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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Miércoles 1 de noviembre de 1978
Fiesta de Todos los Santos

 

 

Con interés especial hoy os pido a los que estáis aquí reunidos, para rezar conmigo el Ángelus, que os detengáis un momento a reflexionar sobre el misterio de la liturgia del día.

La Iglesia vive con una gran perspectiva. Esta perspectiva la acompaña siempre, la forja continuamente y la proyecta hacia la eternidad. La liturgia del día pone en evidencia la realidad escatológica, una realidad que brota de todo el plan de salvación y, a la vez de la historia del hombre, realidad que da el sentido último a la existencia misma de la Iglesia y a su misión.

Por esto vivimos con tanta intensidad la solemnidad de Todos los Santos, así como también el día de mañana, Conmemoración de los Difuntos. Estos dos días engloban en sí de modo muy especial la fe en la "vida eterna" (últimas palabras del Credo apostólico).

Si bien estos dos días enfocan ante los ojos de nuestra alma lo ineludible de la muerte, dan también al mismo tiempo testimonio de la vida.

El hombre que está "condenado a muerte", según las leyes de la naturaleza, el hombre que vive con la perspectiva de la aniquilación de su cuerpo, este hombre desarrolla su existencia al mismo tiempo con perspectivas de vida futura y está llamado a la gloria.

La solemnidad de Todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a los que han alcanzado ya la plenitud de su llamada a la unión con Dios. El día que conmemora a los difuntos hace converger nuestros pensamientos en quienes, después de dejar este mundo, en la expiación esperan alcanzar la plenitud de amor que requiere la unión con Dios.

Se trata de dos días grandes en la Iglesia que "prolonga su vida" de cierta manera en sus santos y en todos los que se han preparado a esa vida sirviendo a la verdad y al amor.

Por ello los primeros días de noviembre la Iglesia se une de modo especial a su Redentor, que nos ha introducido en la realidad misma de esa vida a través de su muerte y resurrección.

Al mismo tiempo ha hecho de nosotros "un reino de sacerdotes" para su Padre.

Precisamente hoy también yo, en el recogimiento, doy gracias al Señor por los treinta y dos años de sacerdocio que se cumplen justamente en esta solemnidad de Todos los Santos.

Por ello, a nuestra oración común uniré una intención especial por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia de todo el mundo. Me dirijo a Cristo para que llame a muchos jóvenes y les diga: "Ven y sígueme". Y pido a los jóvenes que no se opongan, que no contesten "no". A todos ruego que oren y colaboren en favor de las vocaciones.

La mies es grande. La festividad de Todos los Santos nos dice precisamente que la mies es abundante. No la mies de la muerte, sino la de la salvación; no la mies del mundo que pasa, sino la mies de Cristo que perdura a través de los siglos.

Recitemos juntos el Ángelus...


Después del Ángelus

Amadísimos hijos:

Os invito a reflexionar sobre el misterio litúrgico de la fiesta de los Santos y del día de los Difuntos. La Iglesia vive continuamente en la perspectiva de la vida eterna; en estos días hemos de unirnos de manera particular al Señor quien, con su muerte y resurrección, nos ha abierto las puertas de la gloria. Hoy es también aniversario de mi ordenación sacerdotal. Rezad por mí y por las vocaciones. ¡La mies es mucha!

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

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