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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 24 de enero de 1982

 

1. Cito las palabras de la Declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, que habla de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas:

"La Iglesia mira con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma, como se sometió Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno" (Nostra aetate, 3).

2. En mis viajes apostólicos he recordado muchas veces estas palabras a los representantes de las comunidades islámicas y las he tenido presentes en los encuentros con los obispos de los países de África Noroccidental, que en los meses pasados han realizado la visita ad Limina Apostolorum. Son los obispos católicos que se hallan en Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Mauritania.

Me complazco hoy en saludar afectuosamente a todos estos queridos hermanos en el Episcopado, recordando especialmente al cardenal Duval, arzobispo de Argel.

Pero detrás de sus Pastores miro en este momento a las comunidades cristianas de Magreb. Se trata de comunidades pequeñas, formadas en su mayor parte por transeúntes y forasteros y cooperadores laicos provenientes de varias naciones, que se encuentran trabajando en esos países. Estas comunidades están llamadas naturalmente a mantener relaciones múltiples con sus hermanos musulmanes, a colaborar y entablar diálogos amistosos con ellos. Deben ser el signo y testimonio tangible del amor de Cristo para los musulmanes y para cuantos los reciben. A pesar de todas las dificultades comprensibles, el diálogo y la colaboración entre cristianos y musulmanes pueden desarrollarse y progresar basándose en el respeto, en la verdad y en la libertad, para bien de todos los hombres.

3. El Obispo de Roma ha recibido con particular veneración a los hermanos en el Episcopado provenientes de los países de África Septentrional, porque esta región fue uno de los primeros centros más florecientes de la fe y del pensamiento cristiano. ¿Cómo no mencionar a los seis mártires de Scilium, asesinados el 180 después de Cristo, en Cartago, por la fe, y las heroicas figuras de Perpetua y Felicidad, y los grandes obispos San Cipriano y San Agustín, todos ellos africanos auténticos, que hicieron de África Septentrional una de las más famosas comunidades eclesiales de vida cristiana?

Hoy, al recordar la visita ad Limina de los obispos de Magreb, encomendemos en la oración a todos nuestros hermanos en la fe, que forman la Iglesia de Dios en África Septentrional. Juntamente con los obispos recordemos a los sacerdotes, generosos y discretos, cuyo trabajo exige tanta abnegación. Quiero recordar, también, a las religiosas y almas consagradas a Dios: su figura humilde y sonriente las hace muy apreciadas y amadas ante los musulmanes. Encomendemos al Señor las familias cristianas y los jóvenes por el testimonio de vida, al que están llamados en esos países.

Pidamos además por nuestros hermanos que creen en un Dios único, y llevan con orgullo el nombre de musulmanes, esto es, "sometidos" a Dios y que confían en Él, a fin de que puedan caminar en la presencia de Dios con sinceridad de corazón, obrando la justicia, tratando de cumplir su voluntad y comprender en toda su riqueza y profundidad el misterio de Cristo.

Y por todos los cristianos de África Noroccidental y por cada uno de nosotros digamos: Concede, Señor, por intercesión de Aquella que te recibió la primera en la fe y ha manifestado al mundo el Salvador, que encuentren el camino de la salvación y "progresando en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor" (De la oración por los que no creen en Cristo del Viernes Santo).

4. Ayer se publicó una Carta que he dirigido a todos los obispos para invitar a los católicos de todo el mundo a orar por nuestros queridos hermanos y hermanas en la fe que viven en China.

Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, os invito a todos los que estéis aquí presentes a pedir conmigo a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Reina de China, por esa amada porción de la Iglesia de Cristo, a la que me siento cercano con particular afecto, y por esa noble nación.

En la gozosa circunstancia del año nuevo, que para los chinos comienza el 25 de enero, expreso mi simpatía y estima por todo el pueblo chino, al que envío un cordial deseo de prosperidad, de progreso y de paz.

Lo expreso con la tradicional frase de felicitación en lengua china: Gong-he Xin-xi -Gong-he Xin-xi (Feliz año nuevo).

5. También quiero pedir hoy a todos que rueguen por mi patria, en el espíritu de la Carta pastoral del Episcopado, que se leerá éste y el próximo domingo en toda Polonia.

En ella los obispos hablan de que se restablezca el funcionamiento normal del Estado, de la pronta liberación de todos los detenidos, del cese de las presiones por motivos ideológicos y de los despidos del trabajo a causa de las propias convicciones o por pertenecer al Sindicato.

"En nombre de la libertad escriben― creemos firmemente que es necesario restituir a los hombres del trabajo el derecho a organizarse en Sindicatos autónomos e independientes, y a la juventud el derecho a organizarse en asociaciones convenientes para ellos".

Y todo esto en nombre de la paz tan deseada por toda la nación.

Quiero asegurar a mis compatriotas que sus intenciones son también las mías.

La Iglesia, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, se afana para que se respeten los derechos del hombre y los derechos de la nación, como condiciones para la paz en el mundo contemporáneo.

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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