JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 3 de agosto de 1980
Venid, aclamemos al Señor, / demos vítores a la Roca
que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, / vitoreándole al son de
instrumentos.
Entrad, postrémonos por tierra, / bendiciendo al
Señor, creador nuestro.
Porque Él es nuestro Dios / y nosotros su pueblo, /
el rebaño que Él guía (Sal 94 / 95 / 1-2. 6-7).
1. Estas palabras del Salmo las decimos en la
liturgia dominical de hoy. La Iglesia repite las mismas palabras todos los días
en la "Liturgia de las Horas". Son palabras que nos invitan a adorar a Dios,
a la veneración que se le debe, la veneración que el hombre manifiesta no
solamente en lo íntimo de su alma, sino también con su comportamiento exterior.
2. Dentro de pocos días, en la fiesta de la
Transfiguración del Señor, se conmemorará el segundo aniversario de la muerte
del Papa Pablo VI, que tuvo lugar aquí en Castelgandolfo el día 6 de agosto.
Entre las muchas imágenes que han fijado la figura
de este gran Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro hay una especialmente
sugestiva. Pablo VI, durante su peregrinación a Tierra Santa, inmerso en
la oración, profundamente inclinado, está de rodillas sobre la desnuda tierra,
en el lugar por donde, en tiempos, pasaron los pies del Hijo de Dios.
Visitando otros diversos lugares de la tierra, el
Papa Pablo solía, tras el aterrizaje del avión, iniciar su visita besando la
tierra a la que había llegado. Yo he tomado esa costumbre de él y la observo
fielmente.
Creo que ese gesto expresa precisamente lo que proclama el Salmo de hoy:
"Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo la Señor creador nuestro".
Hay momentos en que el hombre siente la necesidad de
un especial empequeñecimiento ante Dios, presente en el mundo y en los hombres;
de una especial manifestación de la veneración hacia la Majestad del Creador,
hacia Aquel que es la "roca de nuestra salvación", Amor único y única santidad.
Toda la vida de Pablo VI estuvo llena de una tal
adoración y veneración hacia el infinito misterio de Dios. Precisamente así
vemos su figura a la luz de todo cuanto hizo y enseñó; y la vemos cada vez
mejor, a medida que el tiempo nos aleja de su existencia terrestre y de su
ministerio.
En estos días del segundo aniversario de su muerte,
encomendándolo de manera especial a Cristo Señor, recordemos con gratitud todo
el testimonio que este Siervo de los siervos de Dios dio del Dios vivo a
la Iglesia y al mundo.
3. Oyendo las palabras del Salmo de hoy,
preguntémonos si también nuestra actitud en la oración expresa la
veneración y la adoración que debería expresar, dado que nos encontramos ante
Dios, que estamos en intimidad con Él y hablarnos con Él. Ciertamente, la cosa
más importante en ese encuentro es la actitud interior. Sin embargo, esa
actitud se manifiesta también por medio de la exterior. Y aunque sean
posibles y útiles diversos gestos en la oración, no pueden, sin embargo, faltar
esos de que habla hoy El Salmo: "Venid, de rodillas ante el Señor"; más aún,
"postrados adoremos". Porque solamente estando en actitud de adoración ante el
Señor, podemos también aclamarle con "cánticos de gozo".
Como sabéis, ayer por la mañana en la estación de
Bolonia una tremenda catástrofe sembró el luto y el llanto en muchas familias.
En la hora del día y en el período del año en que el tráfico ferroviario es más
intenso y las personas esperan las merecidas vacaciones, una terrible explosión
devastó parte del edificio, envolviendo en el derrumbamiento a centenares de
viajeros que se agolpaban en los diversos lugares del conjunto ferroviario.
Apesadumbrados y turbados por tan grande e
imprevista tragedia, elevemos nuestra conmovida plegaria de sufragio por las
numerosas víctimas y de consuelo para los heridos y sus familiares; haga el
Señor que, aun en la desventura, es siempre Padre amoroso y misericordioso,
sentir a todos su presencia misteriosa y consoladora.
A todos cuantos lloran por causa de esta inmensa tragedia, deseo asegurar que
estoy junto a ellos con el afecto, con la oración y, de modo especial, con la
confortadora bendición apostólica.
Después el Ángelus
Quisiera invitaros a dirigir vuestro pensamiento a una nación y un pueblo que
están distantes geográficamente pero que siento muy cercanos a mi corazón.
Hoy regresa a su patria un primer grupo de obispos vietnamitas, que han estado
en Roma para la visita "ad Limina". Con ellos he podido conversar sobre
diversos aspectos de la vida de la Iglesia en su país. Esta visita, este
encuentro es signo y actuación de la colegialidad que une al Sucesor de Pedro
con los sucesores de los Apóstoles, al Papa con los obispos.
Ellos proseguirán en sus respectivas diócesis la importante misión de Pastores.
Les saludo y les animo con todo el corazón juntamente con sus colaboradores:
sacerdotes, seminaristas, personas consagradas, laicos comprometidos en la
pastoral.
A las queridas poblaciones católicas del Vietnam, fieles en la fe y en la
adhesión a la Iglesia, de la misma manera que participan generosamente en el
esfuerzo de reconstrucción y en el espíritu de sacrificio de sus connacionales
al soportar las restricciones materiales causadas, especialmente, por las
destrucciones de la guerra, -vaya mi estímulo y el más vivo deseo de alegría y
paz, con una paternal bendición apostólica.
A todos vosotros, mi cordial bienvenida y mi sincero agradecimiento por el gesto
gentil que, siguiendo una ya tradicional costumbre, también este año habéis
querido renovar con motivo de la feria del melocotón: habéis querido, muy delicadamente, apresuraros a traerme personalmente un
cesto de esos excelentes frutos de vuestra tierra. Me alegra comprobar en esa
iniciativa un testimonio de la cortesía que distingue a los habitantes de esta
ciudad, para mí tan querida. Deseo, por tanto, expresar la viva gratitud que
siento hacia vosotros y vuestras familias, así como a todos cuantos
representáis.
El melocotón, fruto gustoso y aromático, orgullo de estas colinas ubérrimas, no
representa solamente una fuente de ganancia para quien lo cultiva, sino que
puede también constituir el vehículo de un mensaje de frescor y alegría. Su
sabor y su fragancia son una invitación a descubrir las genuinas riquezas de la
naturaleza y a reconocer, al mismo tiempo, en ellas la generosidad del Creador,
amoroso dador de "todo don perfecto" (cf. Sant 1, 17).
Mi deseo es que todo creyente, ante este, igual que ante los otros frutos de la
tierra, sepa ponerse en la óptica de San Pablo, el cual veía en la comida
material "alimentos creados por Dios para que los fieles, conocedores de la
verdad, los tomen con acción de gracias" (1 Tim 4, 3). Con éste
deseo, al renovar a todos el testimonio de mi vivo reconocimiento, me complazco
en impartiros, como prenda de abundantes favores celestiales, sobre vosotros y
sobre vuestros familiares y amigos la propiciadora bendición apostólica.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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