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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 24 diciembre de 1978

 

 

"Hodie scietis quia veniet Dominus;
et cras videbitis gloriam Eius"
(Ex 16, 6-7)

Hoy sabréis que vendrá el Señor a salvarnos; y mañana veréis su gloria.

Con estas palabras la liturgia de hoy se dirige a nosotros: es la vigilia de la Natividad de Cristo. Es el último día de espera, día de profunda alegría, porque el Señor está para llegar, y nosotros lo veremos, como todos los años, en aquel insólito lugar de su nacimiento: en un establo, en un pesebre. Es éste, en efecto, el lugar que le han "asignado" los hombres: los habitantes de Belén y, en cierto modo, todos los hombres. Y precisamente este lugar lo ha escogido Dios para su Hijo. Hay mucho que meditar sobre esta realidad, y nosotros lo haremos durante la Misa de medianoche.

Ahora, según la costumbre de la vigilia, deseo expresaros mis más cordiales felicitaciones. En este momento, las formulo sobre todo como Obispo de Roma, y deseo dirigirlas a todos los romanos. Sí, deseo que estas felicitaciones mías lleguen a cada uno de vosotros, porque hoy es un día en que cada uno de los hombres se acerca al otro hombre.

Deseo que estas felicitaciones mías lleguen a cada una de las casas, a cada una de las familias. En las festividades natalicias se siente mucho más la necesidad de estar cercanos a los propios familiares, en el calor del hogar doméstico. Dejad, pues, que también yo me asocie a esa vuestra unión de corazones.

A los padres les deseo que se realice cuanto ellos desean para sus hijos. A los jóvenes les deseo que se revele en ellos de modo particular la humanidad, es decir, "la bondad y el amor de nuestro Salvador" (cf. Tit 3, 4).

Con el mismo augurio me dirijo espiritualmente a cada una de las parroquias de Roma y a todas las casas de los religiosos y de las religiosas.

Me dirijo especialmente a los nómadas, a los enfermos, a los que sufren, a los ancianos, a los abandonados, a los marginados, a todos aquellos que están solos y alejados de sus familias, para que acepten el amor que les ofrece Cristo para la salvación de cada uno de los hombres.

Mis felicitaciones se extienden, asimismo, a todos los ambientes de trabajo, de estudio, de actividad artística, de investigación científica y de todas las actividades humanas.

Llamo a las puertas de las diversas Instituciones de la vida comunitaria, en sus múltiples aspectos, y digo "Paz a los hombres de buena voluntad", porque es éste el Mensaje que se anunció en la gruta de Belén.

Invito a todos al encuentro de medianoche, la vigilia natalicia, para el banquete de amor, que el Salvador del mundo nos ha preparado.

Dirijo especiales palabras de agradecimiento y de comunión fraterna a los sacerdotes, a los obispos, al cardenal Vicario de Roma.

¡Queridísimos hermanos y hermanas!

Que en vuestra vida pueda tener realización cuanto nos anuncia la liturgia de hoy: suceda, pues, que sepamos (scietis), aceptemos, vivamos, en lo profundo de nuestra conciencia la verdad que "el Señor ha venido".

Aceptémoslo "hoy" (hodie), recordando que este hoy es la esencia de toda nuestra vida sobre la tierra. Y que "mañana" (eras) podremos ver su gloria ¡y ser todos partícipes de la misma!

La alegría de la Navidad cercana hace particularmente viva mi profunda aflicción por el grave desastre aéreo ocurrido en la noche de ayer en las proximidades de Palermo, causando numerosas víctimas, constituidas en su mayor parte por emigrados, que regresaban a sus casas para transcurrir en familia las inminentes festividades.

He manifestado ya al respecto mis sentimientos con un telegrama al cardenal arzobispo de aquella ciudad. Deseo, sin embargo, renovar ahora la aseguración de mi plegaria de sufragio por aquellos que han perdido la vida en dicho accidente, mientras expreso a sus familiares mi íntima participación en su dolor y dirijo a los heridos mis votos y mi aliento.

 

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

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