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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 11 de febrero de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Permitid que vuelva aún sobre el gran acontecimiento que ha supuesto para mí el viaje a México, tanto más que aún continúa sus trabajos en Puebla la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, cuyo fin es inminente. Ese viaje encierra en sí muchísimos temas que será necesario desarrollar e, incluso, en ciertos casos, volverlos a tomar desde el principio. Todo este viaje quedó profundamente grabado en mi mente y en mi corazón, comenzando por la llegada a Santo Domingo, donde atracó la primera vez Cristóbal Colón, donde se celebró por primera vez la Santa Misa en el "Nuevo Mundo", donde fue erigida la primera sede episcopal.

Sin embargo, hoy quiero hablar sobre todo de mi encuentro con los enfermos. Tal encuentro tendrá lugar hoy por la tarde en la basílica de San Pedro, mientras tengo todavía en la memoria y en el corazón donde los encuentros con los enfermos en México, y en particular el que tuvo lugar en la iglesia de los padres dominicos en Oaxaca.

Estoy agradecido a cuantos organizaron aquel encuentro: a los sacerdotes, médicos, miembros del servicio sanitario. Gracias a ellos pude acercarme en la tierra mexicana a tantos hermanos y hermanas míos enfermos. Pude posar mi mano sobre su cabeza, pude pronunciar una palabra de compasión y de alivio, pude recabar su oración.

Yo cuento mucho con la oración de los enfermos, con la intercesión ante Dios de los que sufren. ¡Ellos están tan cercanos a Cristo! Y yo me acerco a ellos consciente de que Cristo está presente en ellos.

El sufrimiento del prójimo, el sufrimiento de otro hombre igual en todo a mí, suscita siempre en quienes no sufren un cierto malestar y casi un sentido de embarazo. Vierte instintivamente una pregunta: ¿por qué él y no yo? No es lícito sustraerse a esta pregunta, que es la expresión elemental de la solidaridad humana. Pienso que esta solidaridad fundamental es la que ha creado la medicina y todo el servicio sanitario en su evolución histórica hasta nuestros días.

Debemos, pues, detenernos un poco ante el sufrimiento, ante el hombre que sufre, para volver a descubrir este vínculo esencial entre el "yo" humano mío y suyo. Debemos detenernos un poco ante el hombre que sufre para testificarle y, en cuanto sea posible, testificar juntamente con él, toda la dignidad del sufrimiento, diría toda la majestad del sufrimiento. Debemos inclinar la cabeza ante los hermanos o hermanas que son débiles e indefensos, privados precisamente de lo que a nosotros se nos ha concedido y de lo que gozamos cada día.

Estos son sólo algunos aspectos de esa gran prueba que tanto cuesta al hombre, pero que al mismo tiempo lo purifica, como purifica a quien trata de solidarizarse con el otro, con el "yo" humano que sufre.

Cristo ha dicho: "Estaba enfermo y me visitasteis" (Mt 25, 36).

Roguemos hoy por todos los enfermos que encontré en los caminos de mi viaje a México, y también por aquellos, más numerosos aún, con los que no pude encontrarme; recemos también por los que participarán hoy en la Misa en la basílica de San Pedro y por todos los que sufren, dondequiera se encuentren.

Queridos hermanos y hermanas que sufrís, somos deudores vuestros. ¡El Papa es vuestro deudor!

¡Rezad por nosotros!

Mi pensamiento va también al santuario de Lourdes, parque hoy es el aniversario de la primera visión que tuvo Santa Bernardita; además, como ya sabéis, allí precisamente tendrá lugar el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que se celebrará el año 1981 con el tema comprometedor: "Jesucristo, pan partido para la salvación del mundo".

Por eso también encomiendo encarecidamente esta iniciativa a vuestras oraciones mientras todos juntos invocamos a la Virgen.

Hoy, además, se cumplen los 50 años de la firma de los Pactos Lateranenses entre la Santa Sede e Italia. Uno de los Pactos, como sabéis, es el Tratado, que constituyó el Estado de la Ciudad del Vaticano, restituyendo así al Papa y a sus organismos de gobierno apostólico la plena y visible independencia ante Italia y ante los pueblos del mundo, para que la acción de Maestro y Pastor que corresponde al Sucesor de Pedro en relación a todos los creyentes, pueda ser y aparecer cada vez más libre, imparcial y supranacional.

El otro Pacto es el Concordato, que regula las cuestiones que afectan a la vida de la Iglesia en el ámbito del Estado italiano, y en particular la plena libertad religiosa, la vida de las instituciones católicas, el reconocimiento del matrimonio religioso, la enseñanza de la religión en las escuelas.

En este momento mi pensamiento reverente y agradecido se dirige a la memoria del gran Pontífice Pío XI que quiso la solución feliz de la Cuestión Romana y que con el Concordato se preocupó del bien espiritual de la nación italiana, y en particular de la juventud.

Oremos por esta figura del gran Papa y de los otros insignes Pontífices que le sucedieron, oremos para que la deseada revisión del Concordato sea llevada pronto a feliz término, como yo deseo y como desearon ardientemente Pablo VI y Juan Pablo I, y para que en Italia se preserven siempre los tesoros de su fe bimilenaria y de la libertad y paz religiosa.


Después del Ángelus

Todavía un saludo. Están presentes más de mil religiosas de la Federación Italiana de Religiosas Educadoras, que están celebrando en Roma un congreso sobre los problemas de la enseñanza primaria. Dicho congreso es también respuesta concreta al llamamiento de la ONU en el "Año Internacional del Niño". A ellas, las religiosas, y a todos los niños de los centros de enseñanza primaria, imparto de corazón una bendición apostólica especial.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

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