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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 15 de abril de 1984



1. A la hora del Ángelus, el pensamiento se centra hoy, al comienzo de la Semana Santa, en el Calvario, donde estaba junto a la cruz de Jesús la Madre (cf. Jn 19, 25), y también un joven, Juan, el discípulo al que amaba Jesús (cf. Jn 19, 26), el discípulo que en la última Cena reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor (cf. Jn 13, 25), "sacando de su seno los secretos de la sabiduría y los misterios de la piedad" (Ambrosio, De institutione virginis, 46). Él escribió y entregó a la Iglesia lo que los otros Evangelistas no dijeron: "Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre".

El largo, silencioso itinerario de la Virgen, que se inició con el "Fiat" gozoso de Nazaret y se cubrió de oscuros presagios en la presentación del Primogénito en el templo, encontró en el Calvario su coronamiento salvífico. "La Madre miraba con ojos de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo" (ib., 49). Crucificada con el Hijo crucificado (cf. Gál 2, 20), contemplaba con angustia de Madre y con heroica fe de discípula, la muerte de su Dios; "consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella; misma había engendrado" (Lumen gentium, 58) para ese Sacrificio. Entonces pronunció su último "Fiat", cumpliendo la voluntad del Padre en favor nuestro y acogiéndonos a todos como a hijos, en virtud del testamento de Cristo: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn 19, 26).

2. "He ahí a tu Madre", dijo Jesús al discípulo; "y desde aquella hora el discípulo la recibía en su casa" (Jn 19, 27): el discípulo virgen acogió a la Virgen Madre como su luz, su tesoro, su bien, como el don más querido heredado del Señor. Y la amó tiernamente con corazón de hijo. "Por esto, no me maravillo -escribe Ambrosio- de que haya narrado los divinos misterios mejor que los otros aquel que tuvo junto a sí a la morada de los misterios celestes" (Ambrosio, ib., 50).

Jóvenes: Acoged también vosotros a María en vuestro corazón y en vuestra vida: que sea Ella la idea inspiradora de vuestra fe, la estrella luminosa de vuestro camino pascual, para construir un mundo nuevo en la luz del Resucitado, esperando la Pascua eterna del reino.


Saludos en varios idiomas

Con esta solemne ceremonia se concluye el Jubileo de los Jóvenes. De modo que quiero dirigir a todos los jóvenes un afectuoso saludo y un cordial arrivederci. En primer lugar saludo y doy las gracias a los jóvenes italianos diciéndoles: Que Cristo Redentor sea siempre el amigo y guía de vuestro camino. Este es mi deseo y ésta es mi oración, en recuerdo de la experiencia de estos días.

Hemos celebrado, queridos jóvenes de España y de los diversos países de América Latina, el oficio litúrgico de este Domingo de Ramos, con el que concluye vuestro Jubileo del Año Santo. Al daros mi saludo cordialísimo de despedida, os recomiendo de nuevo que en el camino de toda vuestra vida, tengáis siempre presente a Cristo. Con Él, aun en medio de las pruebas, tendréis la esperanza, de caminar hacia la resurrección.

Queridos jóvenes: Vuestra peregrinación jubilar llega a su fin. Comienza la gran semana que nos lleva a la Pascua. Seguid el camino de Cristo a quien hemos aclamado en esta celebración de Ramos. Sed siempre fieles al Redentor de todos los hombres, sed testimonios de El ante el mundo.

Hoy hemos orado juntos, amados jóvenes de habla inglesa, con Jesucristo, Hijo de Dios a Hijo del Hombre, el único que da alegría a vuestra juventud y sentido a vuestra vida. Recordad siempre que Jesucristo es el motivo por el que habéis venido a Roma Él constituye la razón de ser de este Jubileo de nuestra redención.

Os saludo cordialmente, queridos jóvenes amigos, al final de esta celebración jubilar. Os animo a vivir la vida sacando siempre de Cristo fuerza, libertad y amor. Quien busca la amistad de Cristo y camina con Él encuentra motivación y sentido para su vida.

Queridos jóvenes hermanos y hermanas de lengua portuguesa: Al final de esta liturgia de vuestro Jubileo os saludo a todos cordialmente. Cristo sea, el compañero de vuestro camino y la guía de vuestra vida, iluminada por el amor la alegría y la libertad de los hijos de Dios.

Mis queridos jóvenes, amigos y compatriotas peregrinos del Año Santo de la Redención: Acabamos de concluir el Jubileo de la juventud con la espléndida liturgia del Domingo de Ramos. Con vosotros doy gracias a Dios porque habéis podido venir a la gran comunidad de corazones jóvenes, vivir con suma profundidad el secreto de la redención y redescubrir una vez más la gran verdad de que Jesucristo, Redentor del mundo, es el mejor amigo de cada uno de vosotros, así como el modelo insuperable de la humanidad; Él es también fuente de verdad, felicidad, libertad y amor.

Saludo a todos los jóvenes croatas presentes en la plaza de San Pedro. Portad a vuestra patria en regalo a todos vuestros compatriotas, las gracias y alegrías del Jubileo de la Juventud.

Saludo también de corazón a los jóvenes eslovenos. Jesucristo, que os ha traído a Roma, sea siempre vuestro amigo y guía.

Deseo manifestar mi sincero agradecimiento a los señores cardenales y a los obispos y sacerdotes que estos días del Jubileo de los jóvenes han desarrollado las distintas catequesis en lenguas diferentes y han presidido las celebraciones eucarísticas, dando así su aportación personal al testimonio de fe que ha caracterizado el Jubileo de la Juventud. Doy las gracias cordiales a todos los organizadores que se han prodigado con afán y competencia; doy las gracias al Pontificio Consejo para los Laicos, a las varias Asociaciones y Movimientos y a cuantos han colaborado.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

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