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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 23 de mayo de 1982

 

1. "Alégrate, Reina del cielo, alégrate, angélica Señora. Hoy todos nos congratulamos contigo y cantamos llenos de alegría: Aleluya".

Cantamos este "aleluya" para expresar una alegría particular motivada por la resurrección de nuestro Señor, el día "después del sábado".

Cantamos la alegría de la Pascua anunciando todos los frutos del misterio pascual.

Hoy la Iglesia romana anuncia esta alegría debida a la elevación al honor de los altares de cinco de sus hijos. Son:

El Beato Pedro Donders, holandés, redentorista, que vivió en el siglo pasado. Enviado como misionero a Surinam, fue intrépido e incansable apóstol de los indios y de los negros, pero sobre todo de los leprosos.

Marta Rivier, francesa, que vivió al final de 1700, fundadora de un instituto de religiosas, consagradas a Dios con la misión de educar a la juventud en la fe.

María-Rosa Durocher, canadiense, que vivió en el siglo pasado. Fundó la congregación de los Santos Nombres de Jesús y María, dedicada a la educación de la juventud.

María Angela Astorch, española, que vivió entre el final del siglo XVI y la mitad del siglo XVII. Clarisa capuchina, fue una reformadora y una superiora modelo, encontrando la fuente profunda de su vida espiritual en la Sagrada Escritura y en la Liturgia de las Horas.

Andrés Bessette, canadiense, que murió a los 91 años, en 1937. Miembro de la congregación de los "Hermanos de la Santa Cruz", vivió en la oscuridad y en la humildad dedicándose al amor de los pobres y de los pequeños.

La Iglesia encuentra en estos nuevos Beatos un fruto maduro del misterio pascual, anuncia, pues, la alegría de la resurrección e invita a esta alegría a la Madre de Dios: Regina coeli laetare!

2. Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios..." (Lumen gentium, 41). "Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar continuamente a la Iglesia..." (1. c., 4).

En la liturgia del tiempo pascual hemos llegado ya al día 40 cuando Cristo "retornó al Padre", y ahora nos preparamos para el día de Pentecostés, mediante la novena más antigua, que Cristo mismo recomendó a sus apóstoles y discípulos, al irse al cielo.

Les recomendó perseverar en la oración hasta el día en que descendería sobre ellos el Espíritu Santo.

Los Apóstoles, pues, perseveraban en la oración con María, Madre del Señor, esperando el cumplimiento de la promesa.

La Iglesia nació, el día de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo, alma del Cuerpo místico de Cristo, sobre todos los congregados en oración dentro del Cenáculo, para implorar su efusión.

Es necesario que nosotros, estos días, hagamos la misma novena; que perseveremos orientados espiritualmente hacia el Paráclito: que también en nosotros nazca de nuevo la Iglesia, como nuestro camino y vocación a la santidad.

3. El clima de alegría, propio del tiempo pascual, continúa siendo perturbado con las noticias dramáticas que llegan de la zona del Atlántico Sur, donde la situación ha empeorado ulteriormente en las últimas horas. Las dos parte en conflicto han llegado al choque frontal: arrecia la batalla entre los dos ejércitos con sacrificio de muchas vidas humanas.

¿Cómo expresar la angustia y el dolor que estos acontecimientos suscitan en mi espíritu, profundamente amargado por noticias tan graves? La guerra, que ha sido siempre una calamidad, lleva hoy consigo una amenaza todavía más amplia y terrible, a causa del poder destructor que la tecnología moderna ha conferido incluso a las armas llamadas convencionales.

Deseo agradecer cordialmente a mis hermanos en el Episcopado, los cardenales de Argentina, así como al Presidente del Consejo Episcopal Latino Americano, y a los cardenales y arzobispos de Gran Bretaña, su participación en la concelebración eucarística de ayer, por la mañana, en la Basílica Vaticana.

Les doy las gracias, además, por la declaración conjunta que han suscrito.

Haciéndome eco de sus sentimientos, he enviado un mensaje a los responsables de las dos naciones, para pedirles, una vez más, que se afanen por el cese inmediato de las hostilidades y por la reanudación de las negociaciones.

Pido a Dios, por intercesión de la Virgen Santa, que haga prevalecer en los corazones sentimientos de prudencia y de comprensión, de manera que el conflicto se detenga antes de que sea demasiado tarde y puedan reanudarse las negociaciones interrumpidas, ya que sólo por este camino puede conseguirse una solución justa y duradera.

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

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