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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 2 de marzo de 1980

 

1. Hoy es el segundo domingo de Cuaresma.

Sí, hace una semana, la liturgia nos llevó al monte donde Cristo fue tentado, hoy nos dirige al monte de la Transfiguración del Señor.

A este monte el Tabor, según la tradición― Jesús llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago y se transfiguró ante ellos, de tal manera que sus labios repetían las palabras que salían de sus corazones extasiados: "Maestro, ¡qué bien se está aquí!" (Lc 9, 33).

El recuerdo de la tentación al comienzo de la Cuaresma era necesario para que la Iglesia ―y en h Iglesia cada uno de nosotros― tuviese conciencia de la prueba que atraviesa.

El recuerdo del monte de la Transfiguración en el domingo de hoy es necesario para que la Iglesia ―y en la Iglesia cada uno de nosotros― posea la conciencia de la gracia, cuya plenitud tiene en sí Cristo, crucificado y resucitado.

La gracia acompaña a las pruebas del camino terrestre del hombre y de la Iglesia, acompaña al sufrimiento y a las fatigas, e incluso a las caídas. Las penetra así, como en el momento de la Transfiguración, esa luz que penetró el cuerpo terrestre de Cristo. Lleva consigo el anuncio de la resurrección.

Si es necesario que en este período de 40 días la Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― tenga la conciencia de la prueba a la que está inevitablemente sometida su vida en la tierra, al mismo tiempo, es necesario también que tenga la certeza de la gracia, que Dios no le rehusará en Cristo: el Padre en el Hijo.

"Este es mi Hijo elegido, escuchadle" (Lc 9, 35).

La Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― debe tener la certeza de la gracia, cuya condición es la obediencia a Cristo. Esta obediencia significa, simultáneamente, el más pleno abandono.

A la luz de los acontecimientos del monte Tabor se delinea una vez más con claridad el camino de la conversión cuaresmal. De él forma parte esta obediencia a Cristo, que engendra la esperanza y la magnanimidad. La Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― al confiarse a Cristo, puede responder a las exigencias y a los deberes que le pone delante el Evangelio del amor de nuestro Señor.

2. La Iglesia en el período de Cuaresma ruega por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Este es un problema en el que no se puede pensar de otro modo, sino remitiéndose a la gracia, cuya plenitud está en Cristo crucificado y resucitado.

Recemos todos nosotros para que se llenen los seminarios eclesiásticos y los noviciados, para que cada una de las Iglesias, y también las comunidades ―parroquias, congregaciones religiosas― puedan mirar confiadamente hacia el futuro, seguros de que no faltarán esos operarios que el Señor manda "a su mies" (Mt 9, 38); que no faltarán los sacerdotes, que dedicándose "exclusivamente" al reino de Dios, celebren la Eucaristía, prediquen la Palabra del Señor y realicen el ministerio pastoral: que no faltarán las personas, hombres y mujeres, capaces de una entrega completa de su vida al Esposo Divino en el espíritu de pobreza, castidad y obediencia, como testimonio ''del mundo futuro", impulsados a esto por el amor ilimitado hacia el prójimo.

Oremos todos para que los jóvenes, muchachos y muchachas, descubran en ellos mismos la gracia de la vocación, como un don particular para la Iglesia, don que Cristo mismo injerta en sus corazones; y para que sigan esta llamada sin volverse hacia atrás (cf. Lc 9, 62) y sin tener miedo de la propia debilidad del espíritu de este mundo, y del "príncipe de las tinieblas".

Si oramos por esto, entonces estaremos ciertos de que el Señor de la mies responderá a nuestra petición si demostramos la total obediencia a Cristo según las palabras que se oyeron en el monte de la Transfiguración:

"Este es mi Hijo elegido, escuchadle'' (Lc 9, 35).

No de otro modo. No de otro modo. Entonces no podremos abrigar encubiertamente, sospechas o dudas sobre la esencia del sacerdocio ministerial, sobre la tan justa plurisecular praxis de nuestra Iglesia, que une el sacerdocio a la disponibilidad de servir a Cristo y a la Iglesia "con corazón indiviso". No podemos dudar de la potencia de Cristo, de la obra de su gracia. Debemos pensar hasta el fin junto con Él, aceptando que lo que parece imposible para los hombres, sin embargo, es posible para Dios (cf. Mt 19, 26).

Es necesario, pues, orar por las vocaciones y es necesario orar, fiándose ilimitadamente ―sin reservas― de esta gracia, cuya plenitud se halla en Cristo, Hijo predilecto del Padre. Orar así, quiere decir convertirse. La Cuaresma es tiempo de la conversión.

3. Deseo también hoy agradecer a Dios la gracia de los ejercicios espirituales, en los que he podido participar durante la semana pasada, junto con los representantes de la Curia Romana.

El predicador ha sido el arzobispo Lucas Moreira Neves. El Señor le recompense por su trabajo.

La Cuaresma es el tiempo particularmente adecuado para estos "ejercicios espirituales", que nos permiten renovarnos interiormente. Deseo esto a todos mis hermanos y hermanas en la Iglesia, sobre todo en la Iglesia romana.

Si la vida contemporánea crea nuevos obstáculos en este campo, es necesario buscar nuevos métodos y nuevas posibilidades. Hay que buscarlos necesariamente. Es demasiado grande la gracia de la Cuaresma: ¡no la desaprovechemos!

María Santísima, a quien dirigimos ahora nuestra oración, nos ayude a vivir, vigilantes, este tiempo de gracia.


Después del Ángelus

Sé que están presentes en la plaza de San Pedro numerosos deportistas, que dentro de algunas horas asistirán al encuentro de futbol entre los equipos “Roma” y “Lacio”.

Quiero dirigirles mi afectuoso saludo y además el sincero deseo de que puedan pasar esta tarde algunas horas de auténtica serenidad y alegría, dando, en el campo, una demostración concreta de deportividad, de madurez, de respeto hacia los otros y de fraternidad.

A ellos y a los jugadores de los dos simpáticos equipos de la Urbe, mi cordial felicitación, acompañada de la bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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