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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 20 de junio de 1982


1. ¡Santo, Santo, Santo! Nuestro corazón se eleva, especialmente este día, a Dios que es la santidad misma. Dios, tres veces Santo, desea la santidad, y guía al hombre hacia ella por caminos que sólo Él conoce.

Cada vez que rezamos el Ángelus, se abre ante nosotros el camino principal, a lo largo del cual maduran los santos, durante el curso de la historia de la salvación.

"El Hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35), dice a la Virgen de Nazaret el Mensajero del misterio de la Encarnación.

"Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús", (Lc 1, 31). Jesús significa el Salvador, el que muestra al hombre los caminos de la salvación y lo guía por ellos. Como Hijo encarnado de Dios, Jesús es la fuente de la vida y de la santidad para sus hermanos y hermanas.

Él ha revestido de la santidad más grande a la que había elegido como Madre.

Al rezar el Ángelus, meditamos sobre la vocación de María a su santidad particular, y, a la vez, sobre la vocación a la santidad, en Jesucristo, de todos los hijos e hijas del género humano.

Hoy he podido inscribir en el catálogo de los Santos a uno de ellos: San Crispín de Viterbo. Es la primera vez que, durante mi servicio en la Sede de San Pedro, he tenido la dicha de realizar una canonización.

2. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35), dijo el Arcángel Gabriel a María, anunciando así que la santidad, que tiene su fuente en el Verbo Encarnado, es obra del Espíritu. Esta santidad es un vivo testimonio que el Espíritu de Dios da al espíritu humano, guiándole por los caminos, a veces difíciles, de la vida. Simultáneamente es un testimonio con el que el hombre, en su espíritu creado, responde al Espíritu Santo.

Por lo tanto, aunque la santidad nace de Dios mismo, a la vez, desde el punto de vista humano, se comunica de hombre a hombre. De este modo, podemos decir también que los santos "engendran" a los santos, así como podemos observar fácilmente que los hombres, de cuya santidad goza la Iglesia, se unen entre sí en familias espirituales, por motivos de proveniencia, de semejanza y de ejemplaridad.

El Santo, de cuya elevación a los altares se alegra hoy la Iglesia, ¿no pertenece acaso a una particular familia de santidad, que es la franciscana?

¡Cuán hermoso es que precisamente, con ocasión del VIII centenario del nacimiento del Seráfico de Asís, esa familia obtenga una nueva marca de santidad!

3. Por otra parte, "cada uno tiene de Dios su propia gracia" (1 Cor 7, 7), en cierto sentido, única e irrepetible. La santidad se vincula con ella, es decir, con el carisma personal, mediante el cual el Santo se distingue en la genealogía de los Confesores de la fe, e incluso en la propia familia religiosa.

Efectivamente, también el Santo que ha sido proclamado hoy, Fray Crispín de Viterbo, aun siendo hijo fiel y seguidor coherente de San Francisco, presenta una fisonomía personal y una respuesta singular a la propia vocación religiosa. Amante de la pobreza y de los pobres, lleno de confiado abandono en la Providencia, ejemplar en su servicio a todos los necesitados, destacó por la sabiduría de sus inspirados consejos y por una catequesis itinerante, realizada con virtuosa modestia y excepcional serenidad. Alabemos incesantemente al Señor que suscita siempre nuevos santos para consuelo nuestro.

¡Santo, Santo, Santo! Benedictus Dominus in sanctis suis et sanctus in omnibus operibus suis!

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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