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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 24 de abril de 1983

 

Hermanos y hermanas, romanos y peregrinos:

1. No hay anuncio más alegre e importante para nuestra salvación que el que proclamaron los Apóstoles: "Verdaderamente ha resucitado el Señor" (Lc 24, 34). En Jesús el terrible duelo entre la muerte y la vida se ha resuelto en favor de esta última: Él es el Viviente, el Vencedor de las fuerzas del mal, el Señor de la historia (cf. 2 Cor 13, 4; Ap 5, 5; 1, 8; Flp 2, 11). No volvió a la vida de antes ―todavía encaminada a la muerte― como Lázaro, sino que asumió una vida nueva e imperecedera: "Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él" (Rom 6, 9).

2. Detrás de Él, Jesús atrae a todos los fieles, porque Él es "la primicia" y "el primogénito de los resucitados" (1 Cor 15, 20; Col 1, 18). Y en primer lugar Él atrae a su Madre, glorificada después del Resucitado, como la Iglesia ha comprendido siempre en armonía con la misión de la Virgen en el plan de la salvación.

Por esto, también nosotros, con las generaciones cristianas que nos han precedido, tenemos la alegría de proclamar el alegre anuncio: "María vive junto al Señor, vive una vida plena e imperecedera! ¡Por la gracia de Cristo, la muerte tampoco tiene dominio sobre Ella!".

Esta convicción es el presupuesto de la oración confiada que, al menos desde el siglo III, dirigen los fieles a María, invocándola en la antífona "Sub tuum praesidium", como Santa Madre de Dios, dotada de potencia, de pureza y de misericordia.

Con inmensa alegría contemplamos a María viva y glorificada después del Resucitado En Ella leemos prefigurado el destino de la Iglesia. Si somos fieles a Cristo, también nosotros seguiremos la suerte de María y veremos abrirse de par en par ante nosotros las puertas de la vida. Que su ejemplo confirme nuestra certeza, que su oración sostenga nuestro camino y nuestra esperanza.

3. Celebramos hoy la Jornada mundial por las Vocaciones. Este domingo, en el que la liturgia presenta a nuestra consideración la figura del Buen Pastor, estamos todos invitados a reflexionar sobre la necesidad que tiene la Iglesia de numerosas y santas vocaciones.

Quisiera exhortaros, ante todo, a dar gracias al Señor por el aumento de vocaciones que en este último período se va comprobando en no pocas diócesis del mundo. Esta nueva floración sirve de gran consuelo.

Pero como las vocaciones son don de Dios, es necesario intensificar las plegarias para pedir al Señor un número suficiente de operarios para su mies, que actualmente es tan abundante.

Que este Año Santo, en el que revivimos con particular intensidad el misterio de la redención, no falten en cada parroquia y en cada familia cristiana oraciones especiales a fin de que muchos tengan la dicha y la valentía de responder a la llamada del Señor.

Dirijo, pues, mi pensamiento en particular a las familias que tanta importancia tienen en facilitar el desarrollo de los gérmenes de la vocación. Deseo que tengan siempre gran estima y aprecio por el don de la vocación religiosa para sus hijos e hijas, sintiéndose honrados si el Señor quiere llamar a alguno de ellos para seguirlo de cerca, en el don de sí a Dios dentro de la vida sacerdotal o religiosa.

Recemos ahora por esta intención la oración "Regina coeli".

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

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