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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Sábado 15 de agosto de 1987
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

 

1. "María es, oh Señor, consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra" (Prefacio de la Misa de la Asunción).

Hoy, solemnidad de la Asunción de María Santísima al cielo, la Iglesia nos hace orar así en la liturgia de la Misa.

Entre los fieles, ya desde los primeros tiempos, ha estado siempre viva la fe en la real Asunción de María al cielo en alma y cuerpo, y en todas partes, al extenderse el mensaje del Evangelio, se ha impuesto la certeza de esta verdad. El día 15 de agosto se fijó como fiesta de la "Dormición" de María con un edicto del Emperador de Oriente, Mauricio (582-602) y, en Occidente, introdujo la fiesta, junto con otras conmemoraciones Marianas, el Papa Sergio I (687-701) en la misma fecha.

Como recordáis bien, fue Pío XII quien, el 1 de noviembre de 1950, definió esta verdad como "dogma de fe", divinamente revelado. El Concilio Vaticano II tomó plenamente la doctrina definida cuando afirma que "la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste y fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo" (Lumen gentium, 59).

2. "Creemos, pues, con absoluta certeza que María Santísima, Madre de Cristo y Madre espiritual nuestra, está ya en el cielo y goza con Cristo, en alma y cuerpo, de la felicidad eterna de Dios. Nosotros, que aún peregrinamos por esta tierra luchando todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente el pecado" (Lumen gentium, 65), ¡elevemos nuestra mirada a María Asunta, para embargarnos de su luz, para escuchar su enseñanza, para confiar en su bondad, para imitar sus virtudes, en el empeño y en la esperanza de alcanzarla un día en su gloria!

Con el esplendor admirable de su cuerpo glorificado, María Santísima es una llamada admonitoria y definitiva para toda la humanidad: Ella, que creyó con total confianza en la Palabra de Dios y la vivió en íntima unión con Cristo Redentor, nos enseña que el verdadero significado de la existencia es ultraterreno y que las realidades mundanas y corpóreas adquieren su auténtico valor sólo en la perspectiva de la eternidad.

3. La solemnidad de la Asunción, que celebramos durante el Año Mariano, sea para todos motivo y estímulo para una vida cristiana cada vez más convencida y coherente y para una devoción a María cada vez más constante y confiada.

"Socorre a tu pueblo que sucumbe y lucha por levantarse", así me he dirigido a María en la Encíclica Redemptoris Mater y así repito hoy, solemnidad de la Asunción, exhortando a todos a invocar a la "santa Madre del Redentor". En efecto, la Iglesia ve a María Santísima "profundamente arraigada en la historia de la humanidad..., la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que no caiga o, si cae, se levante" (Redemptoris Mater, 52).

Que durante este Año Mariano se eleve con más intensidad nuestra oración a María Santísima, para que nos asista con su maternal protección.


Después del Ángelus

En vosotros, amadísimos hijos e hijas llegados de España y Latinoamérica para participar en este filial homenaje a la Virgen Santísima que ocupa un lugar privilegiado en vuestros corazones, deseo saludar a cuantos en vuestros países de origen festejan con íntimo gozo la Asunción de María a los cielos. Mi saludo se dirige de modo particular a las personas que, en la plaza de San Pedro o a través de la radio y la televisión, han querido unirse a nosotros.

Comentando esta solemnidad, San Juan Damasceno ha escrito: “Si el cuerpo santo e incorruptible que, en Ella, Dios había unido a su persona, resucitó al tercer día era justo que su madre también fuera rescatada de la tumba y se juntara con su Hijo”. Que en este año dedicado a Ella, modelo de la Iglesia peregrina, sepáis mostraros como dignos hijos de Dios.

De corazón os imparto mi Bendición Apostólica.

© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana

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