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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 25 de marzo de 1979

 

1. "Laetare, Jerusalem: ¡Alégrate, Jerusalén!"

Con estas palabras comienza la liturgia de la Santa Misa de hoy, cuarto domingo de Cuaresma. Esta invitación a la alegría coincide con la fecha de la Anunciación del Señor que es, ya de por sí, fuente de alegría y de esperanza para todos los que junto con María aceptan este anuncio. Aunque, por causa de tal coincidencia con el domingo de Cuaresma, la solemnidad de la Anunciación se haya anticipado al día de ayer, sábado, seria difícil no recordar esta fecha: el 25 de marzo. Tanto más que la oración que rezaremos dentro de poco, el Angelus, nos recuerda precisamente la Anunciación de modo constante. "El Ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo".

Es, pues, ésta la solemnidad de la concepción virginal de Cristo en el seno de María por obra del Espíritu Santo. Meditando esta verdad central de nuestra fe, recordamos al mismo tiempo con qué espíritu acogió María el anuncio: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Vemos claramente por estas palabras que el Espíritu Santo llenó su corazón de la fe, esperanza y caridad que eran necesarias en aquel momento decisivo para la historia de la salvación del hombre.

2. Y he aquí que todos nosotros reunidos en este lugar y los que se unen a nosotros por medio de la radio o de la televisión para rezar hoy, como todos los domingos, la oración del Angelus, repetimos las palabras de María y a la vez meditamos todo el acontecimiento salvífico. Y mediante este acontecimiento aceptamos tanto más gustosamente la invitación cuaresmal que hoy nos hace la Iglesia " ¡Alégrate, Jerusalén!"

La Iglesia expresa así su alegría y, al mismo tiempo, invita a ella como fruto del trabajo espiritual que se realiza durante la Cuaresma.

La Cuaresma debe ser el tiempo del compromiso y del esfuerzo espiritual más que cualquier otro período del año litúrgico. Pero precisamente este esfuerzo, este trabajo da ocasión a la alegría. La Iglesia durante la Cuaresma vive en la perspectiva de la alegría de la resurrección. La invitación dominical de hoy a la alegría nos recuerda también esta perspectiva; pero es más aún la alegría que proviene del trabajo. Experimentamos tal alegría cada vez que dominamos nuestra pereza espiritual, la pusilanimidad, la indiferencia; experimentamos siempre la alegría cuando nos damos cuenta que somos capaces de exigirnos algo a nosotros mismos; que somos capaces de dar algo de nosotros mismos a Dios y al prójimo. Es una verdadera alegría espiritual la que nace del trabajo, del esfuerzo.

3. Por esto, el período de Cuaresma nos estimule a cumplir nuestros deberes cristianos. Encontremos la alegría que nos da la participación en la Eucaristía. Sea para nosotros la Misa dominical el punto culminante de cada semana. Volvamos a encontrar la alegría que proviene de la penitencia, de la conversión: de este espléndido sacramento de reconciliación con Dios, que Cristo ha instituido para restablecer la paz en la conciencia del hombre. Emprendamos el trabajo espiritual que la Cuaresma exige de nosotros para ser capaces de aceptar con toda la profundidad del espíritu esta invitación que nos hace la Iglesia hoy: "¡Alégrate, Jerusalén!"

4. Finalmente, deseo vincular con esta fecha de la Anunciación el anuncio de mi viaje a Polonia. Doy las gracias a la Conferencia Episcopal polaca por la invitación, como también a las autoridades civiles de Polonia. Verdaderamente son inescrutables los designios de la Providencia que permite celebrar así el 900 aniversario del martirio de San Estanislao al Papa que, hasta hace poco, era su sucesor en la sede episcopal de Cracovia. Confío este servicio papal en mi patria a la que en el día de la Anunciación dijo: "¡He aquí la esclava del Señor!".

Confío también a vuestras oraciones este servicio al que me preparo con alma y corazón.

5. Como sabéis, mañana será firmado en Washington el acuerdo de paz entre Egipto e Israel. Oremos intensamente para que este acontecimiento que sanciona la paz entre dos países, después de tantos años de guerras y tensiones, marque un impulso decisivo dado al proceso dinámico de la paz, que todos deseamos para toda la región del Oriente Medio, en el respeto de los derechos y para bien de todas aquellas poblaciones, y para que la fraternidad y la concordia vuelvan a reinar en la tierra bendita donde Jesús nació y vivió.


Después del Ángelus

Hace ya días recibí un telegrama de los estudiantes de un centro de Milán anunciándome que vendrían. Y ahora, a las 11.40, al oír el bullicio he pensado: ahí están, han llegado. Muy bien. Envío un saludo cordial a los estudiantes aquí presentes, en especial a los que han venido de más lejos, por ejemplo, de Milán. Les deseo que se preparen a la vida con seriedad y entusiasmo, aprovechando los años de la juventud para adquirir sólida formación cultural, moral y espiritual.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

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