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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 30 de noviembre de 1986
Adelaida, Australia
1. Al finalizar esta celebración
eucarística, os invito a que os unáis a mí en la oración del Ángelus. Esta
plegaria toma su nombre del anuncio del Ángel a María: "Salve... el Señor
es contigo" (Lc 1, 28). Dentro de poco, en la liturgia de Navidad,
escucharéis aquellas otras palabras de alegría que anunciaron el
nacimiento de Jesús: "Os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para
todo el pueblo" (Lc 2, 10).
Con anterioridad, en otra ocasión, he
llegado a decir: "En un sentido auténtico, la alegría es la nota clave del
mensaje cristiano" (Discurso en Harlem, 2 de octubre 1979). Como ya dije
entonces, mi deseo más profundo es que el mensaje cristiano provoque alegría en
todo aquel que lo acoja en su corazón: "alegría a los niños, a los padres, a las
familias y a los amigos, a los obreros y a los estudiantes, gozo a los enfermos
y a los ancianos, gozo a toda la humanidad". Y ahora, me atrevo a añadir:
"alegría ―profunda y sólida alegría― en todos los habitantes de Australia".
2. La fe es la fuente de nuestra
alegría. Creemos que Dios nos creó para vivir en profundidad la felicidad
humana, que de algún modo experimentamos en la tierra, pero cuya plenitud
acontecerá en el cielo. La alegría de vivir, la alegría del amor y de la
amistad, la alegría del trabajo bien hecho, etc., expresan, de un modo
admirable, lo que todos entendemos por alegría humana.
Para nosotros, los cristianos, la
causa-fundamento de nuestra alegría no es otra que la causa de la alegría de
Jesús: ser plenamente consciente de que Dios, nuestro Padre, nos ama. Este amor
transforma nuestras vidas y llena de gozo nuestro corazón. Nos ayuda a comprobar
que, realmente, Jesús no vino para imponernos ningún tipo de yugo. Él vino para
enseñarnos lo que significa ser plenamente feliz y plenamente hombres. Por
tanto, cuando descubrimos la verdad, descubrimos también la alegría: la verdad
sobre Dios, nuestro Padre, la verdad de Jesús, nuestro Salvador, la verdad sobre
el Espíritu Santo que vive en nuestros corazones.
3. Sin embargo, no pretendemos afirmar
que todo en la vida sea bueno y bello. Somos conscientes de la existencia de la
oscuridad y del pecado, de la pobreza y del sufrimiento. Pero sabemos que
Jesús ha vencido al pecado, pasando a través de su propio sufrimiento a la
gloria de la Resurrección. Y nosotros vivimos a la luz de su Misterio
Pascual: el misterio de su muerte y resurrección. "Somos un pueblo de
Resurrección y el aleluya es nuestra canción". No buscamos una alegría
superficial, sino una alegría que brota de la fe, que crece a través de la
autodonación amorosa, que anima a la realización del "deber primordial de amar
al prójimo, sin el cual sería poco oportuno hablar de alegría" (Pablo VI,
Gaudete in Domino, I). Sabemos muy bien que la alegría es exigente, requiere
generosidad; requiere disponibilidad absoluta para decir con María: "Hágase en
mi según tu palabra" (Lucas 1, 38).
4. María, Madre nuestra, me dirijo
hacia ti junto con toda la Iglesia y te aclamamos como Madre de la Alegría (Mater
plena sanctae laetitiae). Yo, Juan Pablo II, confío a ti a toda la Iglesia de
Australia y te pido que derrames sobre todos sus miembros esa santa y humana
alegría de la que Dios te hizo generosa donación.
Ayuda a que todos sus hijos comprueben
que todas las cosas buenas de la vida proceden de Dios Padre a través de tu Hijo
Jesucristo. Ayúdales a vivir la experiencia de la alegría del Espíritu Santo que
llenó tu propio Corazón Inmaculado. Y haz que puedan encontrar, en medio de los
sufrimientos y los avatares y pruebas de la vida, la plenitud de alegría que ha
acontecido en tu Hijo Crucificado, y brota, continuamente, de su Sagrado
Corazón.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
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