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VISITA PASTORAL A SUIZA

JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 17 de junio de 1984



Queridos hermanos y hermanas:

1. A la hora del Ángelus de este domingo de la Santísima Trinidad he llegado casi al final de mi visita pastoral a la Iglesia que está en Suiza.

Es, pues, muy natural que piense en el lema elegido para caracterizar este viaje apostólico:

"Abiertos al Espíritu de Cristo".

¿No es la Virgen María el modelo por excelencia de apertura del corazón al Espíritu Santo?

2. Siguiendo una feliz tradición de la Iglesia católica, el Ángelus recuerda cada día el alba de nuestra salvación: el anuncio a María, la respuesta suya ―su Fiat― y la Encarnación del Hijo de Dios en su seno.

Su gozoso "Fiat" de Nazaret testimonia su libertad interior, toda ella confianza y serenidad. No sabía cómo iba a realizarse el servicio del Señor, ni cuál iba a ser la vida de su Hijo. Pero lejos de temer y angustiarse, aparece soberanamente libre y disponible. Ya entonces reacciona según la gracia de Cristo, el cual "nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y el servicio" (Redemptor hominis, 21). "He aquí la esclava del Señor". La voluntad del Señor será la luz de su vida, su paz en el sufrimiento y su gozo. Con el mismo corazón es sierva del Señor y solícita de sus hermanos.

De este modo, entregándose al servicio de sus hermanos y con atención muy particular a los más pobres de éstos, no sólo contribuye el hombre a hacer más acogedora y más justa nuestra tierra, sino que llega a superar las angustias y temores que siguen al mal uso de la libertad. En medio de tantos hombres que están al servicio de sí mismos en vez de servir al prójimo, el cristiano contempla en Cristo a Quien se hizo hambre para servir y en su Madre a la sierva del Señor.

3. La disponibilidad de María, su apertura de corazón, es la obra del Espíritu Santo. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti". Ella ha "desposado", por así decir, al Espíritu Santo. Desde el primer momento de la Encarnación, por inspiración del Espíritu Santo, canta al Señor en el "Magníficat", que expresa el anhelo de un corazón nuevo. En Ella se realiza espléndidamente la profecía de Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo" (Ez 36, 26). Con Ella, queridos hermanos y hermanas, debemos pedir incesantemente al Espíritu Santo un corazón nuevo, con una transparencia que deje penetrar la Verdad que hace libres y acoja al Amor de Dios para derramarlo sobre el mundo hacia todos los hombres que Dios quiere que se salven.

A lo largo de mis numerosos encuentros de Suiza, hemos hablado con frecuencia de esta apertura de corazón que mueve a cada uno a respetar, considerar, amar y servir a todos sus hermanos y hermanas de todas las naciones; y amarlos hasta el punto de hacer lo posible para que también ellos se beneficien del Evangelio de Jesucristo. También en esto es María nuestro modelo y nuestra madre. "En la mañana de Pentecostés, Ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea Ella la estrella de la evangelización" (Evangelii nuntiandi, 82).

4. Amados hermanos y hermanas católicos de Suiza: una devoción a la Virgen María así, orientada toda hacia Cristo, debe ocupar su lugar en la vida de cada uno, por ejemplo, en la oración de cada noche y, si es posible, en cada hogar. Ha llegado la hora de saludar y suplicar juntos a esta Madre Santísima, en el centro de esta jornada del domingo. Ella interceda por los sacerdotes ordenados esta mañana y por todos los ministros de Cristo y por los que se preparan a serlo; por todos los hombres y mujeres que consagran la vida radicalmente al Señor y a su Iglesia; por todas las familias, para que el amor de Dios les impregne y transmitan la fe; por las generaciones jóvenes; por los que buscan esperanza en medio de la desgracia; por todos los que trabajan por una vida más digna de sus hermanos; par que todos los cristianos procuren la unión en la verdad del Señor; por los hombres de buena voluntad, que buscan el sentido de su vida y la paz del mundo.

Angelus Domini

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

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