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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 7 de marzo de 1982


1. "¿El hombre es verdaderamente libre y responsable?"

Con ocasión de la plegaria del "Angelus Domini", vamos a meditar hoy también sobre el tema del próximo Sínodo de los Obispos: "La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia", teniendo ante los ojos el primer esquema de trabajo, preparado por la Secretaría del Sínodo. No sólo los obispos invitados al Sínodo están llamados a la reflexión sobre dicho tema, sino, en cierto sentido, todos nosotros: toda la Iglesia.

El tema tiene un significado fundamental. Nos plantea preguntas básicas, y nos exige igualmente respuestas comprometidas. La primera pregunta es la recordada al principio:

"¿El hombre es verdaderamente libre y responsable?"

2. ¿Por qué plantearse esta pregunta?

Porque sólo si el hombre es libre, si puede decidir de sí y de sus acciones, si es responsable del bien y del mal de ellas, sólo entonces está plenamente justificada, en relación con el mismo hombre, la invitación a la penitencia y a la reconciliación con Dios.

El hombre, al que se dirige Cristo cuando proclama: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 13), ha tenido la sencilla y fundamental conciencia de que esta invitación está justificada; que debe hacer penitencia, confesar los propios pecados, y convertirse.

En cambio, el hombre contemporáneo es propenso a pensar de sí mismo diversamente.

En efecto, se ha desarrollado en torno a él todo un conjunto de factores que condicionan su conducta, y que ejercen un influjo con fuerza premeditada y programada. El hombre contemporáneo se ve inducido a ceder a múltiples manipulaciones.

Además, el desarrollo de las diversas ramas de la ciencia acerca de la estructura sico-fisica del hombre mismo indica diversas esferas de condicionamientos y limitaciones interiores.

El hombre, pues, propende a pensar que, en fin de cuentas, no es verdaderamente libre y responsable. Está sometido a la tentación de reconocerse a sí mismo como "objeto" condicionado de múltiples maneras, como ''resultante, de las diversas fuerzas que, desde dentro y desde fuera, no le permiten ser libre.

3. Por lo tanto, ¿qué valor tiene la invitación de Cristo a la conversión y a la fe en el Evangelio? ¿Qué sentido tienen la reconciliación con Dios y la penitencia, en la misión continua de la Iglesia?

Sin embargo ¡y quizá también, sobre todo!―, la invitación se dirige al hombre, a cada uno de los hombres, para que se encuentre de nuevo a sí mismo.

Para que crea en sí mismo. Para que se convenza interiormente de que, a pesar de todo el juego de los múltiples condicionamientos, es un sujeto auténtico, un verdadero "yo" que decide de sí, de las acciones propias, del bien y del mal de estas obras.

¡Para que no eluda su verdadera libertad y su auténtica dignidad!

¡Benditas palabras de Cristo que, al poner al hombre ante la exigencia de la conversión, volvéis a despertar en él el servicio fundamental de su humanidad!

¡Que podáis llegar a todas las conciencias y a todos los corazones!

Oremos por esta intención.

4. Hay, además, otra intención que deseo confiar a vuestras plegarias, a la vez que dirijo un pensamiento de simpatía y solicitud también al querido pueblo de Guatemala, tan gravemente atribulado por tensiones crecientes y por una lucha fratricida que sofoca sus justas, legítimas aspiraciones a una civil convivencia pacífica y a un progreso ordenado.

Los obispos han expresado muchas veces su profunda preocupación por la inseguridad que enluta la vida de la nación, alzando la voz contra las injusticias sociales y contra las violencias que ni siquiera han perdonado a la Iglesia con el asesinato, o el secuestro, de sacerdotes, o de religiosos o religiosas.

"La Iglesia ―han declarado recientemente aquellos Pastores― suplica con vehemencia, en el nombre de Dios, que se detenga ya esta horrenda pesadilla de muerte y destrucción... La Iglesia permanece en actitud de diálogo franco y sincero en la búsqueda de la paz, la concordia y la unión de todos los guatemaltecos... Las ideas, en efecto, ni se imponen, ni se vencen con metralla, sino con ideas y conceptos superiores, y la única fuerza que destruye el error es la verdad, como la única fuerza que destruye el odio es el amor".

Roguemos para que esta invitación cristiana sea acogida por todos nuestros hermanos de Guatemala y que el Señor conceda pronto a ese atormentado país una paz estable y segura, en la libertad y en la justicia para beneficio de todos.

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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