JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Domingo
6 de abril de 1986
1. Hoy, en la octava de Pascua,
retornamos al Cenáculo. Recordamos lo que allí sucedió, "el primer día de
la semana": el domingo de Pascua.
Jesús entró (aunque la puerta
estuviera cerrada), se puso en medio de sus discípulos y les dijo: "Paz a
vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20,
21).
Después de decir estas palabras, exhaló
el aliento sobre ellos y dijo: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,
22).
2. Este es el primer encuentro de Jesús
con los Apóstoles después de la resurrección. Jesús viene: es siempre el
mismo, y sin embargo ha cambiado. Es el mismo que en los días de la pasión.
Hace ver a los Apóstoles las señales de las heridas en las manos y en el
costado. Pero, al mismo tiempo, ha cambiado: la puerta cerrada no es
obstáculo alguno para su cuerpo.
Ha cambiado con la resurrección,
en la que se manifestó la potencia del Espíritu vivificante. Viene con la fuerza
del Espíritu y da a los Apóstoles el Espíritu Santo. Lo da gracias a las
heridas de su pasión y de su muerte. Les dice: "Recibid".
3. Días antes, en el mismo Cenáculo había
hablado a los Apóstoles de su separación. Había explicado por qué debía irse.
"Si no me voy ―había dicho―, no vendrá a vosotros el Paráclito. En
cambio, si me voy os lo enviaré" (Jn 16, 7).
Después de estas palabras, Jesús dejó a
sus discípulos. Se fue del modo más doloroso que pudiera imaginarse. Fue juzgado
como un malhechor, un impostor; fue condenado a muerte. Fue crucificado.
4. Es fácil comprender que tal hecho
constituyera para los Apóstoles un gran trauma. Humanamente hablando, una
gran desilusión. Pero, he aquí que ahora Él está de nuevo. Está entre ellos.
Habla con palabras en las que podían descubrir fácilmente el cumplimiento del
anuncio que les había hecho antes de la pasión.
Debían recibir el Paráclito, que es el
Espíritu Santo. Y he aquí que Cristo se lo da. Antes aún de "enviar" el
Espíritu Santo el día de Pentecostés, se lo da el día de la resurrección. Dice:
"Recibid".
De este modo el Espíritu Santo se lo da
a los Apóstoles como fruto de la "separación" de Cristo por
medio de la muerte. Por medio del sacrificio salvífico en la cruz. Este don
se graba como un sello en todo el misterio pascual.
5. Los Apóstoles tenían necesidad del
Espíritu Santo para comprender la muerte y la resurrección de Cristo como
un solo misterio: el misterio más grande, del que nace su misión.
Y también nosotros, juntamente con la
Madre de Cristo, suplicamos al Espíritu Santo que nos conceda comprender el
misterio pascual. Que sepamos sacar de sus recursos infinitos toda la sustancia
de nuestra vida cristiana.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
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