 |
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 6 de octubre de 1985
1. El principal protagonista del
Concilio es el Espíritu Santo.
El Papa Juan XXIII, gran ideador y
primer Padre del Concilio Vaticano II, tenía profundamente arraigada en sí esta
convicción, y la manifestó en muchas circunstancias.
Fue el pensamiento que le animó hasta
los umbrales de la eternidad. En su último mensaje, registrado al principio de
su enfermedad y radiotransmitido en Alemania Occidental el día de su santa
muerte, se encuentra esta extrema invocación: "El éxito de una obra tan grande
exige la plena y concorde colaboración de todos los fieles: pero, por otra
parte, no hay que olvidar que el Concilio Ecuménico es obra, sobre todo del
Espíritu Santo, el cual es común el corazón de la Iglesia, y el perpetuo autor y
dador de su floreciente primavera" (Discorsi di Giovanni XXIII, V, pág.
274).
2. Todos los que tomamos parte en la
Asamblea ecuménica, nos dimos cuenta de la mística y eficaz presencia del
Espíritu Santo, y sacamos de ello un impulso incoercible para el compromiso de
poner en práctica el Concilio.
Permitidme evocar algunas
consideraciones que propuse a mi diócesis de Cracovia después de haber
participado en las cuatro sesiones del Concilio:
"Un obispo que ha tomado parte en el
Concilio Vaticano II se siente deudor a él. Efectivamente, el Concilio...
tiene un valor y un significado único e irrepetible para todos los que en él
tomaron parte y lo llevaron a feliz término... Hemos contraído una deuda con
el Espíritu Santo, con el Espíritu de Cristo. En efecto, éste es el Espíritu
que habla a las Iglesias (cf. Ap 2, 7): durante el Concilio y por medio
de él, su palabra se ha hecho especialmente expresiva y decisiva para la
Iglesia. Los obispos, miembros del Colegio, que heredaron de los Apóstoles la
promesa hecha por Cristo en el Cenáculo, están obligados de modo particular a
ser conscientes de la deuda contraída 'con la palabra del Espíritu Santo',
porque ellos fueron quienes tradujeron al lenguaje humano la Palabra de Dios.
Esta expresión, en cuanto humana, puede ser imperfecta y estar abierta a
formulaciones cada vez más precisas, pero, al mismo tiempo, es auténtica, porque
contiene precisamente lo que el Espiritu 'dijo a la Iglesia' en un determinado
momento histórico. Así, pues, la conciencia de la deuda se deriva de la fe y del
Evangelio, que nos permiten expresar la Palabra de Dios en el lenguaje humano de
nuestros tiempos, uniéndolo a la autoridad del supremo Magisterio de la
Iglesia... La conciencia de la deuda... está unida a la necesidad de dar una
respuesta ulterior. La exige la fe. Efectivamente, ella, por su esencia, es
una respuesta a la Palabra de Dios, a lo que el Espíritu dice a la Iglesia" (Karol
Wojtyla, En las fuentes de la Renovación).
3. La sesión extraordinaria del Sínodo
de los Obispos tendrá la misión, precisamente, de entrar en la respuesta dada
por la Iglesia durante los veinte años que nos separan de la clausura del
Vaticano II.
Invito encarecidamente a todos, de modo
particular a las almas consagradas y a las familias cristianas, a dedicar el
rezo del Rosario en este mes de octubre a los trabajos del próximo Sínodo, que
tendrán un peculiar significado para la traducción práctica de lo que "el
Espíritu dijo a la Iglesia" mediante el Vaticano II.
Con esta misma intención, suplicamos
ahora a María, Reina de los Apóstoles.
© Copyright 1985 - Libreria Editrice
Vaticana
|