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VISITA APOSTÓLICA AL VALLE DE AOSTA

JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 7 de septiembre de 1986

 

1. "Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios" (Sal 89/90, 2).

Ante el majestuoso espectáculo de estas cimas imponentes y de estas nieves inmaculadas, el pensamiento se eleva espontáneamente a Aquel que es el Creador de estas maravillas: "Desde siempre y por siempre tú eres, Dios".

En todas las épocas la humanidad ha considerado los montes como lugar de una experiencia privilegiada de Dios y de su grandeza inconmensurable. La existencia del hombre es precaria y mudable; la de los montes, estable y duradera: ¡imagen elocuente de la eternidad inmutable de Dios!

En los montes calla el estruendo caótico de la ciudad y domina el silencio de los espacios ilimitados: un silencio en el que se le concede al hombre escuchar más claramente el eco interior de la voz de Dios.

Contemplando las cimas de las montañas se tiene la impresión de que la tierra se proyecta hacia las alturas como si quisiera tocar el cielo: en ese salto el hombre siente interpretada en cierto modo su ansia de trascendencia y de infinito.

¡Qué sensación al contemplar el mundo desde las alturas, al contemplar este magnífico panorama desde una perspectiva de conjunto! El ojo no se sacia de admirar, ni el corazón de seguir ascendiendo; se escucha en el espíritu el eco de las palabras de la liturgia: "Sursum corda", que invitan a subir cada vez más arriba, hacia las realidades que no pasan e incluso más allá del tiempo, hacia la vida futura. "Sursum corda": y cada cual se siente invitado a superar su propia realidad, a buscar "las cosas de allá arriba", según la expresión paulina "quae sursum sunt quaerite" (Col 3, 1), a levantar la mirada al cielo, donde ha ascendido Cristo, "primogénito de toda criatura, porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres" (Col 1, 16).

El hombre contemporáneo, que parece seguir a veces el principio opuesto, acusado por el Apóstol de "sapere quae supra terram", es decir, de dirigir sus ojos sólo a las cosas de la tierra, con una visión materialista de la vida, debe aprender de nuevo a mirar hacia lo alto, hacia las cimas de la gracia y de la gloria, para las cuales ha sido creado y a las cuales es llamado por la bondad y la grandeza de Dios: "Agnosce, christiane, dignitatem tuam"! ¡Rebasa lo creado, rebasa incluso la realidad que eres tú mismo, para encontrar la huella del Dios viviente grabada no sólo en estas majestuosas bellezas naturales, sino sobre todo en tu espíritu inmortal! ¡Busca, como tus padres, "las cosas de allá arriba y no las de la tierra"!

2. Atraído por el encanto de la montaña, el hombre ha intentado en el transcurso de los siglos escalar incluso las cimas más inaccesibles, sin resignarse jamás ante la aspereza y los fracasos.

El hombre intentó continuamente conquistar incluso este macizo del Mont Blanc, la cima más alta de Europa. Sin embargo, la dificultad de la empresa retrasó durante muchísimos años la realización del proyecto. Sólo hace dos siglos, la tarde del 8 de agosto de 1786, dos valientes escaladores lograron poner por primera vez sus pies en la cumbre del coloso cubierto de nieve y hielos.

Nosotros nos encontramos aquí para celebrar aquel acontecimiento histórico, en el que admiramos la confirmación de la tarea fundamental del dominio de la tierra, que Dios confió al hombre desde la aurora de los tiempos y que la Biblia registró fielmente ya en sus primeras páginas.

Nos encontramos aquí además para reflexionar sobre el significado del vivo interés que suscitó entonces y que continúa suscitando aún hoy en toda Europa aquella empresa victoriosa. El interés nace del hecho de que en la alta cima del Mont Blanc, situada geográficamente en el centro del continente, Europa ha visto siempre un motivo de orgullo, casi un símbolo de sí misma. La celebración del bicentenario de la osada escalada ofrece, por ello, en cierto modo, una ocasión para reflexionar sobre la unidad profunda que existe entre las naciones de Europa.

3. Se trata de una unidad que tiene sus raíces en el patrimonio común de valores de los que viven las distintas culturas nacionales. Y el núcleo esencial de ese patrimonio lo constituyen las verdades de la fe cristiana. Una mirada retrospectiva a la historia de la formación de las naciones europeas revela el papel decisivo que ha tenido en cada una de ellas la progresiva inculturación del Evangelio.

Por esta razón, sobre la base de ese núcleo esencial de valores humanos y cristianos Europa puede intentar reconstruir una unidad renovada, más sólida, reconquistando así el lugar significativo que le corresponde en el camino de la humanidad hacia metas de auténtica civilización.

Desde lo alto de este escenario alpino, que permite a la mirada pasearse por territorios de tres naciones europeas, renuevo por tanto mi llamada a Europa a fin de que, superando tensiones anacrónicas y prejuicios arcaicos, redescubra las razones de su unidad y vuelta a encontrar aquellos valores que han hecho grande su historia a través de los siglos.

4. Renuevo esta llamada la víspera del día en que la Iglesia celebra la Natividad de la Virgen Santísima. María es la Madre de la humanidad redimida, porque es la Madre de Cristo, el Redentor. Sólo la madre es capaz de favorecer la recíproca comprensión y la íntima cohesión entre los componentes de la familia. Y Europa es una familia de pueblos, unidos entre sí por los vínculos de una común ascendencia religiosa.

A María dirijo por tanto mi oración para que se digne mirar con ojos de maternal benevolencia a Europa, a este continente sembrado de santuarios dedicados a Ella. Que su intercesión obtenga a los europeos de hoy el sentido vivo de aquellos valores indestructibles que expusieron la Europa de ayer a la admiración del mundo, promoviendo su marcha hacia metas prestigiosas de cultura y bienestar.

A Europa le corresponde desempeñar un papel en las vicisitudes humanas del tercer milenio: ella, que tanto ha contribuido al progreso humano durante los siglos pasados, podrá seguir siendo también mañana faro luminoso de civilización para el mundo si sabe volver a beber, en concorde sintonía con el pasado, en sus fuentes originarias: el mejor humanismo clásico, elevado y enriquecido por la Revelación cristiana.

Que María Santísima, primicia de la humanidad redimida, ayude a Europa a ser digna de las propias tareas históricas y la sostenga a la hora de afrontar los retos que le reserva el futuro.

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

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