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VISITA PASTORAL A COLLEVALENZA, ORVIETO Y TODI

JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 22 de noviembre de 1981
Solemnidad de Cristo Rey

 

1. "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 30-33).

Recordamos hoy estas palabras que la Virgen de Nazaret escuchó en la Anunciación. Las recordamos, al rezar el Ángelus en la fiesta de Cristo Rey.

El que había sido concebido en el seno de la Virgen es el Rey.

Y aunque, al ser acusado ante Pilato por afirmar que era rey, contestó: "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 36), aunque no haya heredado el trono terreno de David, sin embargo, reina "en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin".

Precisamente porque su reino "no es de este mundo" y se mide con un metro diverso del de los otros reinos terrenos y de las dominaciones temporales.

2. Se mide con el metro del amor, con el metro del amor misericordioso. Hace un año publiqué la Encíclica Dives in misericordia. Esta circunstancia me ha hecho venir hoy al santuario del Amor Misericordioso. Con esta presencia deseo confirmar de nuevo, de alguna manera, el mensaje de la Encíclica. Deseo leerlo de nuevo y proclamarlo nuevamente.

Desde el comienzo de mi ministerio en la sede de San Pedro en Roma, consideraba este mensaje como mi tarea particular. La Providencia me lo ha asignado en la situación contemporánea del hombre, de la Iglesia y del mundo. Incluso se podría decir que precisamente está situación me ha asignado como tarea ese mensaje ante Dios, que es Providencia, que es misterio inescrutable, misterio del amor y de la verdad, de la verdad y del amor. Y mis experiencias personales de este año, vinculadas con los acontecimientos del 13 de mayo, por su parte me mandan gritar: "Misericordiae Domini, quia non sumus consumpti" (Lam 3, 22).

Por esto rezo hoy aquí juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas. Rezo para profesar que el amor misericordioso es más potente que cualquier mal que se acumula sobre el hombre y el mundo. Rezo juntamente con vosotros para implorar ese amor misericordioso para el hombre y para el mundo de nuestra difícil época.

3. "Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto" (1 Cor 15, 20).

Hoy, mientras tratamos de abrazar con el corazón y con la plegaria el misterio del Reino de Cristo, volvemos a encontrar en Él de modo particular a los que nos han dejado, "a los que han muerto". Todo el mes de noviembre está dedicado al recuerdo de éstos: cercanos y lejanos, todos.

Sólo en este Reino que Dios ha establecido en Jesucristo, estos difuntos nuestros permanecen en unión con nosotros. Y nosotros con ellos.

"...si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida" (1 Cor 15, 22).

Profesamos la fe en la comunión de los Santos y en la vida eterna.

El Reino que "no es de este mundo" (Jn 18, 36), no tiene en cuenta los límites de la muerte y del sepulcro, a los cuales, en todo lugar de la tierra, está sometido "este mundo" y el hombre que vive en él.

Cuando profesamos este Reino, volvemos a confirmar la presencia en el mundo de Aquel, para quien todo existe: Deum, cui omnia vivunt, venite adoremus.


Después del Ángelus

Precisamente en la solemnidad de Cristo Rey del año pasado, un violento terremoto se abatía sobre las regiones de Basilicata y de Campania, provocando muerte, dolor, destrucción. En este momento, aquí, ante el santuario del Amor Misericordioso, recordamos en ferviente oración y confiamos al infinito amor de Dios Padre las almas de los hermanos y de las hermanas que perdieron la vida en aquellas terribles circunstancias. Pero debemos recordar y orar también por los supervivientes, por los que en aquel triste acontecimiento lo perdieron todo: casa, bienes, campos, puesto de trabajo, iglesias, pueblos. A un año de distancia muchos y graves problemas de carácter social no están todavía resueltos. Por esto, hoy, mientras dirijo a los hermanos y a las hermanas de las zonas afectadas por el seísmo mi afectuoso saludo de estímulo, siento la necesidad de dirigir una cálida invitación y una apremiante llamada a todos, para que cada, uno, según sus posibilidades y su área de competencia, dé una generosa, activa aportación para que las legítimas expectativas de esas queridas poblaciones no queden ulteriormente defraudadas.

Quisiera invitaros ahora a unir vuestras oraciones a las mías por otra intención en la que tengo mucho interés.

He sabido con viva pena que, en los días pasados, 11 padres javerianos han tenido que abandonar Burundi, y quiero hacerles llegar una palabra de consuelo por el sacrificio de haber dejado el campo del propio apostolado.

Pero, sobre todo, no puedo dejar de pensar con ansia en aquellas poblaciones y en toda la Iglesia de Burundi, las cuales quedan así privadas de la ayuda de estos sacerdotes.

Elevamos con filial confianza nuestras súplicas al Señor, por la intercesión de la Virgen Santísima, en favor de la Iglesia, de esos celosos Pastores y de todo el pueblo de Burundi

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

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