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DISCURSO DEL SU SANTIDAD JUAN PABLO I
AL ALCALDE DE ROMA


Sábado 23 de septiembre de 1978

 

Honorable señor Alcalde:

Le estoy vivamente agradecido por esas expresiones deferentes y sinceras que usted, en representación también de sus colegas de la Administración Pública y de toda la población romana, ha querido dirigirme durante el itinerario que desde la residencia Vaticana me lleva a la Catedral de San Juan de Letrán.

Esta parada intermedia, al pie de la colina del Capitolio, tiene para mí un especial significado, no solamente por el cúmulo de recuerdos históricos que aquí se entrecruzan e interesan conjuntamente a la Roma civil y a la Roma cristiana, sino también porque me permite tener un primer contacto directo con los responsables de la vida ciudadana y de su recta ordenación. Se trata, por tanto, de una ocasión propicia para expresarles mi más cordial saludo y mis mejores deseos.

Los problemas de la Urbe, a los que con fundada preocupación ha aludido usted, me encuentran particularmente atento y sensible a causa de su urgencia, de su gravedad y, sobre todo, de las desazones y de los dramas humanos y familiares, de los cuales no raramente son el signo manifiesto. Como Obispo de la Ciudad que es la sede primigenia del ministerio pastoral que se me ha confiado, me llegan más agudamente al corazón esas sufridas experiencias y me siento estimulado por ellas a la disponibilidad, a la colaboración y a la aportación de orden moral y espiritual que corresponde a la específica naturaleza de mi servicio, para poderlas, al menos, aliviar. Y esto lo digo no solamente a título personal, sino también en nombre de los hijos de la Iglesia de Dios aquí en Roma: de mis colaboradores los obispos, de los sacerdotes y de los religiosos, de los miembros de las asociaciones católicas y de cada uno de los fieles, comprometidos de diverso modo en actividades pastorales, educativas, asistenciales y escolares.

La esperanza, cuyo eco he sentido con agrado en su cortés saludo, es para nosotros los creyentes —como recordé en la audiencia general del pasado miércoles— una virtud obligatoria y un don precioso de Dios. Que sirva para despertar, en cada uno de nosotros y, confío también, en todos los conciudadanos de buena voluntad energías y propósitos; que sirva para inspirar iniciativas y programas, con el fin de que esos problemas tengan la solución conveniente y Roma permanezca fiel, en los hechos, a aquellos ideales inconfundiblemente cristianos que se llaman hambre y sed de justicia, activa contribución a la paz, dignidad suprema del trabajo humano, respeto y amor para con los hermanos, solidaridad a toda prueba con los más débiles.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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