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VISITA PASTORAL DE JUAN PABLO II A PADUA

ÁNGELUS

Domingo 12 de septiembre de 1982



1. De acuerdo con la tradición de la hora meridiana, rezamos ahora el Ángelus, en el marco de esta plaza estupenda dedicada a San Antonio.

María, Virgen de Nazaret, concibió por obra del Espíritu Santo, concibió al Hijo de Dios, al Verbo, de la misma naturaleza que el Padre.

Este "Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14): el hombre ha sido elevado a Dios por el hecho de que Dios se ha hecho hombre.

Recemos, pues, "el Ángelus", recémoslo frecuentemente, puesto que no podemos saciarnos jamás de esta verdad de la Encarnación de Dios y de la elevación del hombre.

2. Hoy, en este lugar, veneramos el recuerdo de San Antonio de Padua.

Antonio anunciaba a sus contemporáneos el Evangelio. Antonio realizaba con corazón abierto el ministerio del sacramento de la penitencia.

Antonio jamás podía saciarse suficientemente de la verdad de que Dios se ha hecho hombre, y de que el hombre ha experimentado la suprema elevación en Cristo.

¡Antonio de Padua se saciaba constantemente de esta verdad y constantemente tenía deseo de ella!

Gracias a este deseo de la verdad divina, su boca se abría para anunciar el Evangelio, y su corazón se abría hacia el ministerio de la penitencia.

Dios en Jesucristo estaba muy cercano a Antonio de Padua. Y se hacía muy cercano a los hombres, mediante el ministerio de la palabra y del sacramento ejemplarmente realizado por el Santo.

3. Que también a nosotros, reunidos aquí después de más de 750 años de su muerte, se nos haga cercano Dios en Jesucristo, por intercesión de San Antonio.

Recemos el "Ángelus", saciémonos de la verdad divina, y deseémosla siempre de nuevo.

En este deseo está el comienzo de la vida eterna.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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