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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 18 de enero de 1981

 

1. Comienza hoy la semana anual que ve a los cristianos: católicos, ortodoxos, protestantes, reunirse en la plegaria por la unión.

Si os lo recuerdo, hermanos y hermanas aquí presentes, es porque todos queremos participar con convicción, entusiasmo, perseverancia, en la búsqueda de la unidad plena. Jesucristo mismo oró al Padre para que todos sus seguidores sean una sola cosa (cf. Jn 17, 21).

La unidad es una característica y una exigencia de la Iglesia católica. Los disensos, las divergencias, la división son contrarios al plan de Dios. Sin embargo, las vicisitudes de la historia y el espíritu del mal han llevado a los cristianos a dolorosas divisiones. Pero el Espíritu del Señor ha suscitado el movimiento ecuménico, que en los últimos decenios ha encaminado decididamente a los cristianos hacia la plena unidad.

La oración está ya en el origen de este movimiento, ella acompaña, anima y sostiene su búsqueda, con la esperanza de que, resuelta finalmente toda divergencia, se pueda tener la celebración común de la Eucaristía, al final de este lento, pero progresivo camino.

Es justo recordar hoy al sacerdote Couturier, apóstol convencido de la importancia de la oración por la unidad. Este año, precisamente durante esta semana, se celebrará en Francia el centenario de su nacimiento (1881-1981). Juntamente con él es obligado recordar con gratitud a todos aquellos, tanto católicos como miembros de otras Iglesias, que han promovido y estimulado, a veces entre incomprensiones, esta praxis. Y entre ellos hay que mencionar, el primero, a mi gran predecesor León XIII, el cual, desde 1895, recomendaba a los católicos un novenario de oraciones por la unidad, durante el período de Pentecostés (Carta Provida Matris).

El tema de la semana de oración, este año, es denso de contenido y muy sugestivo: "Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu... un solo cuerpo" (cf. 1 Cor 12, 3b-13). La variedad de los dones, de los ministerios, de las tareas dentro del Pueblo de Dios proviene del mismo y único Espíritu y está orientada a la utilidad común y a la articulación armónica de un solo cuerpo, esto es, del Cuerpo místico de Cristo.

Por esto, cada uno está llamado a dar su aportación de vida, de acción, de estudio, de plegaria. A esto os invito con insistencia y confianza.

También ahora rezamos a la Madre de Dios, la Theotokos, a fin de que por su intercesión, el Señor Jesús conceda a los cristianos la abundancia de los dones de su Espíritu de modo que puedan alcanzar la perfecta unidad y dar así, en nuestro tiempo, un testimonio más eficaz de fe y de vida según el evangelio.

 


Después del Ángelus

2. Hoy mi pensamiento se dirige a la Iglesia caldea. El pasado octubre tuve la alegría de encontrarme con su Patriarca y sus obispos, que vinieron a Roma en visita "ad Limina Aposto-lorum".

Este encuentro fue un momento de particular importancia para la unidad eclesial y para la colaboración fraterna con los Pastores de esa Iglesia oriental, cuyos primeros comienzos se remontan a la predicación evangélica del Apóstol Tomás, el cual, recorriendo de nuevo los caminos de Abraham, Padre de nuestra fe, fue a anunciar la Buena Nueva a las riberas del Tigris y del Eufrates, fundando así la Iglesia caldea.

Los caldeos forman una comunidad de unos 500.000 fieles, divididos en 16 circunscripciones eclesiásticas: 9 en Irak, 3 en Irán y una respectivamente en Egipto, Líbano, Siria y Turquía. A su servicio se dedican tres comunidades religiosas: la Orden monástica de San Ormisda, la congregación de las religiosas caldeas de la Inmaculada Concepción, y las religiosas dominicas de Santa Catalina de Siena, de Mosul.

Los caldeos han permanecido siempre fieles a sus tradiciones de comunión con la Sede de Pedro y están sinceramente comprometidos a servir con amor a las naciones en que se encuentran. En cada una de las diócesis los Pastores están realizando una sana actualización pastoral y litúrgica, a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, y se preocupan por una formación espiritual e intelectual cada vez más profunda de los seminaristas.

Juntamente con vosotros, en el alba de este año que ha comenzado hace poco, presento a la Iglesia caldea mi saludo cordial y mis deseos de prosperidad, mientras, implorando del Señor y de la Virgen María el don de la paz entre Irak e Irán, deseo que las autoridades de estos países busquen en el diálogo y en las negociaciones la solución de sus conflictos y hago una llamada a los responsables de los Organismos internacionales para que no escatimen esfuerzo alguno, dirigido a restablecer el entendimiento entre las naciones y a hacer callar definitivamente el terrible estruendo de las armas, dondequiera que resuene

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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