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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 1 de abril de 1984



1. Al concluir esta celebración nos disponemos a rezar el Ángelus reflexionando sobre "María y el sufrimiento humano".

"Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, congregaos". En esta antífona del IV domingo de Cuaresma me gusta entrever, en las palabras de Isaías que la liturgia aplica a la Iglesia, el misterio de la Virgen Madre, de su gozo y de su dolor maternal. Porque María es la verdadera Hija de Sión, compendio espiritual de la Jerusalén antiguo, comienzo y vértice de la Iglesia de Cristo; más aún, es la Nueva Eva, la Madre verdadera de todos los vivientes.

Hoy se la invita a gozar como Hija de Sión y Nueva Eva. Pues no se puede comprender el dolor humano si no es en el contexto de una felicidad perdida, y el dolor no tiene sentido si no es con la perspectiva de una promesa de felicidad. "¡Festejad a Jerusalén!".

2. El dolor de Jerusalén alabada por los Profetas era consecuencia de la infidelidad de sus hijos que habían provocado el castigo de Dios y el exilio de la patria. El dolor de esta misteriosa nueva Hija de Sión, María, es consecuencia de las culpas innumerables de todos los hijos de Adán, culpas que fueron causa de nuestra expulsión del paraíso.

Por tanto, de modo único se revela en María el misterio salvífico del sufrimiento y el significado y amplitud de la solidaridad humana. Porque la Virgen no sufrió por Sí misma, pues era la Toda Hermosa, la siempre Inmaculada; sufrió por nosotros por ser Madre de todos. Como Cristo "tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores" (Is 53, 4), también Ella fue abrumada como de dolores de parto a causa de una maternidad inmensa que nos regenera para Dios. El sufrimiento de María Nueva Eva al lado del Nuevo Adán Cristo, fue y sigue siendo el camino real de la reconciliación del mundo. "¡Festejad a Jerusalén. Alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto!"

3. En la figura de la Virgen Madre, sellada de dolor por la infidelidad de los hijos e invitada a rebosar de alegría por la perspectiva de su redención, se inserta nuestro dolor; también nosotros podemos ser "una partícula del tesoro infinito de la redención del mundo" (Salvifici doloris, 27), para que otros lleguen a compartir este tesoro y a alcanzar la plenitud de gozo que éste nos ha merecido.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

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