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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 1 de agosto de 1982


1. "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).

La Iglesia nos recuerda en la liturgia de hoy estas palabras que pronunció Cristo en el momento de la tentación.

El domingo pasado, dimos gracias por el pan, que pertenece a la obra de la creación, y que es indispensable al hombre para la vida de su cuerpo.

Hoy damos gracias por la palabra que proviene de la boca de Dios. Esta es una palabra de la Suprema Verdad, y la verdad es indispensable al hombre para la vida de su alma.

Damos gracias, pues, por la palabra que "muchas veces y de muchas maneras dijo Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente nos habló por su Hijo" (cf. Heb 1, 1 s.).

Damos gracias por esta palabra que nos llega a través de la Sagrada Escritura de la Antigua y de la Nueva Alianza. Damos gracias por el Evangelio.

2. Cada vez que oramos rezando el Ángelus, nos percutamos con veneración de que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14).

Esta es la Palabra consustancial al Padre: Dios-Hijo. El Verbo era "al principio..., y el Verbo estaba en Dios" (Jn 1, 1 s).

Cada vez que repetimos el Ángelus, damos gracias por el misterio de la Encarnación del Verbo.

Y precisamente este Verbo Encarnado, Jesucristo, Dios-Hombre, dice: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).

El Verbo Encarnado es el Dador Altísimo de esas palabras de las que vive el hombre, de las que vive su alma humana, porque "salen de la boca de Dios". El Verbo Encarnado es el más generoso Dispensador de palabras de vida eterna.

3. Entre las palabras de vida eterna, pronunciadas por el Hijo de Dios, tienen un significado particular las que se refieren al Pan de Vida. Las recuerda la liturgia de este domingo, al hacernos leer de nuevo el pasaje del capítulo sexto del Evangelio según Juan.

Dice Cristo: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed" (Jn 6, 35).

Así, pues, "no sólo de pan vive el hombre": no sólo de alimento material.

En cambio, con la fuerza de la palabra a que sale de la boca de Dios", se convierte en Pan Cristo mismo: el Verbo Encarnado. Se hace Pan: manjar de las almas, alimento para la vida eterna.

Así dice a sus oyentes: "mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo" (Jn 6, 33).

Por lo tanto, no sólo de pan material vive el hombre. Es indispensable la Palabra de Dios y el Pan, que con la fuerza de esta Palabra, se convierte en el Cuerpo de Cristo: alimento de vida eterna.

4. En la liturgia eucarística hay dos mesas preparadas para nosotros: la mesa de la Palabra de Dios y la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Oremos para que todos se acerquen dignamente a estas dos mesas, recibiendo el alimento de la Vida Eterna. Oremos para que la vida eucarística crezca y se haga más profunda en nosotros y en toda la Iglesia.

5. En las semanas pasadas hemos sufrido mucho y hemos orado por las noticias que nos llegaban sobre la guerra en el Líbano: tantos muertos y heridos; dolor y privaciones en la ciudad de Beirut.

En estos últimos días parece que está llegando una ráfaga de luz; parece posible el entendimiento, quizá está cercano, después de casi dos meses de duros combates.

Estos son momentos decisivos para la paz en la martirizada tierra del Líbano; el camino aún será largo y lleno de obstáculos, pero es posible mirar el futuro con espíritu más abierto a la esperanza.

Por esto, os exhorto a intensificar la oración para que, lo más pronto posible, se consiga y se realice el acuerdo entre las partes. Quiera el Señor iluminar a los responsables en sus decisiones y dar confianza y constancia a cuantos laudablemente se afanan para facilitar el entendimiento. Que pueda el Líbano emprender de nuevo finalmente el camino de la paz y, con todos los otros pueblos de Oriente Medio, dedicarse serenamente a la obra de la reconstrucción y del progreso civil y espiritual.


Después del Ángelus

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, presentes aquí en la Plaza de San Pedro, y a los que, a través de la radio o la televisión, se han unido una vez más con nosotros para el rezo del “Ángelus”.

Estamos, amadísimos, en época de vacaciones, tan convenientes para el descanso de la persona humana. Que sea también un tiempo propicio para dar mayor firmeza a los verdaderos valores del espíritu y acercarse cada vez más a Dios y a los hermanos.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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