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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 6 de mayo de 1979

 

La Iglesia dedica el IV domingo de Pascua al Buen Pastor. Esta es una figura muy interesante y querida para la antigua Iglesia de Roma, como consta por tantos testimonios históricos; es una figura rica de significado para cuantos están familiarizados con la Sagrada Escritura.

El Buen Pastor es Jesucristo, Hijo de Dios y de María, nuestro hermano y redentor; aún más, hay que decir que ¡Él es el único, verdadero y eterno Pastor de nuestras almas! Mientras se atribuye este título a Sí mismo, se apresura a justificar el motivo y la validez de esta atribución personal: en efecto, sólo Él conoce a sus ovejas y ellas le conocen (cf. Jn 10, 14); sólo Él da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); sólo Él las guía y conduce por caminos seguros; sólo Él las defiende del mal, simbolizado por el lobo rapaz. Pero Cristo, en esta obra admirable, no quiere estar y actuar solo, sino que quiere asociar colaboradores ―hombres elegidos entre los hombres en favor de otros hombres (cf. Heb 5, 1)― a los que llama con "vocación" particular de amor, les concede sus poderes sagrados y los envía como Apóstoles al mundo, para que continúen, siempre y por todas partes, su misión salvífica hasta el fin de los siglos. ¡Cristo, pues, tiene necesidad, quiere tener necesidad de la respuesta, del celo, del amor de los "llamados", para poder todavía conocer, guiar, defender y amar a muchas otras ovejas, inmolando, si es necesario, también la vida por ellas!

Por lo tanto, el IV domingo de Pascua, juntamente con la figura del Buen Pastor, recuerda también a quienes son elegidos y enviados a prolongar, en el tiempo y en el espacio, la misión (obispos y sacerdotes), y remite, además, al problema de las vocaciones eclesiásticas, motivo de tantas esperanzas y preocupaciones de la Iglesia. Teniendo presente que como afirma el Concilio― "el deber de promover las vocaciones sacerdotales compete a toda la comunidad cristiana" (Optatam totius, 2), y considerando la urgencia y gravedad de dicho problema, surge espontánea la idea de unir el domingo del Buen Pastor con la necesidad de recurrir a la oración ferviente y confiada al Señor. La oración realmente permite volver a descubrir continuamente las dimensiones del Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras que Cristo nos ha enseñado. Entonces advertimos cuál es nuestro puesto en la realización de esta petición: "Venga tu Reino... "; cuando oramos, entrevemos más fácilmente los "campos que ya están blanquecinos para la siega" (Jn 4, 35) y comprendemos el significado que tienen las palabras que Cristo pronunció al verlos: "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

Para la solución efectiva y consoladora del problema de las vocaciones, la comunidad cristiana debe sentirse, pues, comprometida, ante todo, a orar, orar mucho, con confianza y perseverancia, no dejando, además, de promover oportunas iniciativas pastorales, y de ofrecer, de modo especial por medio de las almas "consagradas", el testimonio luminoso de una existencia vivida en fidelidad a la vocación divina. Es preciso hacer dulce violencia al corazón del Señor, que nos hace el honor de llamarnos a colaborar con Él para la afirmación y dilatación de su Reino sobre la tierra, para que "la caridad de Cristo" (2 Cor 5, 14) despierte la llamada divina en el corazón de muchos jóvenes y en otras almas nobles y generosas, empuje a los vacilantes a una decisión, sostenga en la perseverancia a quienes han realizado su opción para servicio de Dios y de los hermanos. Dios conceda a todos comprender completamente que la presencia, la calidad, el número y la fidelidad de las vocaciones constituyen un signo de la presencia viva y operante de la Iglesia en el mundo, y motivo de esperanza para su porvenir.

Finalmente, dirijo una llamada particular y cordial a los jóvenes. Queridísimos, mirad al ideal representado por la figura del Buen Pastor ―ideal de luz, de vida, de amor― y, a la vez, considerad que nuestro tiempo tiene necesidad de recurrir a estos ideales. Si Cristo os mira con predilección, si os elige, si os llama a ser sus colaboradores, no vaciléis un momento en decirle ―como la Virgen Santísima al Ángel― vuestro generoso "Sí". ¡No tendréis pesar de ello; vuestro gozo será auténtico y pleno, y vuestra vida aparecerá rica de frutos y de méritos, porque os convertiréis con Él y por Él en mensajeros de paz, operadores de bien, colaboradores de Dios en la salvación del mundo!


Después del Regina Coeli

Saludo a todos. Saludo a la juventud salesiana. Tuvieron ayer una audiencia, pero estoy seguro de que muchos se hallan hoy también en la plaza. Saludo a los romanos que están aquí para rezar el Regina Coeli y dar expresión vital a nuestro gozo pascual, a nuestro gozo con la Virgen. Esta oración nos lleva a tomar parte en el mismo gozo de Maria. Con estas palabras me despido y os deseo un domingo feliz.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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