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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Sábado 15 de agosto de 1981

 

1. ¡Alabanza a Ti, Hija de Dios Padre! ¡Alabanza a Ti, Madre del Hijo de Dios! ¡Alabanza a Ti, Esposa del Espíritu Santo! ¡Alabanza a Ti, María, Tabernáculo de la Santísima Trinidad!

Queridos hermanos y hermanas: Pronunciamos estas palabras con particular entusiasmo precisamente hoy, en la solemnidad de la Asunción de María Santísima. Con ellas expresamos la gloria de la Asunta. La expresamos rezando, como en todas las fiestas, el "Ángelus Domini".

2. En efecto, ya desde el momento de la anunciación fue revelado que la Virgen de Nazaret es el tabernáculo especialísimo de la Santísima Trinidad como Hija elegida del Padre Eterno para ser Madre de su Hijo en el misterio de la Encarnación. Y esto se cumplió con la admirable fuerza nupcial del Espíritu Santo, por obra del cual el Verbo Eterno se hizo carne en su seno materno.

3. Hoy María participa en la gloria de su Hijo, en aquella gloria que comenzó en su resurrección. Nos lo dice San Pablo con las inspiradas palabras de la Carta a los Corintios cuando escribe: "Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados... el primero Cristo, que es la primicia; después... los de Cristo" (1 Cor 15, 22-23).

¿Y quién perteneció a Cristo más que su Madre?

De modo que ¡Ella es la primera que participa en la gloria de la resurrección mediante su Asunción!

Y esta gloria que la Iglesia entera expresa en Oriente y Occidente a lo largo de generaciones, deseo yo proclamarla junto con vosotros, gozándonos en ella como se gozan la liturgia de hoy y los corazones de todos los creyentes.

Para consuelo y confirmación de nuestra fe, recordemos juntos la definición dogmática pronunciada por Pío XII, de venerada memoria, el 1 de noviembre de 1950: "Por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".

4. Pero en el gozo de esta proclamación y de esta plegaria común hay un motivo suplementario. Y es que después de tres meses de grave enfermedad, que casi no me permite dejar el hospital, puedo de nuevo dirigir hoy la oración común del Ángelus en la plaza de San Pedro, donde se congregan no sólo los habitantes de la Ciudad Eterna, sino también numerosos peregrinos.

Permitidme que emplee las palabras de la misma Madre de Dios: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1, 46-47).


Después del Ángelus

Deseo deciros que al rezar el Ángelus me he unido de manera especial a la comunidad de Castelgandolfo. que precisamente hoy celebra la fiesta parroquial tan querida para mí.

Si bien no se me ha dado, a diferencia de años pasados, el participar en ella, estoy espiritualmente presente entre vosotros, queridos hermanos y hermanas, y con vosotros glorifico a Nuestra Señora Asunta y os anuncio con alegría que mañana por la tarde estaré con vosotros.

En este día tan hermoso de la Asunción de Nuestra Señora, me complazco en invitar a los peregrinos de lengua francesa al gozo y la esperanza, pues María rica con la gracia única de Dios, no cesa de dar a conocer y hacer amar a su Hijo en un mundo que tanto lo necesita.

Saludo cordialmente a todos los peregrinos de habla inglesa que han venido a la plaza de San Pedro en esta fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Contemplemos cumplida en María la unión con Cristo por la que suspiramos y sigamos su ejemplo escuchando la Palabra de Dios en nuestros corazones. A vosotros y a vuestros seres queridos de vuestra patria imparto con afecto una especial bendición.

Con gran gozo asimismo quiero saludar a los visitantes de lengua alemana. Hoy, día de la fiesta de la Asunción de María, os doy a todos mi bendición pidiendo a la vez que también vosotros encontréis un día la plenitud en Dios.

Mi saludo más cordial a todos los peregrinos de lengua española que estáis presentes en la plaza de San Pedro, en este día de la Asunción de la Virgen Santísima. Os invito a pensar y empeñaros en ese género de vida honesta y cristiana que nos conduce a la meta feliz con Dios, a la que Ella ya ha llegado y en la que nos espera. A vosotros y a vuestros seres queridos doy con afecto una especial bendición.

Saludo también a los queridos peregrinos y oyentes de lengua portuguesa. Para todos deseo e imploro por medio de María, elevada al cielo en cuerpo y alma —Nuestra Señora de la Asunción—, unida siempre a Cristo en el dolor y la alegría, felicidad y gracias de Dios, a la vez que os bendigo de todo corazón.

Os saludo muy cordialmente en este día, amados peregrinos de Polonia, queridos compatriotas. Sabemos bien por qué nos es particularmente grato este día. Hay muchos motivos tanto religiosos como históricos. Están los motivos ligados a la vida de la nación, amante de la paz y del trabajo de los campos. Por esto llamamos Madre de las plantas a la Madre de Dios en el misterio de su Asunción al cielo. Personalmente recuerdo con emoción que este día bendecía las plantas o, mejor, los frutos del campo en Ludzimierz de Podhale y también en la basílica de María de Cracovia, e igualmente en tantos otros lugares. Es una fiesta de madurez, de la madurez que se manifiesta en la naturaleza. A un año de los significativos acontecimientos que han encaminado la vida social de nuestra nación hacia una madurez humana nueva, ruego con toda la Iglesia de Polonia y, siguiendo la petición de los obispos en su comunicado general, ruego con vosotros aquí presentes y con todos los compatriotas de Polonia y del mundo, para que se afiance esta madurez espiritual, social y patriótica. ¡Ruego por todos! Y con vosotros doy gracias a la Señora Asunta por ser la luz de nuestra vida aquí en la tierra y, yo diría, de modo particular en nuestra tierra polaca. ¡Alabado sea Jesucristo!

A todos los presentes, romanos y peregrinos, una vez más quiero desearles una feliz fiesta de la Asunción. El Ángelus de mañana se pronunciará y rezará aquí en este lugar, o sea, en la plaza de San Pedro. Os invito, pues, a volver a esta plaza. ¡Alabado sea Jesucristo!

También quiero deciros que el Papa siente el sudor, pero no a causa de la enfermedad, sino motivado por el sol del "Ferragosto". Hasta pronto.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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