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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Sábado 1 de noviembre de 1986
Solemnidad de Todos los Santos
1. Hoy la Iglesia celebra la fiesta de
Todos los Santos. La Esposa del Señor se ha puesto el hábito de la alegría.
Quiere así comparecer delante de su Dios, para ser inundada del regocijo de la
Jerusalén celestial. Es el vestido de bodas el que la admite al banquete
preparado para ella por el Esposo. Es el vestido de la santidad.
Hoy este vestido resplandece con miles
de luces diversas: son los infinitos rayos de una única luz, que una multitud de
hombres y mujeres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9) hace
resplandecer sin cesar. Hombres y mujeres que la historia de los grandes ha
ignorado muchas veces, porque la perla preciosa de su testimonio ha estado
cubierta por el velo de la humildad y la discreción. Hombres y mujeres que han
alcanzado la inagotable plenitud de Aquel que solo es Santo; y de ella han
vivido un fragmento, ofreciendo su rostro a Dios para que se encarnase como en
un símbolo viviente.
2. Y así, por las calles de nuestras
ciudades, un trozo de ese vestido se ha hecho presente en el testimonio
―aparentemente anónimo, pero en realidad personalísimo― de estos hermanos que
nos han dado con su vida un rayo de la santidad de Aquel a quien los Serafines
alaban con este canto: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo" (Is
6, 3).
Cada uno de ellos es una pequeña luz,
pero irrepetible. Ha vivido con totalidad la propia llamada a ser plenamente él
mismo, según la originalidad maravillosa que el Creador había puesto en él.
Ahora, unido misteriosamente al coro de miríadas de otros hermanos, ilumina el
escenario a veces tan oscuro de este mundo, y lo invita a esperar, a tener
confianza, dándole testimonio de cómo la santidad de Dios está siempre operante,
no cesa de comunicarse, de unir a sí a hombres y mujeres sencillos, ricos
solamente de una desarmada disponibilidad, de un humilde, transparente abandono.
3. A estos Santos, a estos hermanos que
han construido para nosotros un mundo mejor, sube hoy nuestra oración:
Vosotros, pobres ya desde dentro del
corazón, ricos solamente de la fe en un Dios que no defrauda, porque ha vencido
al mundo,
vosotros, afligidos, que con vuestras
lágrimas habéis llenado el inmenso río del dolor humano,
vosotros, mansos, que habéis escogido
el camino lento y fatigoso del derecho, y no el de la violencia y el atropello,
vosotros, hambrientos y sedientos de
justicia, que habéis luchado por la honradez y la lealtad,
vosotros, hombres del perdón, que
habéis amado a vuestros enemigos y hecho el bien a los que os odiaban, vosotros,
puros de corazón, que habéis mirado siempre las cosas con el ojo límpido y
transparente de la sencillez, vosotros, constructores de la paz, que habéis
pagado con vuestra persona para que el sueño de un mundo de hermanos se hiciera
realidad, vosotros, perseguidos por la justicia, que habéis dado un rostro a la
esperanza de los últimos y de los desheredados, vosotros, santos y santas de
Dios, hermanos y hermanas nuestros, nos habéis enseñado que la santidad no está
lejana ni es inaccesible, patrimonio de pocos, sino que es plenitud del hombre
nuevo que está dentro de cada uno de nosotros, vosotros todos, santos, rezad,
rezad al Cordero sentado en el trono, rezadle por esta historia que tiene sed de
santos, por esta historia viviente de la esperanza para que siga contando con
verdaderos testigos, rezadle y repetid con la Esposa: "Marana tha, ven, Señor
Jesús" (Ap 22, 20).
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
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