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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 26 de julio de 1981

 

1. Al reunirnos hoy, para nuestra común plegaria del "Angelus Domini", no podemos olvidar que en este día la Iglesia recuerda a los Santos Joaquín y Ana, padres de María de Nazaret. Por eso, el primer sentimiento que aflora en nuestros corazones es un sentimiento de gratitud hacia aquellos que dieron la vida a la Madre de Dios.

Por lo demás, Santa Ana goza de una veneración especial en la Ciudad del Vaticano, pues a ella está dedicada la parroquia que se encuentra dentro de sus muros.

2. La lectura del Evangelio en la liturgia de hoy, nos propone de nuevo (lo mismo que el domingo pasado) una de las parábolas sobre el Reino de Dios:

"El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

"El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra..." (Mt 13, 44-45).

Así, pues, a semejanza de un tesoro o de una perla de gran valor, el Reino de Dios -el Reino de los cielos - se encontraba escondido en aquella casa de Nazaret, en la que María, hija de Joaquín y Ana, se preparaba al momento de la Anunciación.

3. Nosotros, cuando meditamos sobre el acontecimiento de la Anunciación en la plegaria del "Angelus Domini", pedimos que el Reino de Dios -el Reino de los cielos- esté también escondido en nuestros corazones, en nuestras familias, en todo el campo de nuestra vida, a fin de que no se malgaste este tesoro, no se pierda esta perla de tanto valor, no se pierda por ningún motivo, ya que, "¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?" (Mt 16, 26).

¡Amadísimos hermanos! "Buscad primero el Reino de Dios... " (Mt 6, 33).

4. Deseo una vez más, en esta ocasión, dar gracias a Cristo Señor, porque el Congreso Eucarístico de Lourdes, que se concluyó el jueves pasado, ha contribuido ciertamente a reforzar el Reino de Dios en muchas almas.

5. Quiero referirme ahora a Italia, tan querida siempre para mi corazón: al participar vivamente en la alegría de los familiares que han visto liberadas las personas por las cuales hemos estado en ansia durante estas semanas, os invito a rezar para que también las demás personas, que están todavía secuestradas, víctimas de la violencia, puedan finalmente regresar a sus casas.

6. Y echando una mirada a la situación internacional, rezo también por todos los países donde la destrucción, el luto y el sufrimiento turban la pacífica convivencia y las gentes; en especial por el querido Líbano, tan tremenda y duramente probado.

7. Deseo finalmente repetir las palabras de Cristo a todos, incluso a aquellos para quienes estas palabras resultan lejanas y extrañas:

¡Buscad el Reino de Dios!

¡Buscad el Reino de Dios y su justicia!

"Buscad, pues, primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt 6, 33).


Después del Ángelus

Dirijo un saludo particular a todos los grupos reunidos en la plaza de San Pedro, de los diversos países del mundo, y os aseguro mis oraciones.

(En castellano)

Para vosotros, peregrinos de lengua española, la seguridad de mi gratitud y afecto.

(En polaco)

Saludo a mis connacionales que, como en años precedentes, vienen a Roma muy numerosos durante la temporada de verano. Vienen sobre todo jóvenes. Doy las gracias a todos los que se llegan hasta la tumba de San Pedro y rezan por mí. Este año tengo mucha necesidad de estas oraciones. También yo, en mi soledad, os recuerdo y rezo fervientemente por la patria y por todos los polacos.

(En italiano)

Finalmente quiero saludar una vez más a todos, italianos, romanos, peregrinos, deseando a todos un buen domingo. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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