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SANTA MISA EN LA PARROQUIA DE SANTA ANA,
CIUDAD DEL VATICANO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
V Domingo de Cuaresma, 17 de marzo de 2013
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Es hermoso esto: Jesús solo en el monte, orando. Oraba solo (cf. Jn
8,1). Después, se presentó de nuevo en el Templo, y todo el pueblo acudía a él (cf.
v. 2). Jesús en medio del pueblo. Y luego, al final, lo dejaron solo con la
mujer (cf. v. 9). ¡Aquella soledad de Jesús! Pero una soledad fecunda: la de la
oración con el Padre y esa, tan bella, que es precisamente el mensaje de hoy de
la Iglesia, la de su misericordia con aquella mujer.
También hay una diferencia entre el pueblo. Todo el pueblo acudía a él;
él se sentó y comenzó a enseñarles: el pueblo que quería escuchar las palabras
de Jesús, la gente de corazón abierto, necesitado de la Palabra de Dios. Había
otros que no escuchaban nada, incapaces de escuchar; y estaban los que fueron
con aquella mujer: «Mira, Maestro, esta es una tal y una cual... Tenemos que
hacer lo que Moisés nos mandó hacer con estas mujeres» (cf. vv. 4-5).
Creo que también nosotros somos este pueblo que, por un lado, quiere
oír a Jesús pero que, por otro, a veces nos gusta hacer daño a los otros,
condenar a los demás. El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo
digo con humildad, es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia. Pero él
mismo lo ha dicho: «No he venido para los justos»; los justos se justifican por
sí solos. ¡Bah!, Señor bendito, si tú puedes hacerlo, yo no. Pero ellos creen
que sí pueden hacerlo... Yo he venido para los pecadores (cf. Mc 2,17).
Pensad en aquella cháchara después de la vocación de Mateo: «¡Pero este
va con los pecadores!» (cf. Mc 2,16). Y él ha venido para nosotros,
cuando reconocemos que somos pecadores. Pero si somos como aquel fariseo ante el
altar – «Te doy gracias, porque no soy como los demás hombres, y tampoco como
ese que está a la puerta, como ese publicano» (cf. Lc 18,11-12) –, no
conocemos el corazón del Señor, y nunca tendremos la alegría de sentir esta
misericordia. No es fácil encomendarse a la misericordia de Dios, porque eso es
un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo. «Ay, padre, si usted conociera
mi vida, no me hablaría así». «¿Por qué, qué has hecho?». «¡Ay padre!, las he
hecho gordas». «¡Mejor!». «Acude a Jesús. A él le gusta que se le cuenten estas
cosas». El se olvida, él tiene una capacidad de olvidar, especial. Se olvida, te
besa, te abraza y te dice solamente: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante
no peques más» (Jn 8,11). Sólo te da ese consejo. Después de un mes,
estamos en las mismas condiciones... Volvamos al Señor. El Señor nunca se cansa
de perdonar, ¡jamás! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Y
pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de
perdonar. Pidamos esta gracia.
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