JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 29 de junio de 1986
Solemnidad de san Pedro y san Pablo
1. O Roma felix.
La liturgia de hoy proclama el martirio
de los Apóstoles Pedro y Pablo. Y, mediante la memoria de esta muerte, celebra
hoy su vida. En efecto, la muerte no sólo es el término de la vida, sino también
su cumplimiento en los límites del tiempo, en los límites de la historia. Es
como el último sello impreso en toda la existencia terrena del hombre.
Así pues, la muerte de los Apóstoles
Pedro y Pablo proclama al mismo tiempo la historia de su vida. Esta vida ―la
vida de cada uno de ellos― fue tan extraordinaria para la relación con Cristo
que los llamó para seguirle. Llamó a Simón, hijo de Jonás, que fue
pescador en Galilea, y le dio el nombre de Pedro, es decir "piedra". Llamó
también a Saulo de Tarso, que fue perseguidor de los cristianos, e hizo de él a
Pablo, el Apóstol de los Gentiles, "instrumento elegido" (Act 9, 15).
La vida de ambos es pues
extraordinaria por el poder del Espíritu Santo, que les permitió dar
testimonio de Cristo crucificado y resucitado: "Él dará testimonio de mí; y
vosotros daréis también testimonio" (Jn 15, 26-27).
La muerte que uno y otro sufrieron en
Roma en tiempos de Nerón fue la última palabra de este testimonio. Determinó su
definitiva plenitud.
Precisamente por esta muerte como
mártires su vida permanece de modo particular en la memoria de la Iglesia.
Permanece sobre todo en Dios, que "no es el Dios de muertos sino de vivos" (Mt
22, 32); en Dios en quien "todo vive".
2. O Roma felix.
Si la liturgia de hoy habla así de
Roma, lo hace precisamente con motivo de la muerte de los Apóstoles.
Sé Feliz Roma, porque
preparaste la muerte que consolida el testimonio de la vida. He aquí que te
has convertido en una nueva platea "de las grandes cosas de Dios" (magnalia
Dei). Por ti, capital de los Césares, se trasladó Simón Pedro, pobre
pescador de Galilea, guiado por la mano invisible del Señor de la historia. A ti
vino a continuación también Pablo, infatigable Apóstol de este Cristo, que es el
Esposo de la Iglesia.
Un poeta (Norwid) ha observado que la
palabra "Roma" leída al revés forma la palabra "Amor" (Roma-Amor).
Oh Roma, antigua capital del
mundo.
Te has manifestado cruel con muchas
generaciones de cristianos. Has hecho morir mártires a los primeros Apóstoles de
Cristo.
Y sin embargo, en tu nombre se
consolidó la verdad del amor, que es mayor que todas las crueldades,
torturas y persecuciones, mayor que la muerte.
Por eso la liturgia habla de ti "O Roma
felix". Y nosotros hoy nos alegramos de tu elección por parte del Señor de la
historia y del Esposo de la Iglesia. Y también, todos nosotros, reunidos junto a
la tumba de los Santos Apóstoles de Cristo, Pedro y Pablo, rezamos "para que no
desfallezca tu fe" (Lc 22, 32).
¡Conviértete! ¡Conviértete una y otra
vez!
Y una vez convertida, confirma a tus
hermanos.
Después del Ángelus
Me es grato dirigir mi cordial saludo a los profesores y alumnos del Seminario
“Hijos del Amor Misericordioso”, de La Nora del Río (León), que en este día
dedicado al Príncipe de los Apóstoles han venido a visitar la tumba de San
Pedro. Con afecto os imparto la Bendición Apostólica.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
|