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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 1 de marzo de 1981

 

1. Hoy deseo, ante todo, expresar mi gratitud a Dios por el "camino" por el que me ha conducido, en la segunda mitad del pasado mes de febrero, hasta Extremo Oriente. Este camino ha tenido dos etapas principales: Filipinas y Japón, con algunas importantes paradas a lo largo del recorrido: Karachi en Pakistán, la Isla de Guam en el Pacífico, y Anchorage en Alaska. La finalidad principal de mi peregrinación pastoral ha sido la beatificación de los mártires japoneses de Nagasaki, uno de los cuales es Lorenzo Ruiz, nacido en Manila en el siglo XVII: se trata del primer hijo de la Iglesia en Filipinas elevado a los altares.

En torno a este acontecimiento principal se ha desarrollado un amplio programa pastoral, cuyos detalles resultaría demasiado difícil puntualizar en el ámbito de este breve discurso con ocasión del "Angelus Domini". Convendrá hacerlo objeto de reflexión en otro momento. Hoy deseo solamente dar gracias a la Divina Providencia y también a la benevolencia humana, que se me ha demostrado en múltiples formas. Mi pensamiento se dirige no sólo a mis hermanos cardenales, obispos y a las diversas personalidades eclesiásticas y religiosas, sino también a las más altas autoridades de los respectivos países, lo mismo que a los responsables de las administraciones locales y a las muchas personas directamente vinculadas a la realización de este viaje. ¡Que Dios se lo pague!

2. Se ha grabado en mi memoria de modo particular un hecho sintomático para el significado religioso del viaje. Los católicos en Filipinas, desde hace siglos; tienen una veneración especial por el "Santo Niño". La veneración mayor la recibe en Cebú, que es la cuna primera de la evangelización en Filipinas, pero las manifestaciones de este culto se hallan por todas partes: en las iglesias y en las casas, en las familias. Este detalle ha adquirido para mí una elocuencia simbólica, que es doble. En esta Iglesia, que se ha desarrollado durante el curso de los siglos en el territorio del vastísimo continente asiático, en Extremo Oriente, Cristo es todavía casi un "pequeño", como un Niño que espera el tiempo necesario para crecer. La Iglesia en Asia, en Extremo Oriente, es realmente la "pequeña grey" del Evangelio. Sin embargo, recordemos, al mismo tiempo, lo que dice el Evangelio acerca de ese Niño que ―después de la amenaza de muerte por parte de Herodes y después de los años de exilio en Egipto―, dentro del silencio de la casa nazarena creció en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres.

Nuestros hermanos y hermanas de Filipinas han amado y aman de modo especial a Cristo-Niño: "el Santo Niño". Son el único pueblo católico en su mayoría dentro de los enormes territorios de Extremo Oriente. ¿Con qué metro quiere medir la Providencia Divina, en sus inescrutables designios, el crecimiento de este Niño en la sabiduría de los pueblos de Extremo Oriente, en los años y en las generaciones que se suceden, y finalmente en la misteriosa historia del desarrollo de la gracia divina, mediante la cual crece el Reino de Dios en el corazón de cada hombre y en la historia de la humanidad?

Después del regreso de mi primera peregrinación a Extremo Oriente, deseo orar aún más por esto con vosotros reunidos aquí, no menos que con toda la Iglesia.


Después del Ángelus

Está presente en este encuentro mariano un grupo de seminaristas menores de la diócesis de Brescia. Queridísimos jóvenes aspirantes al sacerdocio: Me complazco por vuestra adhesión espiritual a la persona del Papa y os exhorto a alimentar vuestra vida interior mediante la meditación asidua de las verdades de la fe y, sobre todo, en el coloquio íntimo con el Señor Jesús, Sumo Sacerdote, que os ha llamado a seguirlo de cerca.

La Virgen Santísima, fúlgida estrella de vuestro futuro sacerdocio, os obtenga corresponder digna y plenamente a esta llamada extraordinaria y maravillosa.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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