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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Milán, domingo 22 de mayo de 1983

 

 

1. "El Espíritu del Señor llena el universo, ¡Aleluya!" (Sab 1, 7).

Este canto gozoso brota hoy del corazón de todos los redimidos, en el Año Jubilar de la Redención. El Espíritu de Dios ha infundido vida nueva en nuestras almas y ha dado un nuevo impulso a la historia de la salvación: "Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría" (Prefacio pascual I).

María es el testimonio más alto de lo que el Espíritu de Dios puede hacer en el hombre, cuando lo renueva interiormente y lo hace piedra viva en un mundo nuevo. A la gracia proveniente del Redentor, Ella respondió con fiel obediencia a cada petición de Dios, a cada moción del Espíritu Santo: como humilde sierva, se entregó virginalmente al Señor; como hermana diligente, estuvo atenta a las necesidades de los demás: como madre, se consagró totalmente a la persona y a la misión de su Hijo Redentor, convirtiéndose en perfecta discípula y asociándose generosamente a Él en el único sacrificio que borra el pecado y nos reconcilia con el Padre. El Espíritu Santo le desveló paso a paso el oscuro camino de fe, le iluminó toda palabra y todo gesto del Hijo, la sostuvo en el dolor del Calvario y en el ofrecimiento supremo. Luego, después de la cruz, la configuró a Él en la gloria.

2. Pentecostés nos habla, sin embargo, también de la presencia de María en la Iglesia: presencia orante en la Iglesia de los Apóstoles y en la Iglesia de todo tiempo. En su puesto como simple fiel, pero la primera entre los fieles, porque es Madre, sostuvo la oración común y con los Apóstoles y los demás discípulos unió su voz en la imploración del don del Espíritu Santo, de aquel mismo Espíritu que la había cubierto con su sombra en la Anunciación haciéndola Madre de Dios.

Anunciación y Pentecostés: he aquí los dos momentos que se perpetúan misteriosamente en la Iglesia: lo que aconteció en Nazaret, lo que se realizó en el Cenáculo acaece cada día en todos los altares del mundo; es así como "el Espíritu del Señor llena el universo".

3. Queridísimos milaneses: Estos son los pensamientos que nos sugiere la actual solemnidad de Pentecostés, reunidos como estamos en esta histórica plaza de la catedral, velada por la "Madonnina", con sus miles de agujas levantadas hacia el cielo como manos en oración. Este monumento, símbolo famoso de la fe y civilización de Milán, despierta recuerdos y afectos que me unen a esta capital lombarda, porque he venido aquí varias veces y por diversas razones. ¿Cómo se puede renunciar a conocer una de las ciudades que ha vivido en profundidad el cristianismo desde la época del gran obispo Ambrosio? En Milán. San Agustín sintió su primera llamada a la fe y comenzó su prestigioso magisterio doctrinal y pastoral.

Hay también un motivo personal que me sitúa idealmente entre vosotros: me llamo Carlos, y mis padres, al ponerme ese nombre, me quisieron confiar a la protección de San Carlos Borromeo. Deseo finalmente recordar con particular afecto la figura de aquel que aquí en Milán fue arzobispo, es decir, mi predecesor Pablo VI, que si para mí fue un maestro, para vosotros y entre vosotros fue diligente e iluminada guía espiritual. La emoción común que vosotros y yo experimentamos al evocar su memoria, es también un vínculo y un símbolo de sincera amistad.

4. Al recordar estos acontecimientos, episodios y circunstancias que pertenecen ya al pasado, pero que han estado vinculados entre sí por un misterioso filón mariano como en preparación y prenda de este solemne encuentro que se desarrolla bajo la mirada de la Virgen Santísima, elevemos a Ella nuestros corazones e invoquémosla como Reina del cielo y de la tierra.

A Ella y a su materno patrocinio confiamos a cuantos han muerto en el trágico accidente ocurrido ayer en la autopista de las Flores. Intercedamos por la pronta curación de los heridos, imploremos el consuelo para las familias afectadas por tanto dolor. Que la Madre celestial socorra y consuele a todos.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

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