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DE LA PELÍCULA "BELLS OF EUROPE -
CAMPANAS DE EUROPA:
UN VIAJE EN LA FE A TRAVÉS DE EUROPA"
ENTREVISTA AL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
P. ― Santidad, en sus
encíclicas propone una antropología fuerte, un hombre habitado por el amor
de Dios, un hombre de racionalidad ampliada por la fe, un hombre que tiene
una responsabilidad social gracias a la dinámica de caridad recibida y dada
en la verdad. Santidad, en este horizonte antropológico en que el mensaje
evangélico exalta todos los elementos dignos de la persona humana,
purificando las escorias que oscurecen el verdadero rostro del hombre creado
a imagen y semejanza de Dios, usted ha reafirmado en repetidas ocasiones que
este redescubrimiento de rostro humano, de los valores evangélicos, de las
raíces profundas de Europa es una fuente de gran esperanza para el
continente europeo, y no sólo ... ¿Puede explicar las razones de su
esperanza?
Santo Padre ― La primera razón
de mi esperanza consiste en que el deseo de Dios, la búsqueda de Dios está
profundamente grabada en cada alma humana y no puede desaparecer.
Ciertamente, durante algún tiempo, Dios puede olvidarse o dejarse de lado,
se pueden hacer otras cosas, pero Dios nunca desaparece. Simplemente, es
cierto, como dice san Agustín, que nosotros, los hombres, estamos inquietos
hasta que encontramos a Dios. Esta preocupación también existe en la
actualidad. Es la esperanza de que el hombre, siempre de nuevo, también hoy,
se encamine hacia este Dios.
La segunda razón de mi esperanza consiste en el hecho de que el Evangelio
de Jesucristo, la fe en Cristo, es simplemente verdad. Y la verdad no
envejece. También se puede olvidar durante algún tiempo, es posible
encontrar otras cosas, se puede dejar de lado; pero la verdad como tal no
desaparece. Las ideologías tienen un tiempo determinado. Parecen fuertes,
irresistibles, pero después de un determinado período se consumen; pierden
su fuerza porque carecen de una verdad profunda. Son partículas de verdad,
pero al final se consumen. En cambio, el evangelio es verdadero, y por lo
tanto nunca se consume. En todos los períodos de la historia aparecen sus
nuevas dimensiones, aparece en toda su novedad, para responder a las
necesidades del corazón y de la razón humana que puede caminar en esta
verdad y encontrarse en ella. Y así, por esta razón, estoy convencido de que
también hay una nueva primavera del cristianismo.
Un tercer motivo empírico lo vemos en que esta inquietud se manifiesta en
la juventud de hoy. Los jóvenes han visto tantas cosas
―las ofertas de las ideologías y del
consumismo― pero perciben el vacío de
todo esto, su insuficiencia. El hombre ha sido creado para el infinito. Todo
lo finito es demasiado poco. Y por eso vemos cómo, en las generaciones más
jóvenes, esta inquietud se despierta de nuevo y cómo se ponen en camino; así
hay nuevos descubrimientos de la belleza del cristianismo; un cristianismo
que no es barato, ni reducido, sino radical y profundo . Por lo tanto, me
parece que la antropología, como tal, nos indica que siempre habrá nuevos
despertares del cristianismo y los hechos lo confirman con una palabra:
cimiento profundo. Es el cristianismo. Es verdadero, y la verdad siempre
tiene un futuro.
P.― Santidad, usted ha dicho
muchas veces que Europa ha tenido y tiene todavía una influencia cultural
sobre toda la humanidad y tiene que sentirse especialmente responsable, no
sólo del propio futuro, sino también del de todo el género humano. Mirando
hacia adelante, ¿es posible trazar los límites del testimonio visible de los
católicos y de los cristianos pertenecientes a las Iglesias ortodoxas y
protestantes, en Europa del Atlántico a los Urales que, viviendo los valores
evangélicos en los que creen, contribuyan a la construcción de una Europa
más fiel a Cristo, más acogedora, solidaria, no sólo custodiando la herencia
cultural y espiritual que los caracteriza, sino también en el compromiso de
buscar nuevas vías para afrontar los grandes desafíos comunes que marcan la
época post-moderna y multicultural?
Santo Padre ― Se trata de la
gran cuestión. Es evidente que Europa tiene también hoy en el mundo un gran
peso tanto económico como cultural e intelectual. Y, de acuerdo con este
peso, tiene una gran responsabilidad. Pero como ha dicho usted, Europa tiene
que encontrar todavía su plena identidad para poder hablar y actuar según su
responsabilidad. El problema hoy no son ya, en mi opinión, las diferencias
nacionales. Se trata de diversidades que, gracias a Dios, ya no constituyen
divisiones. Las naciones permanecen, y en sus diversidades culturales,
humanas, temperamentales, son una riqueza que se completa y da lugar a una
gran sinfonía de culturas. Son, fundamentalmente, una cultura común. El
problema de Europa para encontrar su identidad creo que consiste en el hecho
de que hoy en Europa tenemos dos almas: una de ellas es una razón abstracta,
anti-histórica, que pretende dominar todo porque se siente por encima de
todas las culturas. Una razón que al fin ha llegado a sí misma, que pretende
emanciparse de todas las tradiciones y valores culturales en favor de una
racionalidad abstracta. La primera sentencia de Estrasburgo sobre el
Crucifijo era un ejemplo de esta razón abstracta que quiere emanciparse de
todas las tradiciones, de la misma historia. Pero así no se puede vivir.
Además, también la "razón pura" está condicionada por una determinada
situación histórica, y solo en este sentido puede existir. La otra alma es
la que podemos llamar cristiana, que se abre a todo lo que es razonable, que
ha creado ella misma la audacia de la razón y la libertad de una razón
crítica, pero sigue anclada en las raíces que han dado origen a esta Europa,
que la han construido sobre los grandes valores, las grandes intuiciones, la
visión de la fe cristiana. Como decía usted, sobre todo en el diálogo
ecuménico entre Iglesia católica, ortodoxa, protestante, este alma tiene que
encontrar una común expresión y después tiene que confrontarse con esa razón
abstracta, es decir, aceptar y conservar la libertad crítica de la razón con
respecto a todo lo que puede hacer y ha hecho, pero practicarla, concretarla
en el fundamento, en la cohesión con los grandes valores que nos ha dado el
cristianismo. Sólo en esta síntesis Europa puede tener peso en el diálogo
intercultural de la humanidad de hoy y de mañana, porque una razón que se ha
emancipado de todas las culturas no puede entrar en un diálogo
intercultural. Sólo una razón que tiene una identidad histórica y moral
puede también hablar con los demás, buscar una interculturalidad en la que
todos pueden entrar y encontrar una unidad fundamental de los valores que
pueden abrir las vías al futuro, a un nuevo humanismo, que tiene que ser
nuestro objetivo. Y para nosotros este humanismo crece precisamente a partir
de la gran idea del hombre a imagen y semejanza de Dios.
© Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana
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