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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 5 de septiembre de 1982


1. Reflexionemos sobre el Evangelio de este domingo. Cuando fue llevado a Jesús un sordomudo, Él, "mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, 'ábrete'). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad" (Mc 7, 34-35).

El acontecimiento, lleno de profunda elocuencia, ha entrado en la liturgia del bautismo. Efectivamente, el sacerdote toca los labios y los oídos del bautizado, mientras ruega para que pueda muy pronto escuchar y anunciar la Palabra del Señor.

Oremos hoy por todos los que recibirán el bautismo: ya sean recién nacidos que mediante este sacramento comienzan a participar en la fe de la Iglesia por obra de los propios padres, ya sean catecúmenos adultos.

Oremos para que se profundice y se robustezca el significado de este sacramento.

Pidamos que el sacramento se convierta en la puerta de la fe y de la unidad del Pueblo de Dios, de la Iglesia.

2. "Effetá": entonces la orden se dirigió a un sordomudo, para que se abriesen sus sentidos y comenzasen a funcionar de modo normal.

"Effetá", la misma orden se dirige ahora al hombre interior, para que se abra a los divinos misterios, mediante la luz de la fe, mediante el amor, la esperanza. Para que viva, cada vez más intensamente, la vida divina injertada en su alma mediante el bautismo.

Reflexionemos hoy sobre esta orden.

Acojámosla siempre de nuevo, puesto que continuamente y siempre debe desarrollarse en nosotros lo que ha sido injertado por la gracia del bautismo.

Toda la vida del cristiano es, en cierto sentido, una gradual y constante colaboración con ese misterioso comienzo de la vida divina, recibida mediante el bautismo.

Oremos, pues, por todos los bautizados para que la gracia de este sacramento no la reciban en vano (cf. 2 Cor 6, 1), sino que dé constantemente frutos abundantes.

3. Y he aquí que ahora, al rezar el Ángelus, quisiéramos en cierto modo, dirigirnos con esta palabra "Effetá" al Arcángel, a fin de que, en nuestra oración, pronuncie una vez más las palabras de la Anunciación: "Dios te salve, llena de gracia..." (Lc 1, 28), y las siguientes tan conocidas.

Y quisiéramos pedir a la Virgen de Nazaret que también nuestra alma se abra, una vez más, como la suya, a la verdad y a la potencia de la Anunciación, repitiendo el "fiat": "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

"Effetá ".

Que se abra la historia del hombre y del mundo a esta excelsa gracia que se llama "Encarnación".

Que "el Verbo se haga carne" (cf. Jn 1, 14) por obra del Espíritu Santo.

Todos nosotros, pues, al rezar el Ángelus, damos gracias a Dios por haber abierto las "fuentes de la salvación" (Is 12, 3) en medio de la historia del hombre.


Después del Ángelus

Saludo con afecto a todos los peregrinos y grupos de lengua española, presentes en Castelgandolfo y en la Plaza de San Pedro, para recitar la oración mariana del “Ángelus”.

Que esta plegaria os sirva para aumentar vuestra devoción a la Virgen María, cauce seguro para crecer en la fe y en un amor más generoso al prójimo. A todos vosotros y a vuestros familiares, mi cordial Bendición.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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