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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 10 de diciembre de 1978
1. En el tiempo de Adviento la Iglesia se une de modo particular a María Santísima.
En efecto, Ella es un gran ejemplo para nosotros en la espera de la venida de
Cristo que invade todo este período. Desde el momento mismo de la Encarnación
del Verbo, esta espera asume en Ella una forma concreta: se hace maternidad.
Debajo de su corazón virginal late ya la nueva vida, la vida del Hijo de Dios
que se hizo hombre en su seno. ¡María es toda Ella Adviento!
Y he aquí que después de la Anunciación la vemos ir de Galilea hacia el sur,
para visitar a su parienta Isabel en Ain Karim. Allí, en el mismo umbral de la
casa de Isabel y Zacarías, serán pronunciadas las palabras que repetimos
nosotros cada vez que saludamos a María; "Bendita tú entre todas las mujeres, y
bendito el fruto de tu vientre".
2. En este momento nuestro pensamiento y corazón se vuelven hacia aquellas
regiones. Seguimos a María de Nazaret hacia el sur, mientras se extiende ante
nosotros el panorama de su tierra, de aquel suelo que iba a ser la patria del
Mesías. A esa Tierra Santa van en peregrinación enteras generaciones de
cristianos para encontrarse en las mismas huellas del Salvador.
Me viene a la mente el gozo inmenso con que los obispos, reunidos en la II
sesión del Concilio Vaticano II, acogieron las palabras del Papa Pablo VI que
en el discurso de clausura de aquella sesión les había anunciado que iría —por
vez primera— como peregrino a Tierra Santa.
¡Cuánto me gustaría poder repetir sus palabras en este instante! ¡Cómo
quisiera ir a la tierra de mi Señor y Redentor! ¡Cómo quisiera encontrarme en
aquellos mismos caminos por los que se movía el Pueblo de Dios en aquel tiempo
y subir a la cima del Sinaí, donde se nos dieron los diez mandamientos! ¡Cómo
quisiera recorrer con amor y humildad todos los caminos entre Jerusalén, Belén y
el Lago de Genesaret! ¡Cómo quisiera detenerme en el Monte de la
Transfiguración desde donde se contemplan las montañas del Líbano: "El Tabor y
el Hermón saltan al oír tu nombre"! (Sal 89 [88], 13).
Era éste mi deseo más grande ya desde los comienzos de mi pontificado. Estoy
muy agradecido a los ruegos y sugerencias que me han llegado a este respecto.
Pero con gran pena debo renunciar, al menos por ahora, a esta peregrinación, a
este acto particular de fe, cuyo significado puede ser captado mejor por el Obispo de Roma, que es Sucesor de Pedro. Porque Pedro viene de allí: de la
tierra de Cristo y de María vino a Roma.
3. Mientras os ruego, queridísimos hermanos y hermanas, que encomendemos al Señor
en nuestra oración esta parte de la tierra tan íntimamente vinculada a la
historia de nuestra salvación.
Oremos por Tierra Santa.
Oremos por el Líbano, que desde hace muchos años está siendo duramente probado
por la guerra y la destrucción.
Encomendemos al Señor la misión especial confiada al cardenal Paolo Bertoli, que
ha ido al Líbano estos días.
Oremos por la paz en Oriente Medio.
Encomendemos también al Señor el Irán, que estas últimas semanas se ha
transformado en teatro de lucha e inquietudes.
Sabemos que la Madre de Cristo está rodeada de gran veneración también por
parte de nuestros hermanos musulmanes.
Pidámosle que se muestre Madre y Reina de la paz para la tierra de sus
antepasados y las tierras limítrofes.
Después del Ángelus
(A un grupo de peregrinos procedentes de la región italiana
de Las Marcas)
Ahora deseo dedicar un saludo a los socios de ALMA, asociación religiosa de los
marquisanos residentes en Roma, reunidos aquí para orar con el Papa en la
fiesta de la Virgen de Loreto, Patrona celestial de su región. Recordando la
ilustre basílica, en la que hay una capilla especialmente dedicada a Polonia, y
recordando el cementerio de guerra cercano a Loreto, donde reposan los restos de
tantos coterráneos míos, bendigo de corazón a los fieles presentes y a su
tierra de origen.
(Antes de retirarse de la ventana )
Veis
que el Papa está en Roma, pero al mismo tiempo se hace peregrino, al menos con
el deseo, a Tierra Santa, y hoy está espiritualmente en Loreto. Bendigo a todos
los peregrinos y fieles romanos con los que he podido recitar el Ángelus.
Alabado sea Jesucristo. Arrivederci.
© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana
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