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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 4 de marzo de 1979

 

1. "¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!"

Esta exhortación nos llegaba, como sabéis, en el período de Cuaresma: "¡Inclinad vuestra cabeza ante Dios!". Y así lo hacemos. El primer gesto litúrgico con el que hemos comenzado la Cuaresma ha sido precisamente el de inclinar la cabeza, el pasado miércoles de ceniza.

Hemos inclinado la cabeza para recibir la ceniza: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (Gén 3, 19), expresión ésta de nuestra mortalidad, y al mismo tiempo signo de nuestra disposición a la penitencia y a la conversión: "Arrepentíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15).

La inclinación de la cabeza puede ser interpretada como un gesto de humillación y de resignación. La inclinación de la cabeza ante Dios es signo de humildad. Pero la humildad no se identifica con la humillación o resignación. No es igual que la pusilanimidad. Todo lo contrario. La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza.

Nos lo recuerda también San Agustín que en un sermón dice así: "¿Quieres ser grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un gran edificio que se eleve mucho? Piensa antes en el fundamento de la humildad" (San Agustín, Serm. 64, 2; PL 38, 441).

Quizá esta manera de pensar dista bastante de muchas manifestaciones de la mentalidad contemporánea. Frecuentemente nos dejamos fascinar por valores aparentes, por grandezas exteriores, por lo que es sensacional que agita la superficie de nuestra psique. El hombre, arrancado de su propia profundidad, viene a ser, en cierto sentido, unidimensional. Construye sus cimientos poco profundos. Y con frecuencia sufre por la destrucción de lo que ha construido en sí mismo tan superficialmente. La Cuaresma requiere una profundización de nuestra construcción interna. Y de aquí precisamente proviene la invitación a la humildad, virtud tan significativa en todo el mensaje evangélico. La virtud tan propia de Cristo.

¡Inclinad vuestras cabezas ante Dios!

Inclinemos la cabeza: para que pueda abrazarnos la fuerza creativa de la verdad y del amor. Es la fuerza de la liberación. La fuerza, mediante la cual, el hombre se levanta, gracias a la cual, crece.

Que el Señor asegure a todos los pueblos el don inestimable de la paz

2. Hoy, 4 de marzo, mi pensamiento se dirige también al Santo venerado en común por polacos y lituanos: San Casimiro, hijo de la familia real de los Jagelloni. Al encomendarle sus dos patrias terrestres, satisfago también una necesidad del corazón.

3. Deseo además manifestar mi más viva participación y solidaridad paterna por el drama del pueblo napolitano, afectado por la enfermedad y la muerte de tantos niños pido de corazón al Señor para que haga cesar pronto prueba tan dolorosa y les devuelva la serenidad y la alegría de vivir.

4. En unión vuestra deseo reiterar al Omnipotente la súplica vivísima para que inspire y ayude el interés de todos los responsables a fin de que se apague todo foco de guerra y se asegure a todos los pueblos el don inestimable de la paz.

* * *

Después del Ángelus

Porque hoy comienzo los ejercicios espirituales de Cuaresma con los otros miembros de la Santa Sede. Nos encomendamos todos a las oraciones de nuestros queridos hermanos y hermanas.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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