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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 3 de julio de 1988

 

Hoy nuestra visita a los santuarios marianos nos lleva a Eslovaquia, en unión espiritual con los peregrinos reunidos en Levoca. Acuden allí el primer domingo de julio decenas de miles de fieles, en su mayoría jóvenes, para reunirse en oración, en presencia de María. Es un encuentro que manifiesta y refuerza su fe, infunde valor, profundiza los vínculos de unidad y escolta con identidad de intentos espirituales las múltiples energías que el Espíritu Santo no cesa de suscitar, a pesar de las circunstancias no siempre favorables.

Desde Levoca nuestra mirada se extiende a otros santuarios marianos, de los cuales Eslovaquia es rica.

Recuerdo al menos los más conocidos: Gaboltov en Lutina, Marianka en Staré Hory, en Trnava, pero sobre todo en Šaštín, santuario nacional de la Virgen de los Dolores, Patrona de Eslovaquia. Se puede decir, pues, que cada rincón de Eslovaquia vive bajo la mirada materna de María. En efecto, la devoción a la Virgen de los Dolores acompañó a aquellas queridas poblaciones durante los siglos de su historia, llena de pruebas difíciles que amenazaron la misma existencia nacional, su identidad espiritual y su fe.

En las dificultades del pasado y del presente, el afecto a la Dolorosa y la confianza en la protección materna de María no se ha debilitado. Un amor así a la Virgen tiene ciertamente su origen en la obra de los Santos Cirilo y Metodio, los cuales confirmaron su fe y fundaron la cultura de los antepasados eslovacos. Así fue siempre, a lo largo de toda la historia, como lo atestiguan las iglesias dedicadas a la Bienaventurada Virgen María en todos los rincones de Eslovaquia, construidas en diversas épocas, desde las más remotas a las más recientes. Las peregrinaciones, como concreta manifestación popular de la fe y de la devoción, han constituido siempre un encuentro importante y lo siguen constituyendo también hoy.

Para manifestar nuestra participación espiritual recemos juntos el "Angelus Domini".


Después del Ángelus

Con sumo gusto saludo ahora a los numerosos peregrinos presentes aquí para la Canonización del Beato Simón de Rojas. De modo especial, saludo a los Religiosos y Religiosas de la Orden Trinitaria procedentes de distintos países, de Europa, América y Asia, así como a los fieles venidos de la Archidiócesis de Valladolid, ciudad natal del nuevo Santo.

Amadísimos todos: imitemos a San Simón de Rojas en su acendrado amor a la Virgen María y también en sus desvelos y atenciones por los hermanos mas pobres y necesitados de calor humano.

Seguro de su intercesión, os imparto a vosotros y a vuestras familias mi Bendición Apostólica.  

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

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