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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo
10 de febrero de 1985
En el Evangelio según San Marcos de este domingo, Simón Pedro se acerca a Jesús,
inmerso en la oración, y le dice: "Todo el mundo te busca" (Mc 1, 37).
Es necesaria nuestra oración frecuente; es necesario el "Ángelus
Domini" tres veces al día; es necesario también este "Ángelus Domini"
comunitario en la plaza de San Pedro, para decir a Cristo: "Todo el mundo te
busca"; para decírselo en unión con María, Madre suya y nuestra.
¡Sí, "todo el mundo te busca", Jesucristo!
Muchos te buscan directamente, llamándote por tu nombre, con la
fe, la esperanza y la caridad.
Hay algunos que te buscan indirectamente: a través de los otros.
Y hay otros que te buscan sin saberlo...
Y están incluso los que te buscan, aún cuando niegan esta
búsqueda.
A pesar de esto, te buscan todos, te buscan antes de nada porque
tú los buscas primero; porque tú te has hecho hombre por todos en el seno de la Virgen
Madre, porque tú has redimido a todos con el precio de tu cruz.
De este modo has abierto, en las sendas intrincadas e
impracticables de los corazones humanos y del destino del hombre, el camino.
A ti, que eres el camino, la verdad y la vida, nos dirigimos en
esta oración por medio del corazón de tu Madre, la Virgen, María Santísima.
2. Mientras hoy en esta plaza, en Roma, rezamos nuestro "Ángelus"
dominical, tengo todavía en los ojos a todos aquellos, hermanos y hermanas, a
quienes he podido visitar en el continente americano: Venezuela, Ecuador, Perú y
Trinidad-Tobago (en el camino de regreso). Tengo en los ojos aquellas multitudes
de hijos e hijas de la Iglesia que, durante estos días, no abandonaban al Papa
en todos los caminos de su peregrinación.
Me ha quedado profundamente grabado en el espíritu el grito de
bendición que tanto dice sobre el deseo de Dios que esas poblaciones llevan en
los corazones. Y al mismo tiempo resuena en él también el deseo de pan, el deseo
de justicia social, a cuyo encuentro debe salir la verdad del Evangelio mediante
el ministerio de evangelización de la Iglesia.
A todos ellos —tan lejanos desde el punto de vista de la
distancia, y a la vez tan cercanos al corazón de la Iglesia, que late aquí en
Roma— respondo una vez más con ferviente gratitud y con la bendición en el
nombre de la Santísima Trinidad.
© Copyright 1985 - Libreria Editrice
Vaticana
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