebramos el 150º aniversario de su nacimiento y el 75º de su martirio. La amistad con el Señor convirtió a este mártir en un testigo auténtico de la fe y de la caridad. El beato Ceferino amaba a la Iglesia y a sus pastores con la intensidad con la que adoraba a Dios y descubría su presencia en todas las personas y en todos los acontecimientos. Terciario franciscano, permaneció fiel a su ser gitano, a la historia y a la identidad de su etnia. Casado según la tradición de los gitanos, junto a su esposa decidió convalidar el vínculo en la Iglesia con el sacramento del Matrimonio. Su profunda religiosidad encontraba expresión en la participación cotidiana en la santa misa y en el rezo del rosario. Fue precisamente el rosario, que llevaba siempre en el bolsillo, la causa de su arresto e hizo del beato Ceferino un auténtico «mártir del rosario», ya que no dejó que se lo quitaran de la mano ni siquiera en el momento de su muerte. Hoy el beato Ceferino os invita a seguir su ejemplo y os indica también el camino: la dedicación a la oración y en particular al rosario, el amor a la Eucaristía y a los demás sacramentos, la observancia de los mandamientos, la honradez, la caridad y la generosidad con el prójimo, especialmente con los pobres; esto os hará fuertes ante el riesgo de que las sectas u otros grupos pongan en peligro vuestra comunión con la Iglesia.

Vuestra historia es compleja y, en algunos periodos, dolorosa. Sois un pueblo que en los siglos pasados no ha vivido ideologías nacionalistas, no ha aspirado a poseer una tierra o a dominar a otras gentes. Os habéis quedado sin patria y habéis considerado idealmente el continente en su conjunto como vuestra casa. Sin embargo, persisten problemas graves y preocupantes, como las relaciones a menudo difíciles con las sociedades en las que vivís. Desgraciadamente a lo largo de los siglos habéis conocido el sabor amargo de la falta de acogida y, a veces, de la persecución, como sucedió en la segunda guerra mundial: miles de mujeres, hombres y niños fueron asesinados salvajemente en los campos de exterminio. Fue —como decís vosotros— el Porrájmos, «La gran destrucción», un drama todavía poco reconocido y cuyas proporciones se desconocen, pero que vuestras familias llevan grabado en el corazón. Durante mi visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, el 28 de mayo de 2006, recé por las víctimas de las persecuciones y me incliné frente a la lápida en lengua romaní, que recuerda a vuestros caídos. ¡La conciencia europea no puede olvidar tanto dolor! ¡Que nunca más vuestro pueblo sea objeto de vejaciones, de rechazo y de desprecio! Por vuestra parte, buscad siempre la justicia, la legalidad, la reconciliación, y esforzaos por no ser nunca causa de sufrimiento para otros.

Hoy, gracias a Dios, la situación está cambiando: ante vosotros se abren nuevas oportunidades, mientras estáis adquiriendo nueva conciencia. A lo largo del tiempo habéis creado una cultura de expresiones significativas, como la música y el canto, que han enriquecido Europa. Muchas etnias ya no son nómadas, sino que buscan estabilidad con nuevas expectativas frente a la vida. La Iglesia camina con vosotros y os invita a vivir según las comprometedoras exigencias del Evangelio, confiando en la fuerza de Cristo, hacia un futuro mejor. También Europa, que reduce las fronteras y considera riqueza a la diversidad de los pueblos y de las culturas, os ofrece nuevas posibilidades. Os invito, queridos amigos, a escribir juntos una nueva página de historia para vuestro pueblo y para Europa. La búsqueda de alojamiento, de un trabajo digno y de educación para vuestros hijos son las bases sobre las que podréis construir la integración que traerá beneficios para vosotros y para toda la sociedad. ¡Dad vosotros también vuestra efectiva y leal colaboración para que vuestras familias se inserten dignamente en el tejido civil europeo! Muchos de vosotros son niños y jóvenes que desean educarse y vivir con los demás y como los demás. A ellos los miro con particular afecto, convencido de que vuestros hijos tienen derecho a una vida mejor. Que su bien sea vuestra mayor aspiración. Custodiad la dignidad y el valor de vuestras familias, pequeñas iglesias domésticas, para que sean verdaderas escuelas de humanidad (cf. Gaudium et spes, 52). Que las instituciones, por su parte, se esfuercen por velar adecuadamente por este proceso.

Por último, también vosotros estáis llamados a participar activamente en la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo la actividad pastoral en vuestras comunidades. La presencia entre vosotros de sacerdotes, diáconos y personas consagradas, que pertenecen a vuestras etnias, es don de Dios y signo positivo del diálogo de las Iglesias locales con vuestro pueblo, que es preciso sostener y desarrollar. Confiad en estos hermanos y hermanas vuestros, escuchadlos y ofreced, junto a ellos, el coherente y gozoso anuncio del amor de Dios por el pueblo gitano, como por todos los pueblos. La Iglesia desea que todos los hombres se reconozcan hijos del mismo Padre y miembros de la misma familia humana. Estamos en la vigilia de Pentecostés, cuando el Señor derramó su Espíritu sobre los Apóstoles que comenzaron a anunciar el Evangelio en las lenguas de todos los pueblos. Que el Espíritu Santo distribuya sus dones abundantemente sobre todos vosotros, sobre vuestras familias y comunidades esparcidas por el mundo y os haga testigos generosos de Cristo resucitado. María santísima, tan amada por vuestro pueblo y a la que invocáis como «Amari Devleskeridej», «Nuestra Madre de Dios», os acompañe por los caminos del mundo, y que el beato Ceferino os sostenga con su intercesión.

Os doy las gracias de corazón a todos los que habéis venido aquí, a la Sede de Pedro, para manifestar vuestra fe y vuestro amor a la Iglesia y al Papa. Que el beato Ceferino sea para todos vosotros ejemplo de una vida vivida por Cristo y por la Iglesia, en la observancia de los mandamientos y en el amor al prójimo. El Papa está cerca de cada uno de vosotros y os recuerda en sus oraciones. Que el Señor os bendiga a vosotros, a vuestras comunidades, a vuestras familias y vuestro futuro. Que el Señor os dé salud y suerte. ¡Permaneced con Dios!

¡Gracias! ¡Y feliz Pentecostés a todos vosotros!

 

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana

  

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