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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 15 de julio de 1979

 

Hoy deseo llamar la atención de quienes participan en esta oración común de mediodía, sobre todos los hombres que cultivan el campo; es decir, sobre los agricultores. Ayer he recibido a los participantes en la Conferencia mundial para la Reforma Agraria y el Desarrollo Rural. Esa gran reunión, promovida por la FAO, nos pone ante los ojos el no pequeño número de hombres que, de modo sencillo, pero basilar, sirven la causa de la alimentación del prójimo, es decir, los hombres que cultivan la tierra: son precisamente ellos los que de hecho nos alimentan. Por eso se les debe una incesante gratitud y el constante recuerdo de su duro trabajo. El respeto por su profesión requiere no sólo que esa profesión tenga un reconocimiento social, sino también que produzca a los agricultores una debida remuneración y les ponga en condiciones adecuadas para su sostenimiento y el de sus familias.

La Sede Apostólica ha dedicado a este problema mucha atención. Dan testimonio de ello documentos pontificios de gran importancia, como por ejemplo las Encíclicas Mater et Magistra y Populorum progressio, así como el discurso de Pablo VI a la Conferencia mundial de Alimentación el año 1974. Por mi parte he hablado más de una vez sobre este tema del trabajo de la agricultura, sobre todo con ocasión de mis viajes a México y Polonia.

No puede escapar a nuestra atención el problema de una justa actitud en relación con el trabajo agrícola, dada su fundamental importancia para la vida cotidiana de toda la sociedad. Y no podemos olvidar el problema del mundo rural, especialmente en los países del Tercer Mundo, donde la gran mayoría de la población vive de la tierra y de ella depende para su propio desarrollo.

En los diversos países son muy diferentes las condiciones del mundo rural y del trabajo agrícola, así como la posición social de la gente del campo. Ciertamente, ello depende del grado de desarrollo de la técnica en agricultura, pero depende también de los justos derechos y de las leyes de la política agraria, del nivel de toda la ética social. ¡Hay que desear para todos los agricultores del mundo que a su trabajo, tan valioso no se añada jamás el sentimiento injusto de hallarse socialmente marginado! El abandono del trabajo de la agricultura se explica en cierto modo con el progreso de la técnica, pero se produce también por situaciones objetivas injustas, las cuales hacen que, en circunstancias concretas, la gente rural no tenga la posibilidad de asegurarse un nivel mínimo de vida. Sería peor que esa huida fuese provocada por otros motivos que rebajan el rango social de los agricultores.

En el ámbito de este breve discurso no es posible aludir a todas las importantes cuestiones que este tema plantea. Deseo, sin embargo, que en esta invitación a la plegaria, todos los hombres que cultivan la tierra encuentren la confirmación de la estima que su trabajo merece a los ojos de la Iglesia y que la Iglesia ha aprendido en Cristo. No puede ser de otro modo, si recordamos que Cristo definió una vez a Dios, su Padre, como "agricultor" o "arador" (cf. Jn 15, 1). Por eso, expresando nuestro respeto hacia todos los agricultores de cada uno de los países del mundo, rogamos a Dios "Agricultor", nuestro Padre celestial, que bendiga su trabajo, lo proteja de las calamidades naturales que pueden destruir el fruto del mismo, a fin de que se alegren de servir al prójimo asegurándole los necesarios medios alimenticios. Y rogamos también para que bendiga los esfuerzos de quienes se preocupan, a nivel nacional e internacional, por la promoción y el bienestar del mundo rural.

2. Os invito a todos a rezar por un país que está viviendo días de trágica tensión interna. Nicaragua. Como Padre de todos, me corresponde antes que nada una palabra de paz, una llamada a la solidaridad y al socorro de la gente que sufre, de la población que, desde hace semanas y semanas, ya al límite de las resistencias físicas y morales, soporta privaciones de toda índole.

Pienso en los muchos, demasiados, muertos que el conflicto entre hermanos está causando y, especialmente, en las víctimas inermes e inocentes, entre las que figuran muchos ancianos y niños; sin olvidar los saqueos y destrucciones que han devastado las principales ciudades y otros centros habitados, así como la creciente escasez de alimentos, medicinas y ayudas esenciales.

Ya de por sí, una situación tan dramática -que recuerda los días no muy lejanos del terrible terremoto, con la agravante de que ahora pesan en los ánimos no sólo las destrucciones sino también los odios y divisiones que la lucha agranda continuamente- debe estimular nuestra ardiente invocación al Señor para que Nicaragua no tenga ya más días de sufrimiento y de luto. Y que se encuentre, con buena voluntad, una solución de justicia y de verdadera paz social.


Después del Ángelus

Esta tarde tengo que dejar la Ciudad del Vaticano e ir a otro lugar que se llama Castelgandolfo. Lo hago por obediencia a la tradición y también para buscar un poco de reposo al mismo tiempo que continúan mis actividades de servicio a la Iglesia. Seguirán en Castelgandolfo nuestros encuentros de oración, los encuentros del Ángelus. No me atrevo a invitar a todos los presentes a hacer el domingo un paseo hasta Castelgandolfo, pero permaneceré unido en esta plegaria dominical. Gracias a todos los que han participado cada domingo en este encuentro. Deseo a todos unas buenas vacaciones.

Arrivederci Roma.

¡Alabado sea Jesucristo!.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

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