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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 14 de octubre de 1984



1. ¡Dichosa tú que has creído! (Lc 1, 45).

Estas palabras dirigidas a María por Isabel en la visitación impregnan nuestra oración del Rosario.

Sobre todo en este mes de octubre que es el mes del Rosario.

Rezamos una a una las "decenas" y vamos meditando sucesivamente los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y a lo largo de éstos gritamos a María como Isabel en la visitación:

¡Dichosa tú que has creído!

― Tú que has creído con fe rebosante de alegría en la anunciación, visitación, natividad, presentación en el templo y encuentro en el templo.

― Tú que has creído con fe impregnada de dolor en toda la pasión de Getsemaní, flagelación, coronación de espinas, viacrucis; tú que has creído al pie de la cruz del calvario.

― Tú que has creído con la fe de una gloria incipiente en la glorificación de tu Hijo, en la resurrección, ascensión y Pentecostés. Tú, cuya fe se cumplía en la asunción: ¡Madre nuestra ornada con la corona de la gloria celestial!

Así rogamos a María rezando el Rosario.

2. Y hoy le damos gracias especiales por la de los mártires de Corea, por la fe de la Iglesia entera en Corea durante los dos últimos siglos.

Damos gracias asimismo por la fe testimoniada por los misioneros franceses, de los que algunos forman parte de los mártires de Corea.

Y decimos:

¡Dichosos los que han creído hasta derramar su sangre!

Vuestra fe y testimonio heroico son como un espejo en que se refleja la fe de la Virgen de Nazaret, de la Madre del Dios-Hombre, "primera entre los que creen" (cf. Lumen gentium, 53).

3. Quiero agradecer al Señor el haberme permitido realizar felizmente el viaje apostólico para inaugurar en Santo Domingo la preparación a la celebración del V centenario y del comienzo de evangelización del continente latinoamericano.

Trataré de nuevo sobre esto en la audiencia general del miércoles próximo. Pero deseo expresar mi agradecimiento ya desde ahora a las autoridades civiles y religiosas, y a las buenas gentes de los países visitados prometiéndoles mi recuerdo en la oración.

Una noticia positiva se ha difundido estos días: está previsto para mañana lunes un encuentro del Presidente de la República del Salvador con exponentes de la oposición armada salvadoreña, con el fin de encontrar por medio del diálogo y del negociado, un acuerdo que ponga fin a la guerra civil.

Me siento muy cerca del querido pueblo de El Salvador, probado demasiado tiempo ya por muertos y violencias, y le deseo de corazón que al cabo de tantos sufrimientos llegue por fin a conseguir la paz a que aspira tan intensamente y una convivencia digna del hombre. Invito a todos a orar para que la paz tan deseada vuelva a El Salvador y a todos los otros países del mundo que están atormentados por violencias.

 

© Copyright 1984 - Libreria Editrice Vaticana

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