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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 22 de marzo de 1981

 

1. "Mira que estoy a la puerta y llamo" (Ap 3, 20).

Estas palabras del Apocalipsis resuenan en la liturgia de la Cuaresma y evocan ante los ojos de nuestra alma la imagen de Cristo que, particularmente en este período, llama a los corazones y a las conciencias de las personas humanas.

Llama para que se le abra, para que se comience el coloquio con Él, ese diálogo del que habló Pablo VI en su primera Encíclica. Sí, Cristo quiere hablar con cada uno de los hombres de nuestro tiempo, lo mismo que habló con Nicodemo o con la Samaritana, con el joven que salió a su encuentro y con la Magdalena. Cristo, el mejor interlocutor, que toca los problemas más profundos y más difíciles, y siempre con plena verdad y Clamor hacia el hombre.

Sí, Cristo quiere hablar con todos los hombres. Habla con cada uno incesantemente; habla con los ambientes, con las familias, con todas las naciones; habla de continuo con toda la humanidad; habla de los problemas fundamentales, de los problemas más importantes, de los cuales depende la dignidad del hombre en la tierra y su salvación eterna.

"¡Mira que estoy a la puerta y llamo!".

2. Durante la pasada semana el Consejo permanente de la Conferencia Episcopal Italiana, reunido en Roma, dirigió a los fieles un mensaje, con el cual les invita a considerar, a la luz del misterio de la pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor, sus responsabilidades con relación a la imagen de Dios, presente en toda criatura humana desde el primer instante de su concepción. Los obispos italianos recuerdan el compromiso de evangelizar incansablemente la vida con la fuerza de la palabra y con las obras de la justicia, iluminando y formando las conciencias, y apoyando toda oportuna iniciativa para una asistencia adecuada de la maternidad. En este contexto se sitúa el esfuerzo para grabar la ley divina en la vida de la ciudad terrena, a fin de que, sin equívocos, se garanticen "el valor de la maternidad y la plena tutela de la vida humana desde el seno materno".

He aquí algunas frases de este mensaje, preparado durante las reuniones del Consejo permanente, con la participación de otros miembros de la Conferencia Episcopal Italiana, y comunicado a todos:

"Es misión particular de la Iglesia y de nuestro ministerio episcopal volver a afirmar ante todo que el aborto procurado es muerte, es el asesinato de una criatura inocente".

"Nadie puede tener actitudes de condescendencia, o de cualquier modo pasivas, frente a la realidad del aborto".

"En la mentalidad y en las estructuras de la sociedad a la que pertenecemos, tenemos el deber de promover una lógica de vida, y tenemos el derecho de que esta voluntad se reconozca debidamente".

Se trata de un mensaje dictado por el sentido de responsabilidad pastoral, pero también humana y cívica. Cristo, que está a la puerta de las conciencias humanas y llama, habla mediante los que son sucesores de los Apóstoles y servidores de la salvación de cada hombre.

Hago mía su solicitud pastoral por cada uno de los hombres y por toda la sociedad. Y comparto con mis hermanos en el Episcopado esta solicitud. Se trata de nuestra solicitud común.

Los obispos escriben también: "Por esto, ellos (los cristianos) recurren a Dios con la oración, la penitencia, la expiación: individual y comunitariamente. Sólo de Dios viene la luz para ver, la valentía para resistir, la fuerza para dar testimonio".

Sí, es así. Las oraciones de toda la Iglesia, particularmente en el período pascual, que nos hace presente cada hombre, así como la lucha de la vida con la muerte, obtengan la luz a todas las conciencias para que madure en ellas el sentido de responsabilidad por toda vida humana concebida bajo el corazón de la madre, a fin de que la vida venza a la muerte.

Deseo recordar y encomendar a los hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles la colecta anual, que se realiza en el período cuaresmal y, en particular, el Viernes Santo, para salir al encuentro de las necesidades de nuestros hermanos cristianos que viven en la Tierra de Jesús. Al hacer mía la llamada que dirigió mi predecesor Pablo VI en su Exhortación Apostólica "Nobis in animo", del 25 de marzo de 1974, invito a todos los fieles a dar su aportación, destinada no sólo a favor de los Santos Lugares propiamente dichos, sino sobre todo para el sostenimiento y el desarrollo de las obras pastorales, caritativas y sociales a las que la Iglesia ha dado vida en esa tierra bendita, cerca de los santuarios y de los Santos Lugares.

Entre estas instituciones, me es grato recordar las 123 escuelas, los 3 seminarios menores, los 4 seminarios mayores, los 5 institutos de estudios superiores; la Universidad de Belén, los 7 hospitales, las 14 escuelas de párvulos y en centro "Effeta" para los pequeños sordomudos.

No dudo que todos los católicos del mundo se sentirán en el deber de ayudar, según sus posibilidades, a los hermanos que viven en la tierra santificada por la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo.


Después del Ángelus

Me dirijo ahora a los participantes en el congreso de estudio, promovido por el Movimiento de Maestros de Acción Católica, sobre el tema: "La educación moral en la escuela de párvulos y elemental".

El tema sobre el que habéis reflexionado estos días, hijos queridísimos, mira a un aspecto fundamental del iter formativo del niño; para que él pueda insertarse mañana activamente en una sociedad democrática, que intenta fundarse sobre el reconocimiento de los derechos humanos, es necesario que aprenda hoy a razonar y a decidir responsablemente, ejercitando la propia libertad en el respeto a la vida de los otros, y haciendo las propias opciones en armonía con una visión correcta del bien individual y del bien común. La escuela debe dar su aportación específica a este proceso fundamental de crecimiento humano. Que vuestro esfuerzo sirva para reavivar en los maestros la conciencia de su nobilísima misión. Os acompañe mi bendición apostólica.

Estoy contento de saludar a los miembros y a los invitados de la Sociedad de cristal y porcelana MEYHUI, de Bélgica. Aprecio el arte de vuestra profesión y vuestra atención a las relaciones amistosas entre vuestros clientes, y bendigo de todo corazón a vuestras familias.

Deseo saludar a los peregrinos de Zamosc. Tengo confianza en que, con vuestra estancia en la Ciudad Eterna y el contacto con los testimonios de los comienzos de la Iglesia cristiana, vuestra fe se profundizará y que llevaréis esta fe profundizada y reforzada a la patria donde todos tienen necesidad de ella siempre, pero especialmente en este momento.

Quiero saludar de nuevo a todos los presentes, a los sacerdotes, a las religiosas que son tan numerosas, a todos los romanos y peregrinos, dándoos las gracias por la comunión en la oración del Angelus Domini e invitándoos a los otros encuentros de plegaria y de meditación cuaresmal.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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