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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 29 de mayo de 1988 Solemnidad de la Santísima Trinidad
Queridos hermanos y hermanas:
1. La solemnidad de hoy nos recuerda el
misterio principal de toda la revelación cristiana, que es también el fin último
hacia el que se orienta nuestra peregrinación terrena, el Misterio del único
Dios en tres Personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La contemplación del Misterio
trinitario coincide, por expresa enseñanza del divino Maestro, con la misma
vida eterna que Él nos ha merecido en la cruz: "Esta es la vida eterna
―dice, en efecto, Jesús al hablar con el Padre―: que te conozcan a Ti, único
Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). A este
conocimiento supremo nos prepara desde ahora el Espíritu Santo, que
Cristo nos ha dado precisamente para este fin. Al anunciar su misión, dice
Jesús: "Cuando venga el Espíritu de verdad, os guiará a la verdad plena" (Jn
16, 3). ¿Qué verdad? Precisamente la revelación plena del Padre, del Hijo y del
Espíritu.
2. El camino de la vida cristiana es,
pues, un camino esencialmente "trinitario": el Espíritu nos conduce al
conocimiento pleno de las enseñanzas de Cristo, de su Evangelio, de sus
ejemplos. Jesús, a su vez, ha venido al mundo para que conozcamos al Padre, para
guiarnos a Él, para reconciliarnos con Él, como único y sumo Mediador y
Sacerdote. Él es el camino hacia el Padre.
Y el Espíritu Santo también es "Señor"
(2 Cor 3, 17), es decir, Dios. Y "donde está el Espíritu del Señor
―nos
dice San Pablo― está la libertad" (ib.). La ética cristiana encuentra,
pues, su cumplimiento en la "vida según el Espíritu" (cf. Gál 5, 16). La
ética cristiana es una ética trinitaria, por la que es el Espíritu quien
conduce a la perfección y a la santidad, y esta obra del Espíritu
consiste precisamente en llevarnos al "conocimiento" del Hijo y del Padre. En la
vida cristiana todo gira en torno al Misterio trinitario, todo debe hacerse y
cumplirse en orden a este Misterio infinito.
Por lo tanto intentemos, queridos
hermanos y hermanas, no bajar nunca el "tono" de nuestra vida, olvidándonos del
fin, de la gloria inmensa, por la que debemos obrar, trabajar, esforzarnos,
luchar; el inmenso premio al que estamos llamados.
La Virgen María, que conoció, adoró,
amó este Misterio más que ninguna criatura, nos lleve de la mano.
© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana
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