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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 25 de noviembre de 1979 Fiesta de Cristo Rey
1.
Nuestros pensamientos y corazones se dirigen hoy a Aquel que, a la pregunta de
Pilato: "¿Tú eres rey?", responde: "Yo para esto he nacido y para esto he venido
al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37).
Los tiempos en que vivimos nos exigen pensar cada vez más frecuentemente en esta
respuesta; nos piden buscar a ese Rey único, sentir nostalgia de Él,
desearlo cada vez más fervientemente. En efecto, qué maravilloso es este Rey que
renuncia a todos los signos del poder, a los instrumentos del dominio, a la
fuerza y a la prepotencia, y desea reinar solamente con la fuerza de la
verdad y del amor, con la fuerza de la convicción interior y del puro
abandono. ¡Este Rey es realmente único! Cuánto debe desearlo el hombre de hoy,
cansado de esos sistemas de ejercicio del poder, que en tantos lugares del globo
no ahorran al hombre opresión y violencia. Son formas de poder que tratan de
condicionar al hombre incluso en sus dimensiones más interiores, lo subordinan a
sistemas ideológicos sin tener en cuenta si esos sistemas corresponden o no a
sus convicciones, y hacen depender su vida cívica y social más de la aceptación
de esos sistemas que no de los méritos efectivos de la persona.
Qué maravilloso es este Rey, Jesucristo, que rechazó semejantes métodos de guiar
al hombre. Él dijo a Pilato: "Mi reino no es de este mundo; si de este mundo
fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los
judíos; pero mi reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Ha rechazado no sólo
todos los medios de ejercitar el poder sobre los demás mediante la fuerza y la
violencia, sino que se ha privado incluso del legítimo apoyo de defensa ante sus
perseguidores.
Todo esto para entrar en la vida del hombre con la sola fuerza de la verdad y
del amor, para obtener el reino de los corazones humanos, en todos los que son
capaces de escuchar su voz y de percibir su llamada. Y éstos no faltan; más aún,
son numerosos incluso allí donde hay silencio absoluto en torno a ellos, donde
son tratados como si no existiesen, donde están privados de los derechos
humanos elementales, que sólo se les garantizan a lo sumo teóricamente,
donde son encarcelados y procesados porque se reúnen juntos para orar o para la
lectura de la Palabra de Dios, o porque han transcrito textos litúrgicos para
uso de los fieles que quieren orar.
Y ni siquiera pueden, ciertamente conquistar los corazones humanos esos sistemas
que no reconocen la igualdad entre los hombres, que son todos hijos de Dios, y
para negarla se aprovechan de pretextos de raza, de cultura, de opiniones,
incluso pacíficamente expresadas, o no respetan exigencias de la dignidad física
y moral de las personas, comenzando por el derecho a la propia defensa, cuando
son acusados.
En todos esos sistemas de opresión y de persecución no faltan hombres que, a
precio de valentía y sufrimiento, dan testimonio de Cristo y eligen a
este Rey único, que reina en los corazones humanos sólo con la fuerza de la
verdad y del amor. Unámonos hoy a ellos de modo especial en la oración.
2. Después quiero haceros partícipes de los sentimientos que he experimentado
recientemente con grupos de obispos de Colombia, que han venido para su "visita
ad Limina".
Desgraciadamente el nombre de Colombia nos hace pensar hoy con estremecimiento y
conmoción en el terremoto que, hace dos días, ha sacudido esa tierra, sembrando
muerte y destrucción. Acoja Dios en su casa a cuantos han sido víctimas, y la
solidaridad cristiana y humana se comprometa a aliviar los sufrimientos de
cuantos se encuentran en el dolor y sin casa.
En Colombia ha crecido la semilla que, hace siglos, echaron los misioneros, y
hoy esa nación, que tiene casi 28.000.000 de habitantes, es católica en su
enorme mayoría, con una organización eclesiástica de 59 circunscripciones.
Ciertamente no faltan problemas, pero me resulta consolador saber que la Iglesia
puede contar en Colombia con el valioso trabajo de 3.150 sacerdotes diocesanos,
3.650 religiosos y más de 18.000 religiosas, amén de los millares de laicos
miembros de Movimientos apostólicos, todos generosamente comprometidos en la
evangelización y en la promoción humana, coordinadas por el Episcopado. Hay allí
signos de una cierta floración de las vocaciones: funcionan 19 seminarios
mayores con más de 1.000 alumnos, a la vez que se preparan para su consagración
a la Iglesia 450 aspirantes religiosos y 750 novicias.
Imploramos sobre la querida nación colombiana, por la intercesión de la Virgen
Santísima, que allí es invocada especialmente bajo la advocación de "Virgen de
Chiquinquirá", las más amplias bendiciones del Señor.
3. Esta tarde, los miembros de diversos sectores del apostolado de los laicos de
todas las parroquias de Roma, se reunirán conmigo, su Obispo, en la basílica de
San Pedro para reflexionar sobre su vocación a la luz de los documentos
conciliares, y para renovar el compromiso de ser ―siguiendo al Señor Jesús―
"testigos fieles" del señorío de Dios en la creación y en la historia del
hombre, construyendo una verdadera comunidad cristiana, capaz de anunciar el
Evangelio con generosidad y coherencia, participando en cada una de las esferas
de la vida contemporánea para formarla y animarla cristianamente.
Les pediré a ellos y ahora os pido a todos no echarse atrás frente a las
responsabilidades apostólicas, que se derivan del bautismo y de la confirmación,
y reafirmadas por la participación en la Eucaristía, sino entregar la aportación
propia para la construcción de ese Reino que, aun no siendo de este mundo, sin
embargo ya existe aquí abajo porque es para nosotros y está en medio de
nosotros.
Después del Ángelus
Un saludo paterno y cordial dirijo a los miembros del grupo musical recreativo
de Correos y Telégrafos de Milán, dependiente del Ministerio italiano de
Correos y Comunicaciones, aquí presentes en la plaza de San Pedro, como bien
hemos podido oír.
Queridísimos: Al manifestaros mi vivo agradecimiento por esta expresión de
bondad y por la espléndida ejecución musical que habéis tenido a bien
ofrecerme, me es particularmente grato impartir la bendición apostólica que
deseáis, a vosotros, a la gran familia de Correos y Telégrafos, y a cada una de
las personas.
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